El baloncesto como laboratorio del fútbol: cuando FIBA llama a la NBA
El pulso FIBA–NBA–Euroliga se debe analizar como una prueba de gobernanza, de modelo de negocio y de legitimidad competitiva.
Cuando aterricé en la industria del deporte me advirtieron: “El baloncesto es el laboratorio del fútbol”. Con menos ruido mediático, pero con los mismos actores, ensaya antes los debates que luego estallan en el fútbol profesional. Por eso conviene analizar el pulso FIBA–NBA–Euroliga no como un episodio aislado, sino como una prueba de gobernanza, de modelo de negocio y de legitimidad competitiva.
Para entender el presente conviene volver al origen. En el año 2000, las ligas agrupadas en la ULEB impulsaron una Euroliga independiente de FIBA como respuesta de los grandes clubes a un ecosistema internacional atomizado y, sobre todo, insuficiente en valor comercial. Veintiséis años después, el conflicto reaparece, no tanto por las normas de la competición, sino por el control del proyecto y el reparto de su valor.
El punto de fricción es conocido. La Euroliga opera como una competición privada en la que un número estable de clubes concentra la toma de decisiones y el control del modelo. FIBA, en cambio, defiende un ecosistema donde las ligas nacionales y la meritocracia deportiva sean la puerta de entrada a la élite. Jorge Garbajosa, presidente de FIBA Europa, lo verbaliza al señalar que no asegurar plaza europea al campeón de una liga nacional resta interés y sentido competitivo al sistema. A ese argumento añade otros igualmente relevantes, como las pérdidas económicas y estructurales recurrentes y un formato que, según FIBA, no está contribuyendo a hacer crecer el baloncesto europeo en su conjunto.
Ante esta situación, la respuesta estratégica de FIBA resulta tan disruptiva como reveladora: recurrir a la mayor empresa privada de su deporte para recuperar iniciativa y protagonismo. FIBA, entidad sin ánimo de lucro y titular formal del baloncesto mundial, asume que debe aliarse con la NBA para rivalizar con otra iniciativa privada como es la Euroliga. No es una contradicción; es admitir que el poder hoy se disputa en el mercado del entretenimiento y en la capacidad de construir un producto global. Adam Silver ha confirmado que la NBA, junto a FIBA, impulsa un proyecto de “puro” baloncesto europeo con un marcado componente comercial. La hoja de ruta apunta a la temporada 2027-28, con 12 plazas fijas y 4 de acceso por mérito deportivo, acompañadas de control financiero estricto y límite salarial. Incluso Jordi Bertomeu, histórico gestor de la Euroliga, ha reconocido que la NBA puede ayudar a crecer y que merece ser escuchada, como ya ocurrió con su propio proyecto de la Euroliga a comienzos de siglo.
Y sin dejar de analizar el futuro del baloncesto, conviene mirar en casa su presente. En este mes de febrero llega la Copa del Rey de baloncesto, con un formato de final a ocho incuestionable, tensión concentrada y un relato perfectamente reconocible. Es la demostración de que, en un mercado hipercompetitivo y saturado de estímulos, sobreviven los productos claros, emocionantes y capaces de concentrar el interés.
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Ojalá este proceso sirva también para algo más que para reabrir conflictos. El baloncesto europeo necesita menos pruebas de laboratorio y más espacios de entendimiento. No para que todos piensen igual, sino para que, desde modelos distintos, se trabaje con el objetivo común de fortalecer el producto, cuidar a los clubes, a las selecciones y volver a poner el baloncesto y sus aficionados en el centro del relato.
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