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56 millones para Ricky Rubio: ¿Por qué?

56 millones para Ricky Rubio: ¿Por qué?

Finalmente, y a pocas horas del cierre de plazo que habría lanzado a Ricky al mercado del próximo verano como agente libre restringido (con la opción para los Wolves de igualar cualquier oferta), Minnesota Timberwolves y Ricky Rubio cerraron un acuerdo por cuatro años y 56 millones de dólares. Son, a falta de saber como será el reparto anual definitivo, 14 millones al año: mucho dinero. ¿Demasiado? Tal vez, aunque eso sólo lo dirá el futuro rendimiento del base español. Porque, de mano, esos 56 millones no son para el Ricky actual sino para el que jugará entre 2015 y 2019. El actual cierra en 5 millones un contrato rookie que le habrá dado el próximo mes de junio y en total 16,2. Sumado al próximo, hablamos ya de 72 millones en un tramo de ocho años de carrera que Ricky terminará con 29 años. En ese mismo periodo, Pau Gasol llevaba ganados 65 millones.

Desde luego es mucho dinero, y si se atiende a una lógica simplemente deportiva y cortoplacista -juzgando sólo lo que ha sucedido hasta ahora en la cancha- se podría afirmar que Ricky va hacia el doble de lo que podría parecer un contrato sensato en el rango de los 7-8 millones anuales. Pero en juego entran el futuro, el mercado, las circunstancias actuales de los Timberwolves… Es pronto para emitir un juicio severo sobre la operación pero no para afirmar que no es un mal movimiento para una franquicia obligada a exportar estabilidad y buena gestión del pánico en el arranque de la era post Love.

El mercado: Klay Thompson acaba de firmar 70 millones por cuatro años con los Warriors mientras que Kawhi Leonard no se ha puesto de acuerdo con los Spurs y buscará los ceros en los cheques el próximo verano. Son distintas formas de gestionar esa figura del agente libre restringido, cada vez más una trampa para ratones que muchas veces favorece al jugador y a veces a la franquicia. En cuanto hay alguien dispuesto a hacer un esfuerzo extra por ti (y por Ricky lo iba a haber) tu precio queda establecido por muy fuera del mercado que parezca. Hayward le sacó a Utah Jazz 63 millones por cuatro años y Parsons cambió Houston por Dallas porque los Rockets no igualaron los 46 millones por tres años que pusieron los Mavs sobre la mesa. A, veces, ese juicio final del todavía propietario retrae a los interesados: le pasó a Eric Bledsoe, aunque acabó firmando 70 millones por cinco años en los Suns tras un largo culebrón. Y también a Greg Monroe, que buscaba un contrato de 60/5 y acabó firmando la qualifying offer de 5,4 millones. Un aplazamiento del gran contrato antes de salir al mercado, ya sin ataduras, el próximo verano. Su misión esta temporada es jugar bien. Y no lesionarse.

Los Wolves necesitaban retener a Ricky. Porque tal y como está el mercado actual era peliaguda la búsqueda de un sustituto mucho más barato y más rentable: Kemba Walker, también base, acaba de renovar con los Hornets por 4 años y 48 millones. Y porque inician proyecto con la necesidad de enseñar un boceto de futuro tras la traumática aunque cantada salida de Kevin Love. Esta operación solidifica, o al menos da una tregua, una estructura con amenaza de aluminosis en un equipo en el que hay margen de maniobra salarial porque se trabaja con los contratos rookie de Andrew Wiggins, Anthony Bennett, Gorgui Dieng, Shabazz Muhammad y Zach Lavine. Los cinco juntos no llegarán a un total de 17 millones esta temporada. Para cuando haya que ir afrontando sus ampliaciones, los Wolves ya habrán distinguido el grano de la paja e invertirán y descartarán en consecuencia. Para entonces, y si no crece como espera su equipo en las dos próximas temporadas, Ricky podría también ser el sacrificado vía traspaso. Nadie debe sentir en ese sentido lástima por los Wolves, igual que nadie debe criticar a un Ricky que ha hecho lo que haría cualquiera: intentar recibir el máximo salario posible por su trabajo. Son las reglas del juego, especialmente crudas en el deporte estadounidense y que aquí no todo el mundo entiende siempre bien. Y ahí está el caso de Pau Gasol: los que le criticaban por sus sobrepagados últimos dos años en los Lakers, firmados antes y en tiempos de bonanza, y los que criticaban a la franquicia angelina por el denuedo con el que intentaban deshacerse de él.

En la partida de ajedrez, y esto aligera el peso de esos 56 millones que cobrará Ricky, ha entrado como un mastodonte en cacharrería los nuevos contratos televisivos de la NBA. Unos 24.000 millones hasta 2025 que repercutirán, va en el convenio colectivo, en una masa salarial de las franquicias que se irá en principio a unos 16 millones anuales más. Así que los contratos que ahora son gigantes serán, en muchos casos, simplemente grandes o muy grandes. Las franquicias lo saben (y por eso valen más: 2.000 millones de dólares los Clippers), y los jugadores lo han ido aprendiendo y por eso LeBron, por ejemplo, firmó sólo dos años en Cleveland. Su próximo contrato será entonces de otra dimensión.

Y si finalmente los Wolves quieren aligerar peso salarial o cambiar cromos, quizá ahora mismo Nikola Pekovic sea una opción más sensata que Ricky. Tiene 28 años por los 24 del español, así que se supone que le llegaría tarde la bonanza de la actual generación Wiggins. Y tiene además un relevo claro y ya en plantilla en Gorgui Dieng, un pívot muy distinto al montenegrino pero también muy eficiente en lo suyo.

Así que la operación parece muy cara pero, con todos los datos, de poco peligro y sentido para los Timberwolves. Porque además es cierto que Ricky ha volado algo por debajo de las extraordinarias expectativas con las que le recibió la NBA pero también que su proyección es enorme después de tres temporadas en las que, a veces lo olvidamos, ha superado una rotura de ligamentos y ha repartido aun así casi 1500 asistencias, a ritmo de 8,1 por partido: quinto en el ranking total de esas tres temporadas. Y cuarta la pasada (8,6) sólo por detrás de Chris Paul (10,7) y casi en los números de John Wall y Ty Lawson (8,8 ambos). Ricky fue también segundo en robos, otra vez por detrás de Paul (2,5 por 2,3 de media) y se las apañó para anotar 9,5 puntos por partido a pesar de sus todavía evidentes carencias como finalizador: muchas veces difuso buscando el aro y demasiadas abismal en el tiro de media y larga distancia (32% en triples en su carrera NBA). Ahí, y por eso los Wolves le han tenido con un entrenador de tiro toda la pretemporada, está el gran ratio de mejora para un base que sufriría mucho ahora mismo si se enfrentara en el fuego real de los playoffs a sistemas que exprimieran sus problemas como anotador con defensas flotantes y de espacios minimizados para su incuestionable visión de juego.

En Minnesota esperan que esa ecuación de los puntos mejore hasta un nivel como mínimo correcto, suficiente para acompañar a lo que más les gusta de Ricky, un jugador que la temporada pasada sumó dos triples-dobles, 25 partidos de diez o más asistencias y 35 con más de tres robos. Y que dejó a los rivales en un 33% de acierto en tiro y en 0,65 puntos por jugada en sus defensas directas, otra de sus grandes virtudes a la espera de, con experiencia y aprendizaje, convertirse también en un buen defensor colectivo y lejos del balón. Ricky, por cierto, es el único jugador de la historia junto a Magic Johnson, Isiah Thomas y Tim Hardaway con una media de al menos 7 asistencias y 2 robos por partido en sus tres primeras temporadas en la NBA. Eso desde luego vale la apuesta seria (muy seria) de una franquicia que ahora mismo se la puede permitir, que tiene tiempo para medir pasos, aciertos y errores porque no necesita ganar ya y que, en definitiva, apuesta por Ricky como conductor, y de repente líder, del crecimiento de los Wiggins, Lavine, Bennett y compañía. Así que lo que en números crudos nos parece demasiado puede no serlo en un concepto global. El tiempo, como siempre, será el que dicte sentencia.

 

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