Antes de que sea demasiado tarde
El escándalo con las apuestas que sacude a la NBA debería servir como momento de reflexión y punto de inflexión en una historia que se alarga hasta el mandato de David Stern.


El FBI, solo unos días después de las Finales de 2007, aquella barrida funcionarial de los Spurs a los Cavaliers de un LeBron James todavía jovencísimo que se estrenó en la lucha por el anillo, irrumpió en el universo NBA para hacer público un escándalo mayúsculo. Uno que (no ha pasado tanto tiempo, demonios) debería haber garantizado cuidado, control y pulso firme para resistir a la permanente tentación del mundo de las apuestas. Dieciocho años después, es obvio, estamos en un escenario complemente distinto. Tan enfangados como se podía anticipar, por desgracia, y sin mucho ánimo, veremos después de los últimos y gravísimos acontecimientos, de cortar por lo sano. Hay, por encima de debates y argumentos de todo pelaje, mucho dinero en juego. Y eso, parece, es (vuelve a ser) lo que realmente importa.
Entonces, en 2007, el árbitro Tim Donaghy (que llevaba en activo trece años, desde 1994), fue detenido por apostar de forma obviamente ilegal en partidos de la NBA, incluidos algunos en los que él estaba involucrado. Se declaró culpable, pasó once meses en una prisión federal y lleva años contando cómo demolieron sus convicciones los problemas con el juego y cómo manejaba información confidencial, algo similar a lo que ahora está sobre la mesa en los nuevos escándalos, que recogía desde su posición de privilegio, dentro de la NBA y en contacto con otros árbitros y con jugadores, agentes, personal de la propia liga… David Stern aseguró entonces que aquello era lo peor que había vivido “como aficionado, abogado o comisionado de la NBA”. Y dejó, en una comparecencia en la que parecía perdida aquella dureza suya tan estoica, una frase para el recuerdo: “No me puedo creer que esto nos haya pasado a nosotros”.

¿Qué hora es, señor lobo?
Meses antes, el 18 de febrero de 2007, se celebró en Las Vegas un All Star Game de la NBA simbólico porque puso el pie de la Liga en la capital del pecado, la ciudad de los casinos y las apuestas y un lugar del que hasta entonces Stern, el gran impulsor de la primera edad de oro de la competición, no había querido saber nada. Bajo ningún concepto. Pero quienes tenían fijación por llevar el partido de las estrellas al Thomas & Mack Center, para abrir una vía de agua en esa coraza, acabaron ganando por pura insistencia. Al frente estaba el alcalde Oscar Goodman, que había cumplido sus promesas de potenciar el perfil artístico y la infraestructura médica de Las Vegas pero no había sido capaz de avanzar en otro de los ejes de su discurso para ser elegido en 1999, llevar un equipo profesional a una ciudad que hoy tiene NFL, WNBA, NHL, va camino de contar con franquicia MLB y está en la pole position, junto a Seattle, para cuando se apruebe (parecía cerca pero en realidad no lo está tanto) la expansión de una NBA que, mientras, la considera oficiosamente su ciudad número 31: Ligas de Verano, fase final de la Cup…
Aquel All Star Weekend de 2007 acabó dejando una de las historias más caóticas, aunque no de las más recordadas, de la historia reciente del deporte profesional estadounidense. “Un fin de semana desastroso”, confesó después un Goodman que dejó la alcaldía en 2011: “El partido estuvo genial, pero todo lo que pasó en la ciudad… digamos que todo el mundo estaba demasiado cachondo”. El partido acabó 153-132, victoria del Oeste con Kobe Bryant como MVP un día después de que Gerald Green ganara el concurso de mates y Jason Kapono, el de triples.
A lo largo del fin de semana, y con el icónico Strip como eje de operaciones, se hicieron más de 400 detenciones. Y un portero de discoteca, Tommy Urbanski, recibió un disparo que le provocó una parálisis de cintura para abajo. Sucedió en la entrada del Minxx Gentleman’s Club and Lounge, y quién disparó formaba parte del círculo de confianza de Adam Pacman Jones, jugador de la NFL. George Maloof, uno de los hermanos que fueron propietarios de Sacramento Kings, estuvo también muy implicado en ese primer contacto de la NBA con Las Vegas, ciudad en la que centraba sus negocios: “Hubo una noche muy mala porque no había suficiente policía para cubrir todas las áreas importantes. Todo lo que se dice sucedió, fue un desastre. Pero todos pasamos página, la NBA y la ciudad”.
Goodman llevaba tiempo visitando las oficinas de la NBA en Nueva York, apretando a Stern para que se planteara, al menos, llevar una franquicia a Las Vegas. Pero el comisionado le repetía que pedía imposibles: “Me decía que tendrían que matarlo para que accediera a tener una franquicia allí mientras se pudiera apostar en eventos deportivos”. El alcalde, al menos, consiguió entablar amistad con el comisionado y hacer algunos viajes con él para ver partidos de baloncesto por el mundo (Barcelona incluida). Así, poco a poco y con la ayuda de Maloof, logró el hito de que el All Star se celebrara por primera vez (y última, hasta ahora) en una ciudad que no era mercado NBA, sin franquicia profesional.
Christine Zimmerman, que entonces trabajaba como camarera en el MGM Grand, recordaba así aquel fin de semana desquiciado: “Con perspectiva, es obvio que la gente no estaba preparada. Fue un momento importante para Las Vegas y su relación con el deporte porque fue la primera vez que se perdió por completo el control”. El número de turistas y visitantes desbordó cualquier previsión y hubo llamadas a la policía constantes por destrozos, filas de personas orinando en plena calle y hasta una caída desde el tejado del parking de un casino. “Llamé a los propietarios de todos los casinos y les dije que tuvieran cuidado, que tomaran medidas porque iba a haber mucha más gente de lo normal. Pero no lo hicieron, fue su culpa”, aseguró Maloof.
De los vetos a la permisividad
Así que, por entonces, el comisionado de la NBA no quería ni acercarse a un lugar en el que se hacían unas apuestas que, además, fueron prohibidas durante todo el fin de semana por iniciativa de la propia Liga. Al menos, las relacionadas directamente con el propio All Star. Los empresarios entendieron que iban a ganar más con la posibilidad de acoger el evento, y la multitud que atrajo, que lo que perderían por ese grifo cerrado a los apostantes. Solo unos meses después, llegó el monumental escándalo de Donaghy. Otro aviso de primera magnitud para una liga que hasta entonces, como todo el deporte profesional, se había acostumbrado a vivir pendiente de un mundo que inevitablemente llevaba pegado a los talones. Hasta hace unos años como némesis, una serpiente corruptora contra la garantía de una integridad competitiva sin la que, algunos se empeñan en olvidar un principio tan básico, no hay nada. Ahora, y ese es el cambio de paradigma, el gran peligro y el riesgo probablemente no bien calculado (por increíble que parezca) por Adam Silver y su equipo de gobierno, como partner oficial y socio. Dos mundos que nunca deberían tocarse, un caso obvio de conflicto de intereses, de la mano porque, claro, el dinero que se mueve es mareante, exagerado. Cómo quedarse fuera de ese reparto.
Historias mucho más conocidas retroceden hasta Michael Jordan; deudas saldadas por apuestas relacionadas con partidas de golf y las sombras que, finalmente en formato conspiranoico pero permanentemente vivas, se alargaron sobre su primera retirada, la que le apartó de la NBA y le mandó a probar suerte en las Ligas Menores de béisbol en 1993. Mucho antes, en el inicio de los años 50, el baloncesto universitario fue noqueado por un escándalo de marcadores amañados y diferencias finales dirigidas, artificiales, para sacar beneficio a través de apuestas en partidos del área de Nueva York, con el Madison como epicentro y el entonces imbatible CCNY (City College of New York) como eje. Algunos de sus jugadores reconocieron después que simplemente ajustaban las diferencias por las que ganaban, unos puntos arriba o abajo, y que eso no les parecían tan grave ya que iban a ganar de todas formas. Y ganar, ganaban. El dinero les llegaba a escondidas y acababa escondido donde se podía. En algún caso, dentro de tiestos en la cocina de casa.
El año 2014 y la llevada de Adam Silver
En 2012 y todavía como comisionado, Stern intervino en el caso judicial que, en Nueva Jersey, acabó anticipando la legalización masiva de las apuestas deportivas. Por entonces, eran todavía muy beligerantes unas grandes ligas profesionales que acabaron, años después, ablandándose primero y metiendo la mano en el cazo (otra vez, los acuerdos de colaboración) después. “Esto pone en riesgo de forma que puede acabar siendo irreparable la relación de la NBA con los aficionados que tiene ahora y lo que tendrá en el futuro”, aseguró un Stern que fue más laxo después, en comparecencias al lado de Adam Silver cuando este ya había ascendido a comisionado. Un Silver que, en 2014, marcó un antes y un después con un artículo de opinión en el New York Times en el que, en unos cuantos párrafos, cambiaba totalmente el eje del debate: “Las apuestas deportivas son ilegales en casi todos los lugares, al margen de Nevada. Creo que tenemos que cambiar ese enfoque”. Un momento señalado, especialmente importante a la vista de todo lo que ha sucedido después, de su mandato.
Ahora, las apuestas deportivas están permitidas en 38 estados, después de que Nueva Jersey abriera la lata, además de Washington DC y Puerto Rico. El punto definitivo de no retorno llegó en 2018, cuando una votación de la Corte Suprema (seis votos contra tres) puso en manos de cada estado el derecho a legalizar y legislar las apuestas deportivas. En esa escalada progresiva pero ya imparable que siguió se produjo el citado viraje de las grandes ligas (NFL, NBA, MLB, NHL): de la confrontación a la colaboración estratégica.
Primero, intentaron que las regulaciones estatales obligaran a que una parte de los beneficios fueran para ellas. Después, tras patinar en una guerra cruenta librada en despachos de abogados y lobbys de altísimo rango, fueron integrando sus estadísticas con las casas de apuestas y compartiendo con ellas sus datos (de valor incalculable). Y, finalmente, los grandes acuerdos: en 2018, la NBA anunció uno revolucionario con MGM Resorts International como “partner oficial de apuestas”. Algo insólito hasta entonces en las grandes ligas estadounidenses. Después, en 2021, llegaron los apretones de manos, en rango mucho más amplio, con FanDuel y DraftKings, que pasaron a ser sponsors oficiales dos años antes de que, por ejemplo, ESPN creara una entente con Penn Entertainment para lanzar ESPN Bet.
El futuro pasa, mientras Silver sigue defendiendo (al menos hasta este último escándalo: veremos a partir de aquí) su doctrina, intacta desde 2014 -mejor de forma legal que a escondidas en rincones oscuros- por la integración en directo, durante los partidos, de mecanismos para apostar cada vez más intuitivos, sencillos e invasivos. El comisionado anunció hace unas semanas que se crearán filtros para bloquear estos contenidos si los usuarios no quieren tenerlos cerca. O para que, por ejemplo, no estén permanentemente en el campo de visión de sus hijos cuando estos vean partidos. La compra de Dallas Mavericks, otro caso claro del signo de los tiempos, por parte de la familia Adelson, un imperio del juego, tiene que ve con la lucha por la legalización de las apuestas en Texas, un mercado gigante, y ya ha sugerido la construcción de un nuevo pabellón/casino para que los aficionados de los Mavs vean partidos y apuesten. Todo lo que quieran: que apuesten, apuesten, apuesten…
La NCAA, un día antes del escandaloso regreso del FBI al primer plano de la actualidad NBA, aprobó que jugadores y miembros de los staff técnicos puedan apostar en las competiciones profesionales. Hace solo unos meses, la todopoderosa institución universitaria se enfrentó a un caso de corrupción relacionado con apuestas en seis equipos de baloncesto. En el acuerdo original de la NBA con MGM, en el inicio de esta terrible revolución, ese conglomerado de apuestas accedió a los datos oficiales de la NBA y también al derecho a usar los logos de la liga y sus equipos; y acordó trabajar mano a mano con ella en cuestiones de marketing. A cambio, entre otras cosas, reinvertía en la NBA parte de lo que generaban las apuestas en la competición. Desde entonces, en estos siete años de legalizaciones, blanqueamiento y masificación, los vínculos se han hecho más públicos, profundos y, salvo para los que no lo quieren ver, peligrosos.
La cuestión es qué pasará ahora. Si la gravedad de lo que está aflorando lleva a un, aunque sea obligado, cambio de postura de la NBA. De un Adam Silver hasta ahora firme en su idea de mantener la hoja de ruta colaboracionista. El hecho de que Terry Rozier fuera investigado y absuelto por la liga y que ahora haya sido detenido por el FBI cuestiona de forma profunda los métodos de la NBA: o no se supo, o no se pudo o no se quiso investigar bien. El guard, hasta ahora en los Heat, estaba en los Hornets cuando se fue de un partido en el primer cuarto por una supuesta lesión que le impidió alcanzar unas estadísticas a las que unas cuantas apuestas conectadas con su entorno habían apuntado que no llegaría. Unos 200.000 dólares acabaron apilados en fajos en su casa como agradecimiento y, de paso, se perdió (2023) el tramo final de la temporada del lío. Teóricamente por una lesión sospechosa que ahora Brian Windhorst, un peso pesado de ESPN, cuestiona de forma muy explícita mientras apunta directamente a la NBA: “Las casas de apuestas detectaron la actividad irregular el día que sucedió. Y Rozier no jugó más esa temporada, se inventó una lesión que no existía. La NBA le apartó para tapar el lío”.
Jugadores y entrenadores detenidos, una imagen durísima para la competición, por traficar con información que puede alterar o dirigir resultados. El FBI hablando de un “escándalo monumental” y Silver obligado a explicar, antes de todo esta última (por ahora) explosión de suciedad, posibles medidas para que, por ejemplo, los niños no tengan que ver los partidos de NBA sometidos a un bombardeo de publicidad generalmente engañosa y relacionada con apuestas de todo índole: blanqueadas, convertidas en parte del show y a solo un click de distancia. Si no es el momento de, como mínimo, una reflexión profunda (que de hecho tendría que haber llegado mucho antes), puede que todo este verdaderamente perdido y que, simplemente, ahora estemos empezando a darnos cuenta.
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