Shadow of the Comet - Primer día

La solución a esta aventura de terror con perspectiva en tercera persona.

ILLSMOUTH, 1910 - PRIMER DIA

Mi nombre es Parker, y lo que voy a relatarles es posible que les parezca dantesco o irreal, mas sucedió en la realidad (virtual) de un 486DX 33Mhz. La acción se sitúa en un lugar llamado Illsmouth, un villorrio pesquero adonde me condujo mi interés por ciertos sucesos acaecidos en tal lugar, durante el último paso del cometa Halley cerca de nuestro planeta, y plasmados por un tal Boleskine en sus escritos y bocetos al carboncillo.

Llegué a Illsmouth por mar. Tras desembarcar en sus lúgubres muelles, sucios espectros de un pasado próspero, me acerqué a dos personas que conversaban en sus cercanías. Uno de ellos era mi anfitrión, el Dr. Cobble, que me presentó al alcalde de la población, el Sr. Arlington, los rasgos obesos y presuntuosos del cual no me gustaron lo más mínimo. Menos me agradó la desusada curiosidad que mostró por los motivos de mi viaje, tras acompañarnos en el carruaje que nos condujo hasta la bella casa del Dr. Naturalmente, el interrogatorio no le supuso ninguna ganancia.

Ya en mi cómoda habitación, hallé sobre la cómoda el diario de Boleskine, que me traje desde mi residencia. Repasé los párrafos más interesantes, incluyendo uno que mencionaba el aspecto del escenario en que tuvo lugar el "acontecimiento". Tomé nota mental de que fue guiado por un chaval de doce años, lo que me llevó a deducir que tal vez, aunque anciano y achacoso, pudiera estar aún vivo... sólo habían pasado 76 años. Sobre el escritorio hallé el telegrama que me había mencionado el Dr. Cobble.

Mi patrocinador, el Sr. Griffith, me comunicaba que sería necesario que yo me encargara del suministro de las placas fotográficas.

Los archivos municipales se hallaban adyacentes al Ayuntamiento. Entré en la antesala, y no pude menos que notar, en medio de muestras del arte americano, una de las frases del diario de Boleskine, curiosamente modificada, junto con una cita de Keats. Traspasé la puerta para entrar en la biblioteca, y encontrarme con T.Jugg, el bibliotecónomo. Naturalmente, me mostré cortés con él, y estuvimos hablando de literatura en general y Shakespeare en particular. Tras rogarle que me mostrara el archivo de nacimientos, consulté en la mesa las fechas para encontrar a los posibles guías de Boleskine, años atrás. Inmediatamente la lista quedó reducida a tres nombres: Curtis Hambleton, William Coldstone y Thomas Greenwood.

Tras hablar un poco más con el Sr. Jugg, simpatizamos por el mutuo interés por la literatura y los fenómenos paranormales y extraordinarios. Sin embargo, soló me dijo, en aquellos momentos, ambigüedades. Probablemente no confiaba aún en mí. Pero sí quiso ayudarme en mis investigaciones, facilitándome las direcciones de los integrantes de mi lista.

Salí de los archivos municipales y me dirigí a casa del más cercano, Coldstone. Mas aunque vi claramente entrar a alguien, y todavía más, a ese alguien observarme desde una de las ventanas, nadie acudió a mis repetidas llamadas. Sacudí los hombros y me dirigí a la vivienda de Greenwood.

En su bonita villa campestre encontré al tal Greenwood y a la refunfuñona, religiosa y solterona Miss Picott.

No pude sacar del desdichado Greenwood, sordo y ciego desde su alumbramiento. Decidí visitar a Curtis Hambleton, que habitaba en la pesquería, cerca del muelle.

Sin embargo, de camino a la pesquería, me hallé ante un sospechoso individuo, que embozaba su rostro tras un extraño traje con capucha. Decidí seguirle a una cierta distancia, pues su aspecto tétrico y su comportamiento clandestino despertaron mi curiosidad. Así entramos ambos, yo a unos pasos por detrás, en la tienda de Myers, probablemente la única tienda del lugar, puesto que tenía de todo, como en botica. Más tarde me di cuenta de que también había una botica, pero esa es otra historia, que narraré... más adelante.

A distancia, aún pude escuchar retazos de la conversación entre el tendero y el encapuchado. Mi corazón saltó, por primera vez durante mi aventura, al escuchar que el tendero le llamaba Hambleton. Me acerqué a él, y pude comprobar, para mi asombro, que los dedos de sus manos se hallaban soldados por una membrana. Intenté hablar con él, pero se mostró esquivo, así que decidí no abusar de la hospitalidad de los ciudadanos de Illsmouth. Pregunté al tendero si tenía placas fotográficas, y éste me las facilitó. Mas me mostré cauto en la conversación, no queriendo que el encapuchado, que se quedó en su segundo término, probablemente para intentar espiar mis palabras, pudiera adquirir conocimientos que me perjudicasen. Desgraciadamente Myers me entretuvo con su cháchara y no pude seguir al embozado.

Me encaminé a la pesquería. En su interior hallé grandes cantidades de detritus y a un pobre desgraciado acurrucado en su cama.

Era Curtis Hambleton. Hablé con él, tras comprobar que tenía, como el encapuchado, los dedos unidos por membranas. Tras hablar con él todo lo que pude, averigué que él fue el guía de Boleskine. Excitado, traté de que me acompañase, pero el terror le paralizaba: aunque le ofrecí dinero, que dadas sus obvias penurias financieras no podía rehusar, prefirió mantenerse al margen. Tal era el horror que el mero recuerdo de "la cosa" que vio al conducir a Boleskine allí, al pasar el cometa, le producía. Me costó sonsacarle que el lugar al que condujo a Boleskine estaba en un claro del bosque, marcado por una cruz. Averigué también que el encapuchado era su hermano Wilbur.

En medio de una confusión mental de dimensiones descomunales, salí de la pesquería. Encontré al salir una escalera de cuerda, y decidí llevármela puesto que todo el lugar parecía abandonado. Sin saber qué hacer, me decidí a pasar visita al solícito Jugg. No le hallé en la biblioteca, momento que aproveché para registrar los armarios del fondo, examinando un registro de los nombres de la villa, y una lente de aumento, que decidí incorporar a mi inventario. Me dirigí a visitar a Jugg en su casa, mas por el momento no parecía dispuesto a hablar. Eso sí, note la extraña disposición de los libros en las estanterías de su biblioteca. Al salir, me fijé en una escopeta colgada en la pared. Tras fijarme en ella, comprobé que pertenecía a Boleskine. Tenía una inscripción semiborrada, pero la lupa me la reveló.

Ya que nadie parecía querer ayudarme, y puesto que me hallaba sumergido en un mar de dudas, decidí adentrarme en los bosques que rodeaban la villa. Aunque concentrado en mis cavilaciones, no me perdí pues descubrí que se trataba de un entorno circular donde uno podía dar vueltas sin parar, gracias a tres ramas sueltas y a una liana, que me sirvieron de indicadores para trazarme un mapa de la zona.

Sin embargo, no logré encontrar el famoso claro del bosque aunque, eso sí, me llevé las antedichas ramas y la liana. Nunca se sabe para qué te pueden servir estas cosas, pero siempre es para algo.

Abandoné el bosque regresando al poblado por su lado S.E. Tenía ya algunas ideas sobre qué hacer con mis pertenencias por la frase de Keats. Desde luego, los aires del bosque me habían despejado la mente. Sin embargo, al dirigirme hacia mis habitaciones en la casa del Dr. me encontré en la plaza de Illsmouth con que una banda de gitanos era recriminada por un policía. Traté de defenderlos contra semejante abuso de la autoridad, mas fueron expulsados del pueblo al bosque. Una gitana, sin embargo, se mostró agradecida aunque de momento no se plasmara su gratitud en nada concreto. Más adelante, sin duda...

Regresé a mis habitaciones. Abrí la cómoda y encontré un poco de algodón y alcohol, así que use un poco del segundo para mojar al primero. De mi cofre saqué el mapa de Boleskine y sus bocetos. Coloqué sobre el escritorio los bocetos y apliqué sobre ellos el algodón. Parte de un mensaje escrito por Boleskine apareció. Juntándolo con su primera parte, que ya había encontrado en el fusil de Boleskine, me indicaban como interpretar el mapa. Así que lo miré para echar un vistazo: la superposición de las constelaciones de que hablaba Boleskine con el mapa de Illsmouth, junto con las instrucciones, me indicaron con toda claridad la posición escondida del claro del bosque que andaba buscando, en una de las constelaciones correspondientes al cuadrante N.E., donde las estrellas formaban una cruz.

Me dirigí al archivo por si Jugg había descubierto alguna cosa. Comparamos impresiones y conocimientos, mas nada nuevo me fue revelado.

Me recomendó ir a la taberna a buscar alguien que me guiase por el bosque.

Me acerqué a la taberna para remojar el gaznate del polvo del camino. Allí me encontré con el Dr. Cobble, miembro de la liga antialcohólica (no me hizo desistir de mis intenciones... aún mis ánimos no habían sido... contraidos) que me aconsejó encontrar a Nathan Tyler, parroquiano habitual del antro de vicio y corrupción que de todos modos iba a visitar, puesto que podía ayudarme a explorar el bosque.

Ya dentro de la taberna, me dirigí al tabernero, para pedir cerveza, y a uno de los parroquianos, Bishop. Tras un rato de cháchara apareció Tyler. Entablamos conversación e incluso llegamos a hablar de honorarios... mas las advertencias del buen Dr. y de Bishop, con el extraño comportamiento de Tyler, me hicieron desistir de emplearle como guía.

Las deliberaciones con Tyler fueron interrumpidas en este punto por un tumulto en el exterior. Dos miembros de la familia Hambleton estaban propinando una paliza a un muchacho llamado Webster. Nunca me ha gustado que los fuertes se aprovechen de los débiles, así que decidí entrometerme en la pelea, al ver que los lugareños no actuaban, algunos conformes como Tyler, los otros... extrañamente temerosos. Afortunadamente, próximo a la puerta hallé un bate que me sirvió para calmar los ánimos de los agresores.

Llevé al maltrecho Webster a la farmacia para que le curaran sus contusiones. Afortunadamente nada grave le había ocurrido gracias a mi pronta acción.

Mientras Webster era curado aproveché para flirtear un poco con la aparentemente cándida dependienta, hija del farmacéutico, aunque unas fotos en el fondo indicasen todo lo contrario. El boticario accedió, además, a prestarme su laboratorio para revelar las fotos.

Por si fuera poco, Webster, agradecido, me prometió, tras salir de la botica, su ayuda para adentrarme en el bosque. Así que regresé nuevamente a mi habitación, para buscar el material necesario para hacer unas pruebas fotográficas para el gran día del paso del cometa Halley, tal como Myers el tendero me sugirió, muy acertadamente. Porque ya estaban creciendo las sombras hasta el punto de que la oscuridad del anochecer cubrió con su manto a la pequeña ciudad... y a los corazones de sus habitantes, a algunos en particular...