Clásicos modernos
Aburrirse con lo excepcional es el primer síntoma de toda incipiente decadencia.

Son tantas las veces que Real Madrid y Manchester City se han cruzado en estos últimos años que estoy por decirle a Bernardo Silva que se quede en mi casa durante la eliminatoria. Le dejo las llaves y que entre y salga cuando quiera. Me sabe mal que tenga que alojarse en un hotel cada vez que viene a Madrid. Después de todo lo vivido estos años, no tiene sentido mantener formalidades. Hay confianza.
Dicen que este City-Madrid ya es el nuevo clásico de la Copa de Europa. Es posible. Me gusta ese aparente oxímoron: “clásicos modernos”. Cinco años seguidos (seis de las últimas siete temporadas) de eliminatorias a cara de perro en las que ha habido de todo. Incluso una pandemia mundial entre la ida y la vuelta.
Batallas con emboscadas. Remontadas imposibles. Sorpresas tácticas de Guardiola. Resistencias numantinas. Penaltis y prórrogas agónicas. Pizarras echando humo. En estos cruces hemos visto cosas inauditas que uno jamás pensaría haber presenciado, como una suplencia de Kroos en Europa, que impresiona bastante más que ver naves ardiendo más allá de Orión. O a Vallejo saliendo victorioso entre cuerpos de rivales caídos en combate. Hemos asistido a duelos memorables por la banda entre Kyle Walker y Vinicius, dos fuerzas de la naturaleza. Y a los choques de cornamenta entre Rüdiger y Haaland en el área, puro impacto entre colosos.
Puede que ahora mismo un nuevo enfrentamiento no sea lo más ilusionante. El propio Courtois lo dejó caer con cierta ironía en la zona mixta, sin disimular un leve hartazgo. Es humano. Pero dentro de unos años miraremos estos momentos con nostalgia, como hoy recordamos aquellos Real Madrid-Bayern de Múnich en TVE, con Kahn y otras némesis que parecían eternas.
Nos acordaremos de los nervios de la previa. Del primer aire de primavera. Incluso de la angustia por los plazos de los lesionados: ¿Llegará Mbappé? ¿Estará Bellingham? ¿Rodri ya juega al 100%?
Algunos crecimos en una época en la que al Madrid lo eliminaban el Odense o el Torino en la UEFA. En la que cruzarte con la Juventus en Champions se vivía casi como un honor. Y uno ya nunca olvida eso. Hay cosas que se quedan para siempre en el cerebro y que no se borran ni con tres Copas de Europa consecutivas.
Por eso vivo cada cruce de Champions con entusiasmo desbordante. Incluso el otro día ante el Benfica, con un Bernabéu a medio camino entre la apatía y el desencanto. Acostumbrarse a la excelencia y aburrirse con lo excepcional es el primer síntoma de toda incipiente decadencia. No pienso caer en ella.
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Como decía el gran Andy Bernard en The Office: ojalá hubiera una forma de saber que estás en los viejos buenos tiempos antes de haberlos dejado atrás. Tal vez dentro de unos años descubramos que estos duelos eran, en realidad, nuestra edad de oro.
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