Opinión

El amor dura tres años

Mou y el Madrid quemaron etapas a la velocidad de una contra de Özil y Cristiano.

Mourinho, en el Bernabéu en su época de entrenador madridista.
DIARIO AS
Javier Aznar
Colaborador Diario As
Actualizado a

Dijo José Mourinho en la víspera del partido en Lisboa sobre su etapa en el Real Madrid: “Tras tres años duros, intensos y casi violentos, lo mejor era salir”. Hay soldados que te hablan de Vietnam con menos estrés postraumático. Aquello no fue un proyecto, fue un ejercicio de supervivencia. Me acordé, con las declaraciones del técnico portugués, de aquella novela divertida y cruel de Frédéric Beigbeder, El amor dura tres años: el primer año se compran muebles, el segundo se cambian de sitio, el tercero se reparten. Mourinho y el Madrid quemaron las etapas a la velocidad de un contrataque de Özil y Cristiano. El primer año se declararon amor eterno frente al Barça de Guardiola. El segundo, empezaron a discutirse los silencios. El tercero ya no se repartían muebles: se lanzaban cómodas a la cabeza.

Fueron tiempos salvajes y divertidos, eléctricos, irrepetibles. También, probablemente, insanos. El Madrid volvió a creerse el centro del mundo, el equipo que no pedía perdón por existir. Mourinho construyó un relato de trinchera que sedujo a una parte del madridismo y agotó a la otra. Como casi todos los grandes amores, fue tan intenso que solo podía terminar mal. “He atravesado océanos de tiempo hasta encontrarte”, le dice Drácula (Gary Oldman) a Mina (Winona Ryder) en Drácula de Bram Stoker, de Francis Ford Coppola. Mourinho ha tenido que cruzar océanos de tiempo y de probabilidades para volver a encontrarse con el Madrid en Copa de Europa. Y enfrente estará Álvaro Arbeloa, uno de sus soldados más fieles, casi un hijo futbolístico.

El amor dura tres años
Mourinho, ayer, en el entrenamiento.JESUS ALVAREZ ORIHUELA

Para que este cruce se produjera han tenido que alinearse los astros con una precisión quirúrgica: un gol de su portero en el descuento, un sorteo caprichoso y, sobre todo, no haber eliminado a su propio equipo actual, el Benfica, cuando estaba aún entrenando al Fenerbahçe y se cruzaron en la fase previa en verano. Si uno se detiene a reconstruir la cadena de acontecimientos y azares que han tenido que intervenir puede empezar a convulsionar y a sangrar por la nariz como Ashton Kutcher en el El Efecto Mariposa. El fútbol, aunque a veces se disfrace de negocio calculado y frío, tiene estas cosas de película romántica mal resuelta. Tres años bastaron para que Mourinho y el Madrid se amaran y se agotaran. Más de una década ha necesitado el calendario para volver a ponerlos frente a frente en un cruce de Champions, territorio natural de ambos, ya sin muebles que repartir, pero con cuentas pendientes.

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Y quizá ahí esté la trampa. El amor no dura tres años, sino mucho más. Como una vajilla de Duralex. Lo que dura tres años es la convivencia bajo presión, la fricción diaria, el ruido. El amor verdadero no se apaga: se transforma en recuerdo, en cicatriz, en relato. Y a veces reaparece, incluso el amor propio, donde empezó casi todo, en Lisboa, una noche europea, cuando el pasado llama a la puerta vestido de eliminatoria. Toc, toc.

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