Lamine y la máxima de Den Xiao Ping
Si Lamine aspira a ser el mejor del mundo, y condiciones tiene sobradas, debería volver a explorar otros territorios, sin perder su querencia natural.

El Barça ya no podrá volver a disputar el partido del pasado domingo en Anoeta. Mejor olvidarse de lo que pasó, de su conocido contexto, desde el azar que tanto interviene en el juego (y el fútbol lo es, no como la natación o el ciclismo, pongamos por caso) a la conjunción astral que conecta a través de un pinganillo a Gil Manzano y Del Cerro Grande. Por fortuna, ellos nunca le pitarán en la Champions, pensarán muchos culés. Tampoco Negreira pitaba ni pintaba nada en Europa cuando el F. C. Barcelona consiguió cuatro Copas de Europa en una década. Complejos, los justos.
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Hay otros factores más endógenos, que diría un filólogo, y que por tanto sí pueden estar más sujetos a control. Quizás sea una percepción o una obsesión demasiado personal, como esa de querer que el Barça juegue siempre de azulgrana, pero juraría que de un tiempo a esta parte Lamine se encierra demasiado en la frontera con la línea de cal, como un extremo puro, y él es mucho más que eso. Si aspira a ser el mejor del mundo, y condiciones tiene sobradas, debería volver a explorar otros territorios, sin perder su querencia natural. Cada vez parece más enjaulado, siempre con dos defensas saliendo a su paso en cada control pegado a la banda. Pero como decía, seguro que es una impresión erronea. De extremo o media punta da igual, lo importante es que vuelva a cazar ratones, que diría Den Xiao Ping.
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