Carlos Álvarez pide más
El mediapunta de Sanlúcar la Mayor revolucionó el partido ante el Espanyol: provocó la expulsión de Pol Lozano, filtró balones y estrelló el balón en el travesaño en la última acción.


Su sola presencia revolucionó el partido. Carlos Álvarez, suplente en los últimos tres partidos desde que se recuperó de su lesión en el aductor largo de la pierna derecha, pide a gritos más oportunidades con argumentos.
Le bastaron poco más de 20 minutos, incluido el tiempo de añadido, para dejar huella en el RCDE Stadium en un partido clave. Provocó la expulsión de Pol Lozano en apenas cuatro minutos. Filtró el balón a Olasa que acabó en una acción importante de Etta Eyong y de sus botas nació la ocasión que el camerunés erró solo ante Dmitrovic en una de esas acciones que pueden marcar una permanencia. Y, en la última acción del partido, rozó el gol con un disparo al travesaño que pudo cambiarlo todo.
En Orriols se abre un debate interesante. Con Luís Castro, Álvarez ha abandonado la banda para jugar en el doble 8 que propone el técnico portugués en el centro del campo. Con el cambio en el banquillo no se ha vuelto a ver al talentoso jugador a pierna cambiada, posición desde la que deslumbró la temporada pasada en Segunda División. Castro lo ve por dentro, como uno de sus dos interiores, más cerca del área de influencia, en constante contacto con el balón.
Antes de su lesión, su peso era indiscutible. Lo había jugador prácticamente todo. Titular en nueve de los primeros once partidos de Luís Castro al frente del equipo, siempre desde la medular. Sin él, Iván Romero e Iker Losada, principalmente, asumieron ese rol.
Ahora, el contexto ha cambiado. La lesión de Kareem Tunde abre una nueva puerta, pero el centro del campo tiene dueños. Pablo Martínez y Olasagasti, este último en su mejor momento de la temporada, se han afianzado en franja ancha por delante de Raghouber, aportando equilibrio y físico. En ese escenario, Álvarez ha quedado como un recurso para agitar partidos desde el banquillo.
En un principio, su suplencia podía entenderse por una cuestión de ritmo. Parado por el inoportuno percance físico que sufrió frente al Alavés a finales de febrero, el sevillano había asumido el traje de revulsivo, dejando siempre destellos pero sin acabar de derribar la puerta con sus actuaciones.
Frente al Espanyol fue un grito al cielo. Una demostración de “aquí estoy yo”. Un golpe sobre la mesa. Por momentos, su disparo al larguero recordó momentos célebres ya por siempre en la retina de la afición granota: el icónico gol frente al Burgos que valió un ascenso. Un disparo duro, a romperla desde la frontal, para alimentar sueños y agitar conciencias.
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Carlos Álvarez pide clamorosamente más oportunidades, más minutos para lucir su fútbol. En un tramo decisivo, de máxima igualdad, su talento aparece como un faro de luz cuando el juego se atasca, en una agitada lucha por la permanencia. Quizá la banda derecha, huérfana desde la baja de Tunde, también zurdo, de dibujar la diagonal hacia dentro, sea su senda para regresar al once. Es un camino que ya ha recorrido con éxito.
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