Entre baches, por el arcén
En un partido con mayoría de malas o regulares actuaciones, el Madrid no dio señales de armonía.

Podría decirse que el Real Madrid ha encontrado su velocidad de crucero: cinco victorias sucesivas, tres en la Liga (Alavés, Sevilla y Betis), una en la Copa (Talavera) y la última contra el Atlético en la Supercopa. Los números que se esperan del equipo, en definitiva, pero los resultados no cuadran con la impresión que transmite el equipo. Sigue en estado convaleciente, con recaídas incluidas, literalmente. Rüdiger, Asencio y Rodrygo no terminaron la semifinal de la Supercopa, lo que obligó a Xabi Alonso a una apresurada sucesión de cambios. No cambió, sin embargo, la sensación del equipo. Avanza con dificultades por el arcén.
El Atlético dispuso de más y mejores ocasiones, remató con frecuencia, exigió a Courtois bastante más que el Madrid a Oblak, y transmitió la impresión de equipo más hecho, aunque también vulnerable. Simeone no acaba de armar una defensa fiable. Ruggeri, por ejemplo, no es una garantía en el flanco izquierdo de la defensa. A Gallagher le falta un buen trecho para sostenerse en la alineación, al contrario que Pablo Barrios, que se ha erigido en el líder de los mediocampistas. Pero Barrios no jugó. Una ausencia muy difícil de reparar.
El gol de Valverde en el primer minuto -barrera demasiado corta, temor de Sorloth al pelotazo y un bombazo del uruguayo- giró el tablero: el Madrid se refugió a lo Ancelotti con las líneas cerca del área, bloque bajo se dice ahora, y el Atlético no tuvo más remedio que atacar. ¿Cómo se defendió el Madrid? Regular en el mejor de los casos. Carreras volvió a pasar las de Caín con Giuliano, el mejor de la noche, como hace tres meses en el derbi del Metropolitano.
A Giuliano le dirige su padre, pero hace tiempo que vuela solo y vuela alto. No hay un jugador en el Atlético más influyente. El Madrid sufrió toda la noche por el costado izquierdo. Vinicius no ayudó a Carreras. Terminó desquiciado en el contencioso con Simeone senior. Se olvidó del partido. Se dedicó a buscar una jugada, no a jugar.
Asencio lo pasó tan mal, o peor, que Carreras. El gigantesco Sorloth no sólo le superó, se apoderó psicológicamente del central del Madrid, así que la trama defensiva no dependió de la fortaleza colectiva, sino de los grandes esfuerzos individuales. Rüdiger se batió como campeón, Tchouameni aguantó tanto en el medio campo como en el centro de la defensa y Valverde colaboró con eficacia y añadió dos momentos brillantes: el gol y el fenomenal pase a Rodrygo en el segundo, cuando el Real Madrid parecía a punto de doblar la rodilla.
Los escasos ataques del Madrid reivindicaron a Rodrygo. Se ha reactivado en los últimos encuentros y hasta sale ganador en las comparaciones con Vinicius. Así es el fútbol de hoy: todo es fugaz y polémico. Rodrygo, proscrito del madridismo en los últimos meses, recibe elogios, no sabe hasta cuándo. Sólo se emiten certificados de confianza a muy corto plazo.
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En un partido en el que las malas o regulares actuaciones superaron al de buenos registros individuales, el Madrid no dio señales de armonía. Lo más cercano al control ocurrió en los últimos minutos, cuando ingresó Güler. Cómo sucedió contra el Sevilla, el joven turco comprendió la naturaleza de la situación. Consiguió que la pelota discurriera entre pies blancos, así de simple. Fue una nota de inteligencia en un equipo sufriente que avanza, entre baches, por el arcén. No es lo ideal, pero esa es su peculiar velocidad de crucero.
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