Mancebo existe
Atacó a los líderes, pero sin premio. Ganó Pascual Rodríguez

Una pancarta reclamaba ayer desde una cuneta más atención para el campeón invisible. Protestaba con el grito silencioso de ¡Mancebo existe!, una fórmula de reivindicar que quizá patentó Teruel, últimamente Soria, o alguien que se cansó de ser políticamente correcto, que es la mejor forma de no ser políticamente, de no ser, de que nadie mire. Es imposible no sentirse aludidos, pues la figura de Mancebo se nos traspapela entre la gloria de los primeros y las anécdotas de los últimos, apenas un renglón para contar que es el palestino de cabeza torcida que tira piedras a los tanques, tan presente que se nos confunde con los pinos.
Mancebo fue el verdadero animador de la etapa de ayer, que llegaba a su casa, Ávila. Volvió a ser una lucha desigual, contra gigantes, normalmente predestinada al fracaso, pero es reconfortante descubrir que su equipo (y director) se contagia de su ánimo y le secunda en sus benditas locuras, doble ataque en Serranillos, donde lo hizo Hinault, a más de 60 kilómetros de meta, y el grupo de favoritos que enlaza después de un sofoco enorme, a fila de a uno y muchos sin fila.
Por delante, como si prepararan el desembarco de Normandía, el equipo de Mancebo había incluido en la fuga buena a Chente y Horrach, lo que se conoce por hombres-puente, tipos cuya misión sería conducir a su líder hasta el objetivo final. Impecable. Sin embargo, la valentía no es suficiente. Es de agradecer, porque lo contrario es la rendición, pero no basta para encontrar el premio que se pretende.
Mancebo tiene la ambición de un gran campeón, pero su fortaleza le suele dejar a cinco centímetros de la gloria, que son cinco segundos o cinco minutos. El tiempo justo para llegar cuando el telón de la fama se empieza a cerrar. Y eso, que es cierto, no le inhabilita para ser protagonista, héroe y favorito del público. Eso se gana con actuaciones como la de ayer, irreductible. Así se escribe otra leyenda, la del indomable, que vale tanto como la del simpático o el figura.
A pesar de que la victoria de etapa se la iban a jugar entre Pascual Rodríguez (CV-Kelme) e Iván Parra (Café Baqué), Mancebo volvió a atacar en Navalmoral, a 30 kilómetros de la meta. Por allí andaba su pancarta, tal vez la vio. Fue un demarraje tan brutal que le dejó momentáneamente solo. Llegará el día en que mire para atrás y no venga nadie, pero ayer vinieron. Los tres primeros de la general le superaron y Mancebo fue perdiendo posiciones.
Santi Pérez puso entonces una marcha asesina, pero no asesinó a nadie. Da la impresión de que haría más daño con ataques secos, pues de otro modo más que amenazar, guía. Se comprobó en cualquier caso que está muy fuerte y que la Vuelta sigue viva. Valverde recordará durante estos días cada uno de los segundos que perdió en La Covatilla.
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Ganador. Pero mal haríamos si por enfocar a Mancebo descuidáramos a Pascual Rodríguez e Iván Parra, que también existen. Ambos fueron peleándose mientras estuvieron en compañía, como esos vaqueros de las películas que se enzarzan y se recorren el rancho a puñetazos. El colombiano, cedido para la Vuelta por el CV-Kelme, fue el más agresivo y probó subiendo, como es lógico, e incluso llaneando, lo que no es tan normal, pues su fisonomía es más de mosquito anopheles que de tiburón tigre. Javier Pascual Rodríguez, que es un ciclista que parece eterno y omnipresente porque en realidad son dos, él y su compañero Javier Pascual Llorente, se sintió ganador desde el primer momento y acabó sumando la cuarta victoria de su equipo en la carrera, con un sprint que más que sprint fue un armisticio.
Como esta es la Vuelta que no cesa, hoy se prevé nuevamente batalla entre Ávila y Collado Villalba. Se subirá el Alto de Abantos a falta de unos 60 kilómetros y no sería extraño que Mancebo volviera a intentarlo. Debería. Nadie más se atreverá a hacerlo. Mi padre asegura que tuerce la cabeza como lo hacía Merckx. Y hacía muchos años que no pronunciaba ese apellido.