Barcelona

Lamine, la misión continúa

Después de una fase liga difícil, con noches duras como las del PSG y el Chelsea, dos ausencias y cuatro amarillas, la acabó como MVP y dando grandes esperanzas al Barça.

Lamine celebra con la afición el 2-1.
LLUIS GENE
Juan Jiménez
Redactor jefe de AS. Fue colaborador en AS (2000-04) y, después de pasar por Málaga Hoy, regresó como jefe de Sección en Málaga. Delegado de Andalucía entre 2009 y 2012, colaboró en la integración digital-papel de AS en Madrid. Cubre la información del Barça y la Selección de baloncesto. Tres Juegos Olímpicos. Colaborador de SER, Canal Sur y Gol.
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Lamine Yamal terminó la fase liga de la Champions abrazado al trofeo de MVP del partido contra el Copenhague. La foto simboliza que sigue en una misión. “Cumpliré mi promesa y la traeré a Barcelona”, dijo la temporada pasada cuando el Barça fue eliminado de manera dramática en Milán, especialmente para el ‘10’, que había jugado una eliminatoria celestial contra el Inter y, ya con 2-3 y la entrada sacada para la final de Múnich, estrelló un balón al palo que debió rondar por su cabeza unas cuantas semanas.

No ha sido una fase liga sencilla para Lamine. La comenzó fuera, sin poder viajar a Newcastle por la pubalgia que vertebró el inicio de temporada, polémica con la Selección incluida. Luego, y lejos de estar a su cien por cien, fue superado por Nuno Mendes (el portugués ya había podido con él en la final de la Nations League) y Cucurella. Dos golpes duros que incluyeron derrotas. Entre medias, sí había dejado un par de caramelos en Brujas, donde evitó la derrota del equipo con un golazo y el centro que, tocado por un defensa belga, se convirtió en el 3-3.

Que se toma la Champions con otra mirada es fácilmente comprobable desde el punto de vista disciplinario. Lamine, cero tarjetas amarillas en LaLiga con más de una vuelta disputada, ha recibido cuatro en esta fase liga. Ver la tercera le supuso no poder jugar en Praga. Este miércoles volvió a ver otra contra el Copenhague y deberá andar con atención. Está advertido. La siguiente amarilla que vea le costará perderse un partido que ya sí será decisivo.

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Las apariencias engañan. Aunque cualquiera diría que su fase liga la temporada pasada fue deslumbrante, las estadísticas han sido similares. Dos goles y tres asistencias en el curso 24-25; y 3+3 esta temporada. La explosión de Lamine el año pasado se produjo a partir de los octavos. Tuvo una influencia devastadora en las eliminatorias contra Benfica, Dortmund e Inter. Fue el salto definitivo que le instaló, para la crítica, en el podio de mejores jugadores del mundo. Esa es la esperanza de Flick: que, en este tramo de la temporada, y olvidada la pubalgia, Lamine vuelva a emerger. No quedó duda contra el Copenhague de que el ‘10’ quiere ejercer ese liderazgo. Se echó al equipo a la espalda. Dio la asistencia del 1-1, marcó el 2-1 y empezó a fabricar el tercero con el pase a Lewandowski en la acción que terminó en penalti. Sus cifras regateadoras han mejorado y su mejora física le está permitiendo gestionar muy bien la defensa de ayudas que plantean los rivales. Como si de un ejercicio de nostalgia se tratase, una parte de la crítica está empeñada en acelerar un viaje al centro que, a sus 18 años, resultaría un error. No sólo para el jugador, también para el equipo. Lamine genera desequilibrio en la banda, un valor que ya tienen pocos jugadores en el mundo. Y los sistemas de ayudas, además, liberan a otros jugadores y generan espacios en otras zonas del campo que parten de ahí. Ese es un tesoro del que Flick no va a prescindir en un buen tiempo.

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