PLAYOFFS NBA 2020

¿Drama a la vista? La venganza de Chris Paul, la lesión de Westbrook y la presión de James Harden

Puede que no haya una eliminatoria de primera ronda con más ingredientes para acabar siendo apasionante que el Houston Rockets-OKC Thunder. Muchas cuentas pendientes.

¿Drama a la vista? La venganza de Chris Paul, la lesión de Westbrook y la presión de James Harden
Kim Klement USA TODAY Sports

¿Y si los Lakers vuelven de pronto al nivel de marzo, demuestran que su chapapote ofensivo de la burbuja ha sido una cuestión de bajo interés y cautela en el arranque y se ceban en las debilidades defensivas de los Blazers por mucho que Damian Lillard anote triples desde los mismísimos límites de la burbuja de Disney World? ¿Y si Luka Doncic no puede hacer magia, o no la suficiente, para que los Mavs obliguen a forzar la máquina de verdad a los Clippers? ¿Y si la lesión de Simmons en los Sixers y el excelente nivel de los Celtics convierten en un destrozo el regreso de la gran rivalidad histórica del Este?

En una primera ronda sin público y sin viajes, un hándicap más para los equipos débiles, puede que (o puede que no), finalmente, acabemos poniendo los cinco sentidos en las dos peleas, que prometen ser duras de verdad, entre cuartos y quintos: Pacers-Heat en el Este (45-28 uno y 44-29 el otro) y Rockets-Thunder (44-28 los dos) en el Oeste. La primera es una buena serie. Con buenos jugadores, equipos muy trabajados y el glamour de Miami enfrentándose otra vez (como en tiempos de LeBron y Wade) a la tradición de Indiana, el estado donde el baloncesto es más que un deporte. Y sí, Jimmy Butler se enzarzó en Regular Season con TJ Warren. La serie puede ser bonita, igualada… pero es probable que no alcance a tener el componente que enciende las verdaderas eliminatorias de playoffs que acaban captando la atención de todos, también del gran público: el drama. Los playoffs de la NBA necesitan drama, para eso en gran parte se juegan a siete partidos. Se reduce el factor sorpresa, pero se construyen rivalidades históricas, enfrentamientos desquiciantes, ecosistemas irrespirables… el drama. Y tal vez este reinicio de Florida nos haya regalado, veremos, una de las series con más drama de los últimos años: Houston Rockets-Oklahoma City Thunder.

Los Rockets, otra vez sin red de seguridad

La vida de los Rockets, de hecho, es puro drama. No se bajan de playoffs desde que llegó James Harden en 2012 (de los Thunder) pero no juegan unas Finales desde 1995, con Hakeem Olajuwon (un cuarto de siglo ya cumplido). Acostumbrados a perder contra los Warriors, cuatro veces en cinco años (las dos últimas sumamente traumáticas), esta vez tenían el alivio de que los de la Bahía ni viajaban a Florida. No había peligro a la vista… o sí. La primera ronda les ha dejado una eliminatoria durísima (a priori), llena de simbolismo (seguramente) y sin Russell Westbrook (que llegó el pasado verano, de los Thunder) en los primeros partidos. Como mínimo: los médicos dicen que si vuelve en menos de unos 10 o 14 días las posibilidades de recaída son altas, Westbrook es tal vez el jugador menos indicado del mundo para jugar sin el turbo puesto constantemente y Mike D’Antoni sigue haciendo ese tipo de declaraciones oscuras que no suelen ser nada halagüeñas cuando se habla de lesiones musculares (el traicionero cuádriceps, en este caso): “No sabemos nada, iremos viendo día a día. El tiempo dirá. Esperemos que vuelva más pronto que tarde, pero no sabemos. Hasta entonces, trataremos de mantener el servicio sin él”.

La ironía: Chris Paul se fue de los Rockets (a los Thunder) el pasado verano porque iba camino de los 35 años (ya los tiene), su oportunidad junto a James Harden había pasado (playoffs de 2018 y 2019), tenía un contrato mastodóntico (inició curso con tres años y 124 millones garantizados) y se lesionaba demasiado. Sin embargo Paul, en OKC, ha jugado 70 de los 72 partidos, no ha tenido problemas físicos y llega a una serie contra sus ex en la que el que no está por lesión es precisamente Westbrook, el que ocupó su lugar como pareja de Harden. Y el drama: Harden estuvo en OKC entre 2009 y 2012 y Westbrook entre 2008 y 2019. Juntos, y con Kevin Durant, perdieron la Finales de 2012 contra Miami Heat. La serie mide además a dos cerebros de máxima reputación: el mago Sam Presti contra el matemático Daryl Morey. A dos clásicos de los banquillos, un Mike D’Antoni al que le suelen salir sarpullidos en playoffs y un Billy Donovan que empieza a tener en la NBA (fabulosa temporada) una reputación similar a la que amasó en la Universidad de (precisamente) Florida. Demonios, se puede rascar todo lo que se quiera: D’Antoni era compañero de habitación, en sus años en Milán, de Vittorio Gallinari, el padre de Danilo, ala-pívot titular de los Thunder.

Sin Westbrook, los Rockets se enfrentan a los fantasmas de los últimos años: excesiva dependencia de Harden, agotamiento de este en los últimos minutos de los partidos (más a cada encuentro que pasa, claro) y, por lo tanto, secundarios que tienen que meter más tiros de la cuenta e implosionan por la presión de un sistema que no mete más de ocho o nueve jugadores en la rotación. Harden ha vuelto a jugar una temporada fabulosa y en la burbuja ha promediado 33,4 puntos, 7,6 rebotes y 8,6 asistencias. Pero en sus duelos contra los Thunder, que tienen mucha chicha defensiva por fuera, se ha quedado (si sirve el dato) en un 32,8% en tiros.

Otra ironía, esta muy negra: la versión radical con la que los Rockets han brillado en la segunda mitad de la temporada, la que se deshizo de Clint Capela y juega literalmente sin ningún pívot (el ultra small ball), está pensada para maximizar… a Russell Westbrook, que será baja en el arranque de la serie (recordemos: como mínimo). Más ritmo, más espacios en ataque, más transiciones, más tiradores: mejor para Westbrook, que salió de los Thunder después de generar un culto a la persona que acabó siendo casi malsano en OKC, justo tras la marcha de Kevin Durant. En momento de emociones agitadísimas, Oklahoma se abrazó a él. Y él produjo números monstruosos, una eficiencia que se fue por el retrete y tres eliminaciones en primera ronda de playoffs. Los Rockets sabe, y ese es el plan que finalmente le han ofrecido, que cuanto más corre en transición y más vías se le abren hacia el aro, menos tira por fuera.

Más asuntos a monitorizar en la cocina de los texanos: Eric Gordon se ha perdido seis partidos de la burbuja por lesión y trata de coger ritmo a marchas forzadas, y Danuel House no ha estado en los tres últimos por problemas en un talón. Es un aviso por si la eliminatoria llega a uno de esos puntos en los que cada detalle, por mínimo que parezca en el gran esquema del universo, acaba resultando trascendental. Así son las series a siete partidos. El drama.

El equipo que no debería estar allí

En 2018 los Rockets, que habían ganado 65 partidos con Chris Paul al lado de Harden, tenían al borde del KO (3-2) a los Warriors cuando Paul sufrió una fatídica lesión muscular. No jugó más y los de la Bahía remontaron y sentenciaron en la Final (4-0) a unos Cavaliers sin fuelle. En Houston y en un séptimo partido que parecía una Super Bowl (el ganador sería campeón viendo las nulas posibilidades de unos Cavs a los que LeBron había llevado a la Final contra la lógica), los Rockets, el equipo de las matemáticas y la revolución del triple, falló 27 tiros seguidos desde la línea de tres. No hay forma de introducir factores así (lo humano, el caos) en las ecuaciones de Daryl Morey. Pero ese negro dato y la lesión de Paul dejaron sensación de que no había sido pero sería, un buen presagio borrado de un plumazo (no había sido ni iba a ser) por, cómo no, los Warriors. En segunda ronda, Kevin Durant cayó lesionado con 2-2 y el quinto partido igualado, y los Rockets no solo perdieron ese sino que entregaron el sexto, en su pista. Lo siguiente fue un feo divorcio Paul-Harden, la promesa de Morey al base de que no sería traspasado y, finalmente, su traspaso para meter otro dado (Russell Westbrook) en el cubilete de Harden y buscar otra vez la esquiva suerte en el tapete, donde el caos se hace trajes de noche con las matemáticas.

Los ecos de la presión de Morey llegaron al despacho de Sam Presti, tal vez el mejor general manager de la NBA y un tahúr que rumiaba su propia reconstrucción después de que Damian Lillard y los Blazers ventilaran (4-1) a unos Thunder muy decepcionantes y en los que Westbrook hacía pareja con Paul George, que en el verano de 2018 había rechazado a los Lakers y a LeBron y había firmado por cuatro años y 137 millones para seguir en OKC. El gran momento para la franquicia en los años post Durant. Tanto que incluso se instauró el 7 de julio como Día de Paul George en Oklahoma City; la fecha duró en el calendario, básicamente, unos meses.

La llegada de Kawhi Leonard a los Clippers requería una segunda estrella. Tras tantear entre otros a Harden (de los Rockets…) el rastreo desesperado de los angelinos acabó en Paul George, que forzó su salida de donde había decidido quedarse, con fiestas de prado incluidas para celebrarlo, apenas un año antes. Presti, que empezaba a tener claro que el amor (que será eterno) entre Westbrook y los Thunder estaba encallándose en el miasma de las relaciones tóxicas, vio la salida de George como la oportunidad de romper elegantemente con Westbrook. Y en la letra pequeña, hechos los movimientos sísmicos, mandó a Jerami Grant a los Nuggets. La lanzadera a, teóricamente, una reconstrucción profunda y nunca vista en la historia de la NBA: 15 primeras rondas de draft bajo control entre 2020 y 2026. Y la opción de hacer todavía más caja con los contratos de los recién llegados Chris Paul y Danilo Gallinari, un jugador de buen cartel como Dennis Schröder u otro clásico como Steven Adams, que podría dejar de ser necesario si imperaba el movimiento joven.

Pero Presti tenía otros planes: con suficiente material en drafts para incendiar la NBA durante un lustro, prefirió quedarse a Paul, Gallinari , Schrörder y Adams. Y preparó con entusiasmo la habitación para Shai Gilgeous-Alexander, del que los Clippers se desprendieron con demasiada alegría en la operación Paul George. En el último draft, más madera, pescó una segunda ronda por bajar del 21 al 23 y ahí se llevó a Darius Bazley, un alero de proyección imponente que se había saltado la NCAA y había, por eso, caído en la elección por debajo de lo que su valor real merecía. Y pasado el día de las selecciones, se hizo con Luguentz Dort, un escolta canadiense que comenzó el curso con contrato two-way y lo ha acabado como escolta titular y defensor de guardia de las estrellas rivales.

Esos Thunder, con los que nadie contaba para playoffs el pasado verano (porque nadie creía que no moverían más fichas en el mercado), han acabado ganando 44 partidos (44-28) los mismos que los Rockets que se llevaron a Westbrook; y un 61,1% total, por encima de las tres temporadas anteriores, las tres que el supersónico base jugó sin Kevin Durant. Los Thunder han vuelto a playoffs, diez billetes en doce años desde la llegada a OKC, y han jugado un baloncesto excelente, ultra competitivo y con mucha vieja escuela en tiempos en los que eso, entre tanto triple y tanta gestión matemática de la eficiencia, se agradece cada vez más. Paul, uno de los mejores bases de la historia aunque su carácter saque de quicio a cualquiera que no lo tenga de su lado, ha estado sano y ha jugado una temporada fabulosa (17,6 puntos, 5 rebotes, 6,7 asistencias). Gallinari (otro jugador muy bueno cuando acompaña el físico) ha promediado 18,7 puntos y 5,2 rebotes, Dennis Schröder (debería ser Mejor Sexto Hombre) se ha ido a casi 19 puntos y 4 asistencias y Gilgeous-Alexander, una joven estrella con mucho más talento que foco mediático, ha rondado los 20 puntos y 6 rebotes.

Con un excelente trabajo de Billy Donovan, los Thunder han sido un equipo físico y duro en defensa y letal en los finales igualados, con el ataque de los tres bases que acaba los partidos (Paul, Gilgeous-Alexander y Schröder) articulando el quinteto con mejor net rating de la NBA. Un núcleo de profesionales con experiencia y talento en lugar de una reconstrucción con jóvenes y aves de paso: una gestión extraordinaria de Sam Presti en tiempos en los que vender futuro y stock de posibilidades se ha convertido en la especialidad en muchos despachos. Resultados reales. Los Thunder han jugado cuatro finales del Oeste y una de la NBA desde que están en OKC, han sido un equipo fantástico esta temporada y llegan a playoffs como un rival durísimo para cualquiera. Especialmente, si se incluye el factor mental, para unos Rockets que no se pueden permitir perder contra Chris Paul. No después de deshacerse del base de la forma en que lo hicieron. Eso lo saben en Texas, también que para empezar (hay que insistir: como poco) no van a tener a Westbrook.

Y si hay un jugador, uno solo, que puede cebarse en esa angustia del rival, alimentar sus fantasmas (muy íntimos para él) y hacer que pasen cosas a partir de ahí, ese se seguramente Chris Paul. Crispante, durísimo como competidor, extraordinario (histórico) como playmaker.

Alrededor de sus esenciales, los Thunder han formado una rotación con músculo, fuerza y potencia defensiva: los citados rookies Dort y Bazley (tres partidos seguidos de más de 20 puntos en la burbuja el segundo, además), Noel, Diallo, Nader, Ferguson y un Andre Roberson que ha vuelto a jugar después de más de 30 meses de pesadilla. Dort, a priori el primer defensor de Harden, tiene un ligero esguince de rodilla y es duda para el inicio de la eliminatoria, el martes. Pero, más allá, Billy Donovan tiene jugadores para atosigar a Harden, obligarle a sudar, cansarse y fallar tiros (los números los va a hacer de todas formas). A poner lanzamientos importantes en manos de los secundarios: Convington y Tucker son esenciales en defensa pero han tirado mal en la burbuja, Green y McLemore han tenido más puntería pero hacen menos duros a los D’Antoni, que no saben con qué Eric Gordon van a contar. Con todo en su cauce y buenos porcentajes, los Rockets son favoritos. Pero las cosas llegan torcidas al primer partido y por allí asoma Chris Paul, que ha definido la eliminatoria como “interesante”.

Y ya sabemos lo que significa interesante en boca del base de Winston-Salem. Significa cuidado. Significa venganza. Y significa, por encima de todo, el gran ingrediente de cualquier eliminatoria de playoffs con verdadera vida: drama.