Opinión

Arbeloa se pronuncia en la crisis

La protesta del Bernabéu sonó fuerte, pero no hubo saña. Fue una expresión de disgusto y un toque de atención.

Vinicius gesticula durante el partido ante el Levante.
FERNANDO VILLAR
Santiago Segurola
Actualizado a

Se anticipaba lo que sucedió en el Bernabéu: disgusto, protestas y reproches. Nadie se ha escapado al fastidio de los aficionados, descontentos con el equipo y la deriva que ha tomado el Madrid en los últimos meses. No sólo los resultados, aunque las derrotas funcionan como un contundente amplificador de las preocupaciones de la hinchada, en el Bernabéu y Tombuctú. Es una de las pocas realidades que no ha succionado el fútbol postmoderno.

Sonaron a protestas sinceras, no programadas artificialmente, ni alimentadas por agentes emboscados. Por motivos comprensibles, a la gente le preocupa el rumbo del equipo, que no encuentra la pedalada correcta desde hace dos temporadas. Tampoco ha gustado el proceso descalificatorio que se ha seguido con Xabi Alonso. Se notaron demasiado las intrigas de algunas estrellas y el silencio del presidente, trasladando al recién contratado entrenador a una situación insostenible. Hasta estéticamente resultaron feos los dos meses de agonía. Se percibió un punto innecesario de sadismo.

Otro aspecto que tiene mosca al Bernabéu es el diseño de la plantilla. Hace tiempo que el Madrid no garantiza el control que cabe esperar de la magnitud del equipo. Hace tiempo que el Madrid juega de manera inexpresiva, sin identidad en su fútbol, sujeto en el mejor de los casos a alguna llamarada individual –cuatro integrantes de la plantilla figuraron hace dos años entre los seis mejores del mundo en la votación del Balón de Oro–. Predomina la impresión de orquesta desafinada y sin batuta que la dirija en el campo.

Duele también que el Barça, un club con una economía en estado crítico, exiliado del Camp Nou durante más de dos años y provisto de un margen de maniobra mucho menor que el Madrid en el mercado de fichajes, se lleve los títulos y la fama de buen equipo, sostenido por una amplia mayoría de jugadores de la cantera. En el último año y medio, Barça y Real Madrid se han enfrentado seis veces, cinco victorias del equipo catalán y una del madrileño. En las tres finales en las que se han medido, el Barça se ha llevado todas, la última hace ocho días.

En este paisaje sombrío, el fracaso en Albacete ha sido un golpe imposible de digerir. Estaban dadas todas las condiciones para una protesta masiva, que incluyó por vez primera desde hace 20 años –Florentino Pérez dimitió en febrero de 2006 y regresó en 2009– las críticas del respetable al presidente.

En términos generales ocurrió lo que suele suceder en cualquier crisis, y el Madrid atraviesa por una. El propio club lo admite cuando destituye al entrenador que había fichado en mayo, con un contrato de tres años, nada menos. Hasta el momento, al Real Madrid hay que leerle en clave crítica y así lo entendieron los aficionados que acudieron el sábado al Bernabéu.

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La protesta sonó fuerte, pero no hubo saña. Fue una expresión natural de disgusto y un toque de atención al equipo y al presidente. Merecieron, sin embargo, la agria censura de Arbeloa después del partido. “Proceden de gente que no quiere al Madrid”, declaró y se quedó tan ancho, repartiendo estopa al amplio sector de aficionados entristecidos por la situación y peloteando al jefe sin ningún pudor. Se nota de dónde vienen esos humos y quién fue su maestro en el arte de la intolerancia.

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