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Kyrie y todo lo que podía salir mal

El base se cruza en el camino de los Celtics a los que dejó plantados para irse con Kevin Durant a Brooklyn. Un rival amargo que puede cerrar la temporada de los de Brad Stevens.

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Kyrie y todo lo que podía salir mal
Sarah Stier AFP

Sería más fácil decir que Kyrie Irving es un estado de ánimo. Aunque solo sea porque todo a su alrededor parece quedar impregnado por un estado de ánimo: el suyo. O que Kyrie es una experiencia. En su versión integral y completa, extraordinaria. Pero también frustrante, complicada e incluso peligrosa para el que paga. En formato completo, la experiencia Kyrie es formidable: uno de los mejores anotadores que han pisado la NBA, uno de los jugadores más bonitos de ver, más estéticos, más extraordinariamente imposibles. Un hijo de la generación del 96, movimientos de Allen Iverson, suspensiones e instinto (Mamba Mentality) de Kobe Bryant, que fue para él amigo, guía y punto de apoyo.

Pero Kyrie también es un jugador frágil con las lesiones y de carácter cambiante, ciclotímico. Complicado, con un concepto del liderazgo que él mismo tiende a olvidar y recordar de forma a veces aleatoria, impredecible, no siempre feliz e irritante en su peor versión. Fuera de las pistas, dice verdades como puños y acumula momentos excéntricos. Lo segundo hace que algunos le quieran negar lo primero (siempre suele ser así). Empeñado en ser más que un jugador de baloncesto, lo que es plausible, ha elegido una forma que no está siendo comprendida de serlo. Y es lo que hay, a estas alturas.

Kyrie (el jugador, el estado de ánimo, la experiencia) va a por el segundo anillo de una carrera en la que ha llegado a estar realmente incómodo en su propio cuerpo. No le valieron los Cavaliers de LeBron James porque la sombra del Rey es alargada en cualquiera parte e inacabable en Ohio, donde la silueta de LeBron es el skyline de esa Cleveland que siempre encuentra motivos para estar orgullosa de sí misma, tal vez porque tiene claro que nadie va a piropearla si no lo hace ella (ya se sabe: the mistake by the lake, el error al pie del lago). Y no le valieron los históricos Celtics, con el Garden, su parqué y sus 17 banderas. Una de las estampas más regias del deporte mundial, un lugar de poder. Un equipo al que se supone que aspiras a llegar y del que no planeas irte; el sitio en el que desemboca tu carrera, no del que sales para reorganizarla.

Y la cosa es que el camino de Kyrie hacia el segundo anillo le lleva, para empezar, a Boston. Porque el mundo no es lo suficientemente grande para que no fuera así. Cosas: un terremoto con Kyrie como epicentro destrozó un proyecto con aspecto fugazmente imperial en los Celtics. El enemigo íntimo regresa además con los Nets, un equipo de Playstation con un volumen de talento devastador y tres jugadores que son en sí mismos prototipos que realmente parecen salidos de un videojuego: James Harden, Kyrie y el casi divino Kevin Durant. El 12 de julio de 2013, los Nets hicieron un traspaso que fue después considerado el patrón oro de los atracos, la autopista a la reconstrucción exprés de los Celtics y la aniquilación del futuro de los Nets, que ficharon a Kevin Garnett y Paul Pierce cuando ya había pasado el momento de hacerlo y dieron un lote que incluía a cinco jugadores y un cofre del tesoro en forma de los picks de los que salieron Jaylen Brown, Markelle Fultz (es decir: Jayson Tatum tras un acuerdo Celtics-Sixers) y Collin Sexton, una elección que acabó yendo de Boston a Cleveland en, precisamente, la operación Kyrie.

Los Nets, que se hipotecaron sin sentido común en 2013 poniendo a los Celtics en una situación excepcionalmente propicia, van a por el anillo en 2021 con tres de los mejores jugadores de ataque de la historia. Los Celtics tratan, mientras, de reconstruir su reconstrucción con tres frustrantes finales del Este perdidas como bagaje, por ahora. El futuro es caprichoso, si es que siquiera existe en el deporte, así que más vale lanzar los dados. Ese parece el mensaje de esta eliminatoria. Y si no lo entiendes, no te preocupes. No va a dirigido a ti, es para Danny Ainge.

"Larry Bird no va a aparecer por esa puerta"

Los Celtics de Brad Stevens parecen condenados a ser mejores de lo previsto cuando no se espera que sean demasiado buenos, y peores que cualquier previsión cuando las expectativas crecen. Los Nets de Kyrie, Durant, Harden, Steve Nash al frente y la política de acabaremos ganando aunque no parezca algo que nos preocupe tantísimo al final y al cabo, son una cuestión indiscutible de talento. Y en deporte el talento suele ganar, salvo que se ponga palos en sus propias ruedas. Por ahora, la de los Nets es una extraña armonía, una calma chicha, unas semanas de asueto soleado en la consulta del loquero. Un equipo que tiene química porque no parece necesitar tenerla en absoluto. Veremos cuando aprieten los playoffs.

Para los Celtics la eliminación en primera ronda es poco menos que un destino inevitable tras una temporada pésima y una lesión crucial de Jaylen Brown, un jugador espléndido. Después de la final de Conferencia en la burbuja, en la que además partían como favoritos frente a Miami Heat, el retroceso es incuestionable, salvo milagro muy difícil de imaginar. Como dijo en su día Rick Pitino, “Larry Bird no va a entrar por esa puerta”.

Pero la llegada de Kyrie, aunque el tiempo va amortiguando la amargura, tiene un toque de broma pesada, de ya solo nos faltaba esto. Porque hay un punto cruel en que a los que vaya mejor sea a Kyrie y sus Nets, porque en todo caso ese asesino bohemio, el Kyrie de la cabeza en todas partes y en ninguna, es un recordatorio del equipo que pudo ser y no fue: Kyrie Irving, Al Horford, Gordon Hayward, Marcus Smart, Jaylen Tatum, Jaylen Brown, Terry Rozier, Aaron Baynes, Daniel Theis… De eso hace solo dos años. Cuesta creerlo porque la receta rara vez se deja tan a medio hacer: no se para la cocción cuando de lo que se estaba hablando era de la posible llegada de Anthony Davis. El equipo faraónico, el gran plan de Danny Ainge. Ahora Kyrie está en los Nets, los del traspaso horripilante, con Durant y Harden; y Davis es campeón de la NBA con… los Lakers (nada menos) y LeBron James, otro viejo enemigo de la casa celtic. Cuando llueve, jarrea.

Kyrie obró junto a LeBron, precisamente, el gran milagro de 2016, cuando los Cavaliers remontaron un 3-1 en las Finales, lo nunca visto, al equipo del 73-9 (lo nunca visto), los perfectos Warriors a los que Kevin Durant (que ahora está con Kyrie) hizo pluscuamperfectos. En las tres victorias seguidas de los Cavs, uno de los vuelcos más improbables de la historia del deporte, LeBron promedió 36,3 puntos, 11,6 rebotes y 9,6 asistencias; y Kyrie, 30 puntos y 5 asistencias. En el cierre del séptimo, el primero puso un tapón ya icónico a Andre Iguodala, y el segundo anotó el triple definitivo por encima de Stephen Curry. Según un estudio, porque hay estudios de todo, el lanzamiento más importante de la historia de la NBA. Un año después, y tras perder las Finales de 2017, Kyrie rompió la baraja y los Celtics fueron a por él, a costa de una herida fea en su relación de cuento de hadas con Isaiah Thomas: había que hacerlo porque la oportunidad era única. Dos años después, y de forma que pasó de incomprensible a inevitable, Kyrie también se había ido.

Con 141 millones por cuatro años de los Nets y no cinco y casi 190 de los Celtics. Por menos dinero, pues. Después de prometer el 4 de octubre de 2018 que aunque hubiera rechazado la ampliación para ser agente libre (cuestión solo de números, se suponía) seguiría en Boston ("si me queréis, mi plan es continuar aquí”). Después de que el mismísimo Shams Charania anunciara que Kyrie le había dicho a los propietarios de los Celtics, en una cena, que su futuro estaba en el equipo verde. Después de una complicada lesión de rodilla en su primera temporada y de una segunda en la que todo se desmoronó hasta que los Bucks convirtieron un 0-1 en un 4-1 con dos triunfos incontestables, y seguidos, en el normalmente carnívoro Garden. Después de, mucho antes, un final apretado contra los Magic tras el que Kyrie se encaró con Gordon Hayward y al que siguió un discurso que dejaba en mal lugar a sus compañeros jóvenes y una llamada a LeBron James para disculparse por haber sido él ese joven. Uno de los muchos sainetes que acabaron estropeando la cosa, pudriendo la raíz de un árbol cuyas hojas (el culebrón Anthony Davis) impideron ver una realidad sobre la que se cernía una oscuridad inevitable: tras Kyrie salió Horford, y un año después Hayward.

En medio de la parte más circense, del culebrón, se pasó por alto la muerte del abuelo de Kyrie, un golpe para un jugador que se pasó la temporada estando sin estar, desconectado del equipo, con un lenguaje corporal nefasto y sin ser capaz de explicarse. Esa ausencia empezó a devolver a Kyrie a Nueva York (se crio en New Jersey), donde su unión con Kevin Durant pasó, suele ser así, de rumor a realidad sin que se supiera muy bien cómo. Es el signo de la NBA en la que todo es posible, especialmente si están en el ajo jugadores como Kyrie y Durant; el primero saltó de Cleveland a Boston y el segundo de Oklahoma City a la Bahía de San Francisco. Finalmente se reunieronen Brooklyn, se entendieron tal vez porque nadie más les entendía y empezaron a llamar a Harden. El resto es una historia que hace escala ahora en Boston con Kyrie acelerando hacia las Finales. Si todo va como parece que va a ir, lo que le faltaba a los Celtics.