Cuando el fútbol se acaba antes de tiempo: “No es el fin del mundo”
Lesiones, silencio y la decisión más difícil: dejar de jugar siendo joven.

Eric Montes tenía 27 años y una frase preparada para decir adiós sin maquillaje. “Va a sonar un poco duro, pero me da igual: quiero dejar el fútbol de manera profesional“. Así anunció su retirada un jugador que, por edad, aún debería estar escribiendo los mejores capítulos de su carrera. Canterano del Barça, con pasado en Nàstic, Albacete o Cultural Leonesa y su último paso por el Algeciras, Montes decidió parar cuando entendió que algo ya no funcionaba. “No lo dejé antes por esas típicas preguntas de ‘¿qué va a ser de mí?’. Cuando me rompí la rodilla, mi cabeza hizo clic”.
Ese clic no fue solo físico. Fue mental. Y definitivo. En su carta de despedida, lejos del foco, Eric dejó claro que no se marchaba derrotado, sino buscando algo que había perdido por el camino: energía. “Desde hoy, lo único que quiero para mí y mi vida es sentir ilusión, ser feliz y tener energía al despertarme”. Se va a Manresa, a empezar de cero, ligado a un proyecto familiar. “Hasta aquí”.

Montes pone nombre a un fenómeno silencioso, las retiradas tempranas. Las que llegan cuando el cuerpo dice basta, cuando la cabeza se vacía o cuando ambas cosas se rompen a la vez. Las que obligan a despedirse cuando aún se debería estar construyendo el mejor tramo de una carrera.
El golpe invisible: dejar el fútbol y perderse a uno mismo
La psicóloga deportiva Marta Soler González jefa de la Unidad de Psicología Deportiva de la Clínica CEMTRO, lo explica con claridad. Retirarse ya es complicado para cualquier deportista de élite, pero cuando la decisión viene forzada por una lesión o un accidente, el impacto se multiplica. “No parte de una decisión propia, sino de una circunstancia ajena a la voluntad del jugador”, explica. Es una transición impuesta.
En ese proceso no solo se pierde un trabajo. “Se sufre una pérdida a nivel laboral, pero también a nivel personal, estatus, relaciones, identidad”. Por eso muchos futbolistas describen el final como un dolor que va más allá del cuerpo. “Algunos basan su valía personal en su rendimiento deportivo. Cuando eso desaparece, puede aparecer una crisis de identidad”.
La pregunta es tan simple como devastadora: ¿quién soy si ya no soy futbolista?
“Entrenaba, paraba, volvía”: el bucle que rompe por dentro
Si el fútbol tuviera una sala de espera, estaría llena de jugadores atrapados en un mismo ciclo: entreno–recaída–paro. El exdefensa César Jiménez conoce bien ese laberinto. Una durísima entrada de Luís Figo en enero de 2005 marcó el inicio de un calvario que terminó con su retirada dos años después, con 29. Una acción que, con el paso del tiempo, su mente ha borrado casi por completo.
“Mi mente no lo recuerda. No sé si estará por ahí dentro, pero no lo recuerdo”, explica. Ni siquiera al ver las imágenes. “Lo he dicho siempre: no lo recuerdo”. Lo único que permanece nítido es lo que vino después. “Me sacan, me pongo de pie para intentar volver… y veo que estoy quieto, parado, que no mantengo el equilibrio. Ahí es cuando te das cuenta de que algo pasa”.

Ese instante, más que el dolor, fue el primer aviso real. “No recuerdo el dolor en sí. Lo único que recuerdo es ponerme de pie y no poder mantenerme”. A partir de ahí comenzó un camino largo y repetitivo. “Esos dos años fueron entrenaba, paraba, volvía…”, resume. Cuatro operaciones después —dos ligamentos cruzados y dos artroscopias—, el desgaste ya no era solo físico. “Sin duda, lo peor es lo psicológico”, reconoce. No tanto por el dolor, sino por la duración del proceso, las recaídas constantes y la sensación de ver cómo los compañeros siguen avanzando mientras tú te quedas atrás.
En ese trayecto, el apoyo cotidiano se vuelve clave. Jiménez señala a una figura muchas veces invisible: el fisioterapeuta. “Era la persona que más horas pasaba conmigo. Te animaba cuando te veía más bajo”. Porque en las lesiones largas, la soledad no siempre significa estar solo, sino vivir a un ritmo distinto al del vestuario.
Marta Soler encaja este proceso dentro de las fases del duelo: negación, enfado, tristeza y aceptación. Y señala una emoción recurrente en estos casos: la culpa. Ese “¿y si…?” que aparece incluso cuando la lesión es puro infortunio.
Con la distancia, Jiménez ha desarrollado una mirada empática. No evita el vídeo de su lesión. “Lo sigo viendo con los años y no tengo problema”, admite. De hecho, hoy le impresionan más otras acciones ajenas que la suya propia. “Me da más miedo ver una entrada grave a otro jugador. Ahí sí que a veces retiro la mirada. La mía no”.
Cuando presencia una lesión grave en directo, la reacción es inmediata: “Lo primero que digo es: pobre, pobrecillo”. Porque sabe perfectamente lo que viene después, la incertidumbre, la espera, el silencio.
Pese a todo, Jiménez no siente que el fútbol fuera injusto con él. Todo lo contrario. “Para nada. Yo tuve muchos compañeros en el Madrid que no pudieron llegar por lesiones o por circunstancias”. Su balance es de agradecimiento. “Yo siempre intento quedarme con lo positivo: haber llegado a Primera, haber cumplido mi sueño. Yo quería ser futbolista y lo he conseguido”.
Nunca se recrea en lo que pudo haber sido. “Eso de ‘si no te hubieras lesionado…’ no entro a valorarlo. Son cosas que no han pasado”. Su filosofía es clara: “La vida muchas veces no es lo que uno quiere, pero lo importante es haberlo disfrutado el tiempo que haya sido”.
Y cuando piensa en los futbolistas jóvenes que hoy atraviesan una situación similar, su mensaje es directo, cada caso es distinto, pero lo esencial es poder mirarse atrás con tranquilidad. “Decir: por mí no ha sido, lo he intentado todo. Hemos hecho todo lo posible. Y hasta donde llegues, eso es”.
No siempre gana el que más resiste. A veces gana el que sabe aceptar cuándo ya no se puede seguir.
César Láinez: competir roto, vivir agotado
No todas las retiradas llegan de golpe. Algunas se cuecen a fuego lento. César Láinez convivió con las lesiones desde muy joven y su adiós al fútbol fue un proceso largo, casi anunciado. “Era un proceso degenerativo. No sabía cuándo, pero tenía una fecha de caducidad”, explica. Aun así, el momento de asumirlo no fue sencillo. “Ese paso de decir ‘ya no me visto más de corto’ es psicológicamente difícil de afrontar”.
Las señales empezaron pronto. “La primera lesión importante la tengo con 16 años, justo antes de irme con la selección. Me rompo la rodilla en el colegio, haciendo lo que no debía”. A partir de ahí, el cuerpo comenzó a enviar avisos constantes. “Empiezas a notar sensaciones que ya no son las habituales”. Y el fútbol profesional no espera. “Llegas joven al primer equipo, casi a Primera División, no te da tiempo a recuperarte y vuelves a lesionarte”.
Durante años, Láinez convivió con molestias, operaciones y decisiones médicas que hoy se miran con otra perspectiva. “Antes se aceleraban mucho los procesos. Si estabas quince días, mejor que un mes; te quitaban el menisco. A la larga se ha visto que es peor”. Ese desgaste acumulado terminó pasándole factura. “El último año lo paso prácticamente en blanco de médicos y ahí es cuando tomo conciencia de que el fútbol se iba alejando”.

Aun así, siguió compitiendo en condiciones límite. Llegó a jugar sin ligamento cruzado, “Sin el cruzado tenía un buen nivel competitivo, pero eso conllevaba una degeneración articular muy rápida”. Lo explica con una comparación demoledora: “Lo que a un jugador normal le puede durar diez años, a mí me duraba uno y medio”.
Su rutina era extrema. “Antes de entrenar iba una hora y media con el fisio, entrenaba, volvía con el fisio y por la tarde otra vez. Dobles sesiones. Era casi vivir para el fútbol y estar pendiente todo el día de que el cuerpo aguantara”. Mientras duró, funcionó. “Pude jugar Copas del Rey, Europa League, LaLiga… y apenas me perdía entrenamientos”.
Pero el peaje no tardó en aparecer. “Empieza por lo físico, pero acaba por lo mental”. El dolor se iba al acabar la sesión; el peso psicológico, no. “Te ves diferente al resto de compañeros, te falta ese punto para competir al mismo nivel y eso es un lastre”.
La psicóloga deportiva contextualiza este tipo de casos: ocultar el dolor y competir lesionado es más habitual de lo que parece. “El deportista se percibe como fuerte e invencible. Mostrar vulnerabilidad puede vivirse como un fracaso”. Pero convivir con ese secreto tiene un coste elevado. “Es agotador, un sufrimiento físico y mental”.
En el caso de Láinez, la balanza terminó inclinándose fuera del campo. “Me iba a nacer mi hijo y la sensación de vivir 24 horas para la rodilla, de no poder agacharte o hacer una vida normal, pesaba mucho”. Ahí llegó la decisión definitiva. “Lo familiar estaba por encima de lo físico”.
Tras colgar las botas, necesitó distancia. “Tenía claro que necesitaba un año en blanco, alejado del fútbol”. Venía de una vida sin pausas. “Desde los diez años hasta los 28 no había tenido tiempo para mí. Siempre había competición, nunca vacaciones”. El parón le permitió resetear. Más tarde volvió al fútbol desde otro rol, televisión, banquillos, formación. “Volví a coger el gusto al vestuario, al día a día, pero desde otro lado”.
Hoy, con la perspectiva del tiempo, no habla desde el rencor. “No siento que el fútbol fuera injusto conmigo. Al contrario, me sentí un privilegiado”. Se retiró con 28 años, con dos Copas del Rey ganadas y una carrera que, aunque corta, fue intensa. “Muchísima gente se pondría en mi lugar”.
Su experiencia también le marcó como entrenador. “Cuando has pasado por una lesión así, tienes más empatía con el jugador. Estar pendiente, visitarlo, hacerle sentir que cuentas con él, ayuda mucho”.
Cucalón, reinventarse con 19 años
En el otro extremo aparece Marc Cucalón, cuya retirada llegó cuando apenas había empezado el camino. Colgó las botas con solo 19 años, tras un calvario de 796 días marcado por una lesión de cruzado y una infección “rara” que le apartó definitivamente del césped. Una experiencia que le llevó a una reflexión tan dura como liberadora: “No puedo estar toda la vida pensando… ¿por qué a mí?”. Y a un mensaje que repite como mantra: “Al final del túnel hay luz”.
Formado en La Fábrica y capitán de una generación en la que le comparaban con Xabi Alonso, Cucalón entendió pronto que su futuro ya no estaría dentro del campo. “Mi retirada obligada del Madrid fue el interruptor de este sueño”, explica. Ese interruptor activó Alpha Sport 360, un proyecto ligado a la formación y al fútbol base con el que busca “transformar una experiencia dolorosa en algo que ayude a otros”.

“No fue fácil”, reconoce. “Había mucho que ordenar después de colgar las botas”. Pero planear el después también fue una vía de escape. “Me sirvió para evadirme de la presión negativa. Para mantener el foco en lo importante, en reinventarse y encontrar tu sitio siendo feliz”.
Su historia encaja con lo que subraya Marta, la psicología deportiva: quienes consiguen construir una identidad más allá del jugador suelen atravesar mejor el final. En el caso de Cucalón, el fútbol no se acabó con la retirada. Simplemente cambió de lugar.
Eric Montes y la decisión de parar a tiempo
Por eso la retirada de Eric Montes ha impactado tanto. Porque no se escondió tras el tópico. Dijo en voz alta algo que muchos futbolistas piensan en silencio, a veces seguir no compensa, cuando el fútbol deja de ser disfrute, se convierte en una carga.
Su decisión conecta con una de las claves que subraya Marta Soler: la retirada forzada o anticipada no solo implica dejar un trabajo, sino enfrentarse a una pérdida de identidad. “Se sufre tanto a nivel laboral como personal. Ingresos, modo de vida, estatus, relaciones… todo cambia”, explica. Y cuando la transición no nace de una decisión propia, el impacto emocional se multiplica.
Aceptar el final no es rendirse. Es empezar de nuevo. “No volver a rendir como antes no es un punto de inflexión repentino”, señala Soler. “El deportista pasa por fases de negación, duda, miedo y aceptación. Cada uno lo vive a su manera”. Por eso insiste en un mensaje clave: no están solos.
Montes lo expresó sin jerga clínica y con una honestidad que duele. En su carta habló de ilusión, de energía, de volver a despertarse con ganas. Justo lo que, según la psicología deportiva, marca la diferencia cuando se cierra una etapa de forma sana y es entender que hay vida más allá del fútbol y que todo lo aprendido sirve para otras áreas de la vida.
“Que no es el fin del mundo”, resume Soler. “Que apoyarse en la gente que te quiere y en profesionales permite volver a vivir con alegría, incluso después de un golpe tan grande”.
Y quizá ahí esté el verdadero fondo de estas retiradas tempranas, no es solo dejar de jugar; es volver a vivir sin la sensación de estar sobreviviendo.
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Porque el fútbol, a veces, se termina antes de tiempo. Pero la persona que hay dentro del futbolista no debería acabarse con él.
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