El podio del cambio
Landis y Pereiro recibieron en París el premio a su valor

Me desconciertan los deportistas que son inmediatamente afables con quienes han sido sus verdugos. Aquellos que acaban de perder (y que pudieron ganar, esa es la clave) y no sólo ofrecen la mano, sino también el abrazo sincero, la sonrisa, incluso el cachete cómplice. Nunca entendí, por ejemplo, que Corretja, nada más perder Roland Garros en 1998, saltara la red para abrazar a su amigo Moyá, que todavía rodaba por el suelo. Y la misma incomprensión me causó el achuchón de Pereiro a Landis segundos después de que le arrebatara el Tour. Carezco de esa generosidad, sentido del fair play, elegancia o lo que sea. Por supuesto, no niego la amistad entre rivales ni la felicitación al campeón, pero también creo en la rebelión interior contra la derrota, en el enfado que ni agrede ni protesta, en el breve luto por uno mismo. Durante los diez minutos siguientes, no le encuentro ninguna moraleja a la derrota, ninguna gracia. Admito que, en ocasiones, el proceso de asimilación, dura algo más.
Semejante tara emocional me impidió disfrutar, plenamente, del fabuloso podio de Óscar Pereiro y del magnífico triunfo de Floyd Landis. A pesar del maravilloso Tour que hemos vivido, capaz de emocionarme como no recordaba, ayer no conseguí darme por satisfecho ni pude liberarme de la sensación de ocasión perdida. Hace sólo cuatro días parecía imposible que un español no ganara el Tour. Finalmente, se nos ha escapado por 59 segundos. Necesitaré un tiempo para dar el resultado por bueno, pero no queda otro remedio. La lógica más elemental nos indica que no debemos sufrir más que los propios interesados (nos sucede demasiadas veces) y, mientras a Pereiro se le nota radiante por la segunda plaza, sin nada que lamentar, Sastre insiste en que está muy contento con el Tour realizado, sin nada que reprocharse. Brindemos, pues.
Respeto.
Por otro lado, el triunfo de Landis no hiere más que a nuestros ambiciosos corazones, y el dolor ya se pasa. Ojalá a cada campeón se le exigiera una gesta como la que él consiguió. Una hazaña que nació del orgullo, de su rebelión ante la derrota, de su inconformismo. Es cierto que se vio favorecido por las miserias ajenas, pero la categoría de los enemigos no se conoce hasta que no se les pone a prueba. Ese fue su valor: atreverse, intentarlo, desafiar la lógica de los cobardes. Espero que esto sirva para que algunos directores tomen nota, aunque no tengo demasiadas esperanzas.
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También se puede aprender mucho de Pereiro. Desde Perico, ningún ciclista ejercía sobre los aficionados tal poder de seducción. Es reconfortante encontrar a un gran deportista que transmita alegría y valor. Su sonrisa irá siempre ligada al recuerdo de su Tour extraordinario. Tampoco él se rindió tras un desfallecimiento y también él se benefició de la torpeza de algunos. Como Landis, tampoco contó con un equipo dominador. Sólo hubo 59 segundos entre una proeza y otra.
Otro español subió al podio, David de la Fuente, premio a la combatividad. Por edad (25 años), entrega y simpatía también nos ha tocado la fibra sensible. Tanto él como Pereiro, dos espíritus libres, son buenos representantes de lo que debería ser la regeneración de este deporte. Ayer venció al sprint Hushovd, el mismo que ganó el prólogo. Entre esas dos victorias cambió el mundo del ciclismo. Eso espero.