Opinión

La china del Madrid es la gasolina de este Barça

Mientras uno tuerce el gesto con la polivalencia (Valverde, Camavinga...), el líder presume (y vuela) con la de medio equipo.

Lamine Yamal (d) saluda a Hansi Flick durante el partido ante el Mallorca, de ayer. EFE/ Quique García
Quique Garcí
Alfredo Matilla
Diario AS
Actualizado a

Barcelona y Real Madrid siempre se han mostrado al mundo como vasos comunicantes. Cuando uno vuela, el otro se adentra en una profunda crisis. Y viceversa. A fin de cuentas, y por no agotar el papel con ejemplos, si uno dice blanco, el otro apuesta radicalmente por el negro. Pese a ser ateo. Lo que hace la política ya lo inventó el fútbol. Una tendencia separatista la de estas dos locomotoras de la Liga que cada vez va a más y que únicamente puso en solfa el intermitente proyecto de la Superliga. Ahora, tras sus enconados posicionamientos a uno y otro lado del tablero, a cuenta del estilo (toque-contraataque), la filosofía (cantera-cartera) y el relato (‘Mes que un club’-Rey de Europa), sin olvidar el tema arbitral, su obsesión por diferenciarse ya pone en cuestión hasta la más sensata de las lógicas.

En el Madrid, la polivalencia es un don sospechoso. La planta noble ya venía torciendo el gesto cuando Camavinga se estrenó por primera vez como lateral izquierdo con Ancelotti. El estado de ánimo con las idas y venidas con Tchouameni han dependido siempre de los resultados. Y hasta las probaturas con Vinicius más centrado o Rodrygo en la derecha no dejan a todos satisfechos. Últimamente, con los giros forzosos con los laterales y el rol de Valverde se ha disparado el runrún. Arbeloa, para algunos, se ha pasado de valiente y espartano. Y sorprende esta apuesta por encontrar las soluciones a través del orden en un estadio donde conviene recordar que el mismísimo Di Stéfano jugaba por donde más se le necesitaba. Pidiendo el balón a su portero y luego machacando al adversario.

En principio no tiene mucho sentido este malestar cuando un trabajador está dispuesto a duplicar o triplicar por el mismo precio las funciones apalabradas al fichar. El capataz más duro lo firmaba. Pero habrá que dejar espacio a la manida justificación de que mejor hacer una cosa bien que tres regular. Sea como fuere, el tic choca de lleno con lo que sucede y se premia en el Camp Nou. Ahí, por atrevimiento y principios, el carácter multidisciplinar siempre ha estado bien visto y ponderado. En la Antigüedad ya sucedía, avisa mi padre, pero en los tiempos modernos el efecto todoterreno se multiplicó por la tendencia de Cruyff a la provocación y a los sorprendentes experimentos. Ferrer o Juan Carlos alternaban las bandas, aparecieron los extremos a pierna cambiada y Eusebio era Nacho Cano con balones en vez de teclados. Luis Enrique y Sergi Roberto fueron los herederos más aventajados del modelo.

Pero es ahora Eric García el que se ha pasado definitivamente el juego. No es que se muestre en varias posiciones: lateral derecho, central distro siniestro y mediocentro. Es que hace de todo en un mismo partido y muta de piel como un camaleón. Si a eso sumamos que unas veces lleva ajustada la protección facial y otras veces la rechaza (como ante el Mallorca), hay días que ves al Barça con cinco Eric diferentes correteando por el campo y crees, de súbito, haberte pasado con el vino y la sobremesa.

Su omnipresencia no sólo desnivela la balanza en su favor en el debate de si Selección sí o Selección no. Cuando uno sale de viaje, y el Mundial es el más esperado por todos, no hay nada como echar en la mochila un buen multiusos con tijeras (él siega como nadie), corta uñas (también muerde) y navaja suiza (abre defensas cuando se lo propone). De ahí que De la Fuente ya esté entregado a la causa. Más allá de este puñetazo en la mesa de un futbolista ejemplar, uno piensa a dónde puede llegar este Barça si la moda de jugar donde toca, sin que casi nadie se queje, también la siguen a rajatabla Koundé, Cancelo, De Jong, Olmo y poco a poco el diez. Por culpa del técnico alemán llevo tiempo fijándome mucho más en eso, en lo que un tipo puede llegar a hacer que en lo que realmente ejecuta. Como me sucede con Messi, imagino a Lamine en varias demarcaciones y me da que en todas sería el mejor. Y que si le cuidamos entre todos, habrá trilero para 20 años y no sólo para tres como con Ronaldinho y Neymar. No sé si es devoción o temor a perder genios de vista.

Messi, como hizo Lottar Matthäus, va dando cada año un paso más hacia atrás en el dibujo a medida que su visión del juego crece y su velocidad mengua. Y, tras ser el mejor como delantero centro, falso nueve, extremo derecho y ahora mediapunta, podría serlo también como mediocentro, pivote y hasta líbero si un Puyol (eso sí) de turno se pegara en su nombre en las batallas aéreas. Ser lateral o interior sería demasiado aburrido para él. Y tampoco es plan impedirle que se jubile a los 67 años. Ojalá se convenza y nunca abandone. Y ojalá que, del mismo modo, alguien sepa ver que el éxito de Lamine, tras dar ya un Máster siendo un crío y en su banda, sería alternar dentro y fuera —para despiste del oponente y para repetir golazos como el de ayer—, o más arriba y más abajo —como ya hace en apuros— para no ser previsible y dificultar al rival el estudio del líder.

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Mientras que el resto anda preocupado en si Lamine se cuida, sale, se aparea o se despista, seguro que Flick ya anda rumiando otra evolución para pulir a su estrella como ya ha hecho con la línea alta de la retaguardia. El Atleti en Copa, por ejemplo, se lo exigirá. Y lo más importante de todo; estará contagiando entre los suyos un pensamiento de buen jefe: con un talento dispuesto a hacer de todo por el bien colectivo —algo con lo que Arbeloa sueña y no consigue—, la única preocupación general debe ser la de vigilar que coma tres veces al día y que duerma ocho horas. El resto es pan comido. Y una simple cuestión de inercia.

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