Enero, el mes de las Supercopas
El calendario es finito y cada nuevo producto ocupa espacio, tensiona la planificación...

Enero ya no es solo el mes en el que el fútbol retoma la competición tras el parón. Desde hace unas temporadas se ha convertido en el mes de las Supercopas: una ventana concentrada que refleja con claridad cómo determinados títulos han pasado de ser una mera competición deportiva para convertirse en un activo o un producto estratégico dentro de la planificación deportiva de una federación.
El punto de inflexión se produjo en abril de 2019, cuando desde el nuevo equipo de trabajo de la RFEF presentamos para la aprobación de la Asamblea General el formato Final Four para la Supercopa masculina y, en paralelo, se reconfiguró la Copa del Rey, reduciendo su número de partidos gracias a la implantación del partido único hasta semifinales. No se trató de una modificación reglamentaria más, sino de asumir que el calendario dejó de ser una concatenación de fechas para convertirse en una herramienta de diseño del propio producto deportivo.
Ese mismo enfoque se ha ido consolidando con el tiempo en otras competiciones. En el fútbol femenino, cuya Supercopa se creó ex novo en aquella Asamblea de 2019, la edición de este curso se disputa en Castellón bajo un formato de concentración y sede única. Y lo mismo ocurre en el fútbol sala, masculino y femenino, donde la Supercopa se ha configurado como un evento de ventana corta, sedes únicas y vocación de escaparate: la masculina se disputó en Son Moix (3 y 4 de enero) y la femenina se celebrará en Adeje (31 de enero y 1 de febrero).
Ventanas de calendario pensadas para concentrar partidos, generar impacto mediático y posicionar el producto. Pero también productos que, con el paso del tiempo, deben someterse a evaluación. No es casualidad que esta misma semana haya trascendido que se estudia un posible cambio de fechas de la Supercopa masculina de fútbol para salir del mes de enero y buscar un mejor acomodo en un calendario cada vez más saturado. El fútbol sala, por su parte, lleva tiempo planteando recuperar la Supercopa como fiesta de inicio de temporada, a modo de presentación oficial del curso deportivo.
Las decisiones estratégicas adoptadas en un momento concreto no tienen por qué ser inamovibles. Todo debe evolucionar, pero esa evolución debe partir del conocimiento de los motivos y argumentos que llevaron a implantar estos formatos, y no de la comodidad coyuntural de algunos agentes. El calendario es finito y cada nuevo producto ocupa espacio, incrementa desplazamientos, tensiona la planificación deportiva y genera fricciones entre clubes, organizadores y deportistas.
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Enero ha sido el mes de las Supercopas desde la temporada 2019-2020. La pregunta es si lo seguirá siendo en el futuro.
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