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GREEN BAY PACKERS

La defensa ha dejado de ser el problema de los Packers

Ante nuestros ojos, y casi sin darnos cuenta, hemos visto mutar a este equipo hasta el increíble punto de que es su ataque lo más preocupante.

La defensa ha dejado de ser el problema de los Packers
JAMIE SQUIRE AFP

Aaron Rodgers lleva catorce partidos con un quarterback rating por debajo de los 100 puntos. Primera vez en su carrera. Aaron Rodgers tiene menos puntos Fantasy que Blaine Gabbert en los últimos ocho partidos. Ninguno de los datos alcanza el nivel, si quiera, de estadística y no debe servir para nada más que poner sobre la mesa un asunto que, confieso, me ha pasado desapercibido hasta ahora: el ataque de los Green Bay Packers no es lo que era y, más sorprendente aún, la defensa se ha convertido en el sostén del equipo.

Todo este artículo parte de una premisa que no sé si es universal, pero que a mí me parece una verdad tamaño piano. Desde que Aaron Rodgers es el QB titular de este equipo, los Packers han sido un arma de destrucción masiva en ataque que se ha visto lastrada por una defensa que no ha estado al mismo nivel. Incluso en el año del triunfo en la Super Bowl la defensa no dejó de ser una unidad a la que se le podían hacer yardas pero que, en aquella temporada en concreto, lucía un oportunismo en la recuperación de la posesión que resultó providencial de cara a conseguir el anillo.

Esa clase de verdades se te enganchan al cerebro y no te sueltan. Son prejuicios, fundados, que hacen que te rebeles ante los cambios, por más evidentes que resulten. Y ya desde el año pasado ha ido produciéndose un progresivo cambio en los Packers que les ha llevado a ser más fiables en ataque que en defensa.

Ya el año pasado consiguieron meterse, estadísticamente, en la élite de las defensas aéreas. Fueron la sexta mejor en número de yardas concedidas por pase. Y rondaron el top ten en cuanto a puntos concedidos. Esos números hay que cogerlos con pinzas porque, es obvio, si te corren bien, y a los Packers les corrieron bien, tu defensa aérea va a ser mejor. Pero lo cierto es que, en modo alguno, la defensa fue un lastre.

En los dos partidos de esta temporada la sensación es la misma. Contra Jacksonville la unidad no estuvo especialmente bien, desde luego, y en el duelo contra los Vikings Sam Bradford les destrozó en su conexión con Stefon Diggs. Pero, en ambos casos, se vio el poso de una defensa sobria, seria, que puede llegar a ser algo muy serio. Y, en ninguno de los casos, el problema del partido fue la defensa.

Mike Daniels, Damarious Randall o Ha Ha Clinton-Dix son jugadores de un nivel muy alto. De Clay Matthews no hace falta decir mucho más, incluso ahora más cómodo en el exterior porque el rookie Blake Martínez ocupa el interior del cuerpo de linebackers con buena planta, al menos en el inicio de su carrera profesional. Aquí hay talento y aquí hay anclas para jugar bien al football.

Y, a la vez que esto sucedía ante nuestros ojos y sin darnos excesiva cuenta, o al menos yo, y vuelvo al singular, resulta que en el otro lado del balón los problemas comenzaban a multiplicarse.

El cuerpo de receptores, primero con la lesión de Jordy Nelson y ahora con sus mediocres actuaciones, no ayuda a un Aaron Rodgers que es preso de un sistema de juego híbrido entre sus deseos y los de su entrenador, Mike McCarthy, que ha convertido al grupo en un ni chicha ni limoná, que no corre ni es capaz de sostener drives si no es por la genialidad de Rodgers. Que aparece, sí, pero no es lo constante que debería para sostener todo el ataque. Algo que es la pura definición de genialidad, por otra parte.

Ha sido gradual, pero ha llegado el momento en el que los papeles se han invertido en Green Bay. No del todo, pues lo que consigan será gracias a un ataque que tiene la obligación de seguir liderando al equipo, pero con la sensación clara de que la defensa ya no es la excusa de las derrotas sino que, en más de una ocasión, es la roca firme de un equipo que está lejos de sus mejores momentos. Si regresa a ellos será por el ataque, no tengo duda, pero es esa unidad a la que se espera y no a los hombres encargados de parar a los rivales, porque esos ya están más arriba de lo que se suponía de ellos hace un par de años.