Xabi, el atormentado y el gracioso
Corregir a Lamine y Vinicius ya excede a las competencias de sus entrenadores. Hay que mirar más arriba.


En el posoperatorio de este Clásico evoluciona muy favorablemente Xabi Alonso, que a pesar de haber logrado que su equipo ganase once de los doce partidos anteriores comparecía, tras el desastre del derbi, en calidad de investigado. Arriesgó con Camavinga y le salió, ha rescatado del limbo a Tchouameni y ha extraído la mejor versión de Mbappé. Incluso en los peores momentos del partido, los finales, al equipo le salvó el orden cuando le faltaron las piernas. Y supo sacarle ese carácter que tantas veces faltó el curso pasado. Le viene de perlas este empujón, aunque en fútbol el estado del bienestar tiene una validez de entre tres y siete días.
En el otro extremo le echó agua al vino Vinicius. No era el día de teatralizar hasta lo grotesco su desagrado con el cambio. Nunca lo es, pero menos con el equipo haciendo coro en un Clásico. Si pretendía cuestionar la autoridad del entrenador, eligió el peor momento, más cuando en la banda esperaba un compañero de equipo, de selección y hasta de confidencias. Desde hace un año da la impresión de que Vinicius se empeña en atormentarse, incluso cuando empiezan a salirle las cosas, incluso cuando el equipo gana, incluso delante de un público que minutos antes le había coreado. Se equivoca de enemigo: no es Xabi, es él mismo.
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También fue feo y evitable el final, que tuvo poco que ver con lo sucedido en el campo, donde se vio un partido limpio. El pleito venía de antes, de un exceso de Lamine que, aun endulzado con una sonrisa adolescente y en un contexto distendido, al Bernabéu y al vestuario del Madrid les siguió pareciendo un exceso. El fútbol es un universo emocional que no está para bromas. Ante lo que se entiende como una ofensa a la tribu, el calor se transfiere por conducción de la grada al campo y genera ganas de pelea. Incluso cuando todo ha acabado. Corregir a Lamine y Vinicius ya excede a las competencias de sus entrenadores. Hay que mirar más arriba.
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