Arbeloa retira el blindaje a la plantilla
Los jugadores quedan obligados a probar que Xabi Alonso era el verdadero culpable.


De cuantos efectos provoca un cambio de entrenador, quizá el más notable es que los futbolistas pierden el parapeto, más si como en este caso el descontento de la afición es notablemente mayor con la plantilla que con el destituido Xabi Alonso, cuya salida nunca reclamó el Bernabéu. Vale lo mismo para el presidente, aunque inicialmente en menor medida. Eliminado el presunto culpable principal, los jugadores quedan bajo la lupa si persiste el delito, especialmente los que menos afecto han mostrado al entrenador, con Vinicius, Bellingham y Valverde a la cabeza de la manifestación. Ahora ya no habrá dónde esconderse, más si el recién llegado es un técnico mimado desde que pisó el club.
Arbeloa es una elección de alto riesgo porque jamás salió de La Fábrica y jamás se vio en el campo abierto de un vestuario profesional, galáctico en el caso que nos ocupa, pero lo mismo podría decirse de Guardiola o de Zidane, dos apuestas que salieron bien aunque su peso en el macizo de la afición superaba con mucho al de Arbeloa. En esto los prejuicios no puntúan, pero sí el personal que se maneja. Y al nuevo técnico le entregan un grupo sin centrocampistas puros, con tres laterales izquierdos, con exceso de mediapuntas donde la posición de mediapunta no existe, con una inquietante concentración de lesionados en determinados puestos, con Mbappé, Vinicius y Rodrygo codiciando la misma plaza y con el mejor Barça en tiempo.
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En cualquier caso, el club ha elegido un buen momento para un aterrizaje suave. Una derrota ante el Barça es el mejor justificante para un despido de cara a la afición y al recién llegado se le saluda con un partido ante un Segunda y dos después en casa, ante Levante y Mónaco, de exigencia entre media y baja. Un buen margen antes de dos salidas con espinas, a Villarreal y a Lisboa ante el Benfica. En su presentación Arbeloa sorteó conflictos, cubrió convenientemente de elogios a la plantilla, en cuyas manos está su futuro, y hasta regateó el pasado, desde la conversación con su amigo Xabi hasta su estrecha relación con Mourinho. Explicó que fracasaría si pretende ser él. A la afición tampoco le gustaría. En aquella etapa el ruido superó a los títulos.
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