Fútbol y justicia social
Los clubes han vuelto a recordar a los socios, jugadores, dirigentes e hinchas represaliados

Una cuestión que me ha obsesionado desde siempre es cómo conjugar, en mi escala de valores y en mi vida cotidiana, un sentido de la justicia social con mis pasiones privadas. Una de ellas, por supuesto, es el fútbol. ¿Cómo compatibilizar la idea de lo que de verdad importa en términos vitales y políticos con el hecho de que uno llore o sienta una felicidad infinita por la derrota o la victoria de su club?
Por eso me impactó tanto leer, en mis años de estudiante de filosofía, Trotsky y las orquídeas salvajes, un texto en el que Richard Rorty condensa ese conflicto en dos imágenes: Trotsky, que representa la justicia social, y las orquídeas salvajes, que él coleccionaba por puro placer. La tesis del filósofo norteamericano era sencilla y liberadora: no hace falta una teoría total que reconcilie a la perfección lo público y lo privado. Dicho de otro modo, en nosotros caben las contradicciones.
Por aquella época conocí también la historia de Claudio Morresi, de quien ya hablé en una de mis primeras columnas en AS. A su hermano lo secuestraron y asesinaron los militares de la dictadura argentina en vísperas del Mundial 78. Claudio no renunció por ello a ser hincha de la albiceleste. Cederle el monopolio del fútbol a la dictadura habría sido entregarles algo que amaba: la pelota. Su gesto me marcó por cuanto yo era un joven hincha que intentaba machihembrar la pasión por el fútbol con la convicción de que debemos luchar por un mundo mejor.
Estos días se recuerdan en Argentina los 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. En ese contexto, los clubes han vuelto a recordar a los socios, jugadores, dirigentes e hinchas represaliados por la dictadura. Es algo que hacen cada año, pero esta vez la efeméride ha intensificado el gesto. Emociona comprobar cómo Boca, River, Racing, San Lorenzo o Independiente, por citar solo unos pocos, han reclamado memoria para los suyos: personas asesinadas o desaparecidas que llevaban sus colores en el corazón.
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Una prueba más de algo que aquel joven estudiante que fui aprendió con el pasar de los años: la pasión futbolística no solo no tiene por qué relegarse al ámbito privado, sino que puede ser una herramienta de lucha por la justicia social.
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