El aullido del lobo
Los Wolves, que llevan dos años llegando a las finales de Conferencia, desafían a Jokic y, con todos sanos vuelven a dar la sensación de que pueden ganar a cualquiera.


Los Timberwolves han vuelto para quedarse. En realidad, sólo habían estado en faena en la época de Kevin Garnett, cuando se quedaron a seis triunfos del anillo en 2004, cuando jugaron las finales de Conferencia ante los Lakers de Shaquille O’Neal, Kobe Bryant y compañía. Cayeron por 4-2 antes de meterse de lleno en una crisis casi sin precedentes. La de un mercado pequeño que no se puede hacer grande, siendo imposible atraer agentes libres al frío de Minneapolis. Tuvieron que esperar 13 años para regresar a playoffs, pero no fue hasta la llegada de Chris Finch y el auge de Anthony Edwards cuando se convirtieron en un equipo verdaderamente competitivo. Desde 2021, cuatro presencias consecutivas en playoffs, las dos últimas llegando a las finales de Conferencia. Firmes candidatos.
Las dos derrotas en los últimos años han sido por 4-1 (ante los Mavericks y los Thunder respectivamente), pero eso no ha impedido a los Wolves pasar por encima de algunos de los ganadores del anillo de los últimos años: hace dos temporadas eliminaron a los Nuggets (campeones en 2023) en siete intensos partidos en semifinales. La pasada se deshicieron de los Lakers (que ganaron en 2020) y de lo que quedaba de la dinastía de los Warriors (que hicieron lo propio en 2022) por sendos 4-1. Su favoritismo es relativo, pero su descaro está fuera de toda duda. Inspiran temor a cualquier rival precisamente porque no temen a nadie. Y, personificados en la contradictoria figura de Anthony Edwards, se sienten por encima del bien y del mal, capaces de vencer a todo y a todos. Y por eso son, claro, tan condenadamente peligrosos.
En una NBA ultracompetitiva, particularmente en la Conferencia Oeste, los Wolves se han quedado con las migajas de la sexta posición con un récord de 49-33 por culpa de una racha de lesiones particularmente dolorosa que les ha impedido tener esa codiciada ventaja de campo en primera ronda de playoffs. Pero tanto da en su caso: la pasada quedaron séptimos, pasaron por el play in, lo ganaron y el resultado fue el mismo, superar dos rondas de playoffs y colocarse entre los cuatro mejores equipos de la NBA. Ahora, buscan ir más allá y entrar en las Finales para intentar el asalto a un anillo tradicionalmente esquivo para ellos (como para tantos otros...), pero deseado de la misma manera. No puede ser menos para cualquiera que se haya movido por ahí.
Anthony Edwards y los motivos para soñar
Los Wolves, que iban camino de la sexta temporada de su historia con 50 victorias (cuatro de ellas fueron con Garnett) pero se han quedado sin ella, sí que logran la 14ª presencia en playoffs en 37 años de vida, un pobre bagaje, pero acorde a un mercado pequeño. Llegaron a la NBA en la 1989-90, en una expansión en la que también aterrizaron los Magic, para establecerse como equipo perdedor, con muchas ganas y poco acierto hasta que llegó el mesías, ya mencionado, Kevin Garnett. Ahora, rinden homenaje a la parte más importante de su historia con Anthony Edwards como denominador común. Esa estrella celestial que hace gala siempre que puede de su consabida verborrea, hace y deshace a su antojo y se establece como uno de los mejores jugadores del mundo y de su generación. Un hombre que sino copa más portadas es porque pertenece a un mercado pequeño que no de que hablar hasta que nadie puede dejar de hablar de él.
Edwards lleva cuatro All Stars consecutivos y en las dos últimas temporadas ha sido seleccionado en el Segundo Mejor Quinteto de la NBA, algo a lo que no accederá este año al haber disputado 61 partidos, por debajo de la cifra mágica de los 65 que tantos quebraderos de cabeza está dando. Este curso, igual que los anteriores, vuelve a ser el más destacado de su carrera: 28,8 puntos, 5 rebotes y 3,7 asistencias por noche, rozando el 50% en tiros de campo y el 40% en triples. Los Wolves tienen, además a siete jugadores por encima de la decena de puntos, una rotación inteligentemente dirigida por Chris Finch y una capacidad innata para adaptarse a la situación del rival mientras se deja a Edwards hacer lo que le venga en gana. Es el anarquismo dentro del un orden establecido, ese que indica incluso cuando se puede o no introducir al controvertido Rudy Gobert en pista: 11+11,5, pero con poco más de 31 minutos de juego para un pívot que en playoffs se convierte más en una herramienta puntual que en un arma de destrucción masiva.
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Falta por ver si el desparpajo de los Wolves bastará para superar a los Nuggets de Nikola Jokic, su rival en primera ronda de playoffs y también su víctima de la pasada temporada. Edwards tiene 24 años y de momento da mucho más de lo que quita, por lo que se puede tener paciencia con el proyecto si no emplosiona. Dicho esto, lo temible que es la plantilla, que llega al momento de la verdad gozando de buena salud y con todos sus integrantes preparados para la batalla y su propia estrella se demuestra en las pocas ganas que tienen todos para cruzarse en playoffs con ella. Por mucho que, sobre el papel, haya equipos superiores, no parece que vaya a haber talento bruto superior a ese jugador que tanto da que hablar. Quzá sí más regulares, o menos intermitentes. Pero si la franquicia de Minnesota arregla eso y el propio Edwars, una representación de los suyos, se centra al 100% cuando toca, en la NBA podremos escuchar el sonido que los Wolves quieren. El aullido del lobo.
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