Un diésel con estrella

Decir que Mercedes Benz fabrica grandes coches resulta de perogrullo, pero quizá sea lo más certero para definir un producto como el Clase C con motor turbodiésel CDI. La calidad general del automóvil se aprecia en cada uno de sus detalles, lo que no sólo supone una garantía de disfrute en su utilización sino también, y no menos importante, de solidez y fiabilidad a lo largo del tiempo.
La nueva Clase C, por otra parte, se beneficia de una estética tremendamente atractiva, mucho más dinámica y juvenil que la anterior pero sin renunciar a un ápice de la elegancia y distinción que define a la marca de la estrella. Se trata de una berlina con empaque, con una imagen que anticipa todo lo que nos encontraremos en su interior.
Y así es. Su habitabilidad es correcta, que no extraordinaria, pero lo que se antoja inmejorable son los acabados típicamente alemanes. Es un coche que apunta a la excelencia, fabricado con esmero y con una dotación de confort y seguridad acorde con lo que se espera de un vehículo de sus características. No es que el lujo sea asiático, pero sí tiene todos los detalles previsibles.
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El gran argumento de esta versión en concreto es su propulsor. Un turbodiésel de última generación, disponible en varias cilindradas pero que encuentra en el 2,2 litros un acertado compromiso entre prestaciones, consumos y precio. Además, dispone de la interesante opción de un cambio automático de magnífico funcionamiento, que transmite el movimiento, como es habitual en la casa, a las ruedas posteriores.
Y si este es un Mercedes en toda regla, lo es también en el precio, superior al de sus competidores directos de segmento.
