La Real desata la locura en Donostia
Unos 100.000 aficionados de la Real vivieron la fiesta de la Copa en el corazón de la ciudad. Emoción y mucho orgullo fundidos con los colores txuri-urdin.


La locura se adueñó de las calles de San Sebastián en una tarde-noche que nadie va a olvidar. Unas 100.000 personas abarrotaron los jardines de Alderdi Eder, justo delante del Ayuntamiento, para celebrar por todo lo alto esa cuarta Copa del Rey que la Real Sociedad ganó el pasado sábado. Tras el éxito cosechado en Sevilla ante el Atlético de Madrid, el sentimiento txuri-urdin explotó en un delirio colectivo donde no cabía un alfiler entre la arena de la playa y las vallas de la Casa Consistorial. El ambiente era de los que ponen los pelos de punta, con miles de bufandas al viento esperando ver de cerca a sus héroes, y volviendo a vibrar con el último lanzamiento de penalti de Pablo Marín o las paradas de Unai Marrero.

El gran artífice desde el banquillo, Pellegrino Matarazzo, fue uno de los más ovacionados por una afición que le reconoce haber sido el director de orquesta perfecto para este título. Firmó fotos, camisetas, se hizo fotos... un nuevo ídolo de la afición. Y es que el técnico ha sabido empastar un grupo que juega de memoria y que en La Cartuja demostró que tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Mientras los jugadores asomaban al balcón para ofrecer el trofeo a la marea blanquiazul, se notaba que la conexión entre el equipo y la ciudad es más fuerte que nunca. No es solo un trofeo más; es la confirmación de que este proyecto tiene unos cimientos de hierro.

La fiesta fue una explosión de alegría desde que el autobús asomó por las calles del centro. Catarsis. Ver a niños, padres y abuelos llorando de alegría con la camiseta puesta es lo que explica qué significa la Real para esta tierra. Fue una celebración a la altura de lo que se consiguió en el césped, sin guiones rebuscados, simplemente la gente disfrutando de lo que es suyo tras años de espera y muchas ganas de volver a tocar metal. Se logró también en 2021, pero no hubo público. Demasiadas ganas acumuladas.

El autobús del equipo salió de Anoeta a las 18:00 horas, y recorrió la Avenida de Madrid, Pío XII, Sancho el Sabio, la Plaza del Centenario, Urbieta, la Avenida de la Libertad, Okendo y el Boulevard, hasta llegar por fin a la calle Ijentea pasadas las 19 horas. Una vez allí, los dantzaris Claudia Erentxun y Josu Sagardia bailaron un Aurresku de honor en la escalinata con la música de la Banda Municipal de Txistularis. Frente a ellos estaban el capitán Mikel Oyarzabal, el lehendakari Imanol Pradales, la diputada general Eider Mendoza, el alcalde Jon Insausti y el presidente Jokin Aperribay, flanqueados por el resto de la plantilla y el staff antes de entrar al salón de recepciones.

Jon Insausti lo tenía claro, según confesó a AS: “Soy el alcalde más feliz de todo el mundo, y esta es ahora la ciudad más feliz de todo el planeta”. Y es que siempre estuvo convencido de que la Copa llegaría a Donostia: “Teníamos todo tan organizado para poder vivir este momento que teníamos ya una ilusión interna incorporada que nada nos frenaba. El sueño se ha cumplido y la Copa esta en casa”. Confesó que lo vivido “es mejor de lo que pensaba, supera mis expectativas. Seguramente se vaya a convertir en el evento más multitudinario de toda la historia de San Sebastián”. Y es que “esto va a quedar en la retina y en el corazón. Siento orgullo de ser donostiarra y de la Real Sociedad”, apostilló para acabar con un “‘¡Aupa Reala!’!“.

La emoción se desbordó cuando precisamente el alcalde abrió el balcón principal e invitó a los jugadores a salir. Oyarzabal cogió el trofeo, lo brindó a los miles de aficionados que rugían abajo y tomó el micrófono para dedicar unas palabras a su gente: “Esto va por vosotros. Es un éxito conjunto. Sin vosotros no hubiera sido posible. Gracias”. El aplauso fue atronador. Matarazzo sorprendió leyendo un mensaje en euskera, Óskarsson entonó su canción haciendo vibrar a los asistentes, y Marrero volvió a ser Unai, con todo lo que eso significa. Locura. Tras ese instante solemne, el equipo bajó a la terraza del Ayuntamiento y ahí fue cuando arrancó la verdadera fiesta, con los jugadores saltando y la grada entregada.

Aritz Eustondo hizo de maestro de ceremonias con la poca voz que ya le quedaba y fue presentando uno a uno a todos los jugadores de la plantilla. También tuvieron su protagonismo todos los ‘potrillos’ que han tenido minutos en el primer equipo: Fraga, Ochieng, Carrera, Astiazaran, Beitia, Dani Díaz e Ibai Aguirre. Le emoción llegó cuando Oyarzabal cogió el micrófono para presentar a ‘Elus’. El beasaindarra se emocionó. Este curso termina contrato y la grada le gritó ‘Elus quédate’. También Matarazzo arranco la risa de los realzales al decir que iba a batir “un récord Mundial” porque nadie iba a levantar la Copa “tan alto” como él; y es que el estadounidense mide casi dos metros...

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Al final, cuando las luces de Alderdi Eder empezaron a fundirse con el azul del mar, quedó claro que lo vivido no era solo una fiesta, sino el abrazo de todo un pueblo. Con el eco de los cánticos todavía rebotando en la Bahía de La Concha, la ciudad se fundió en un solo latido que borró de un plumazo los años de espera y la espina de aquella celebración en silencio de 2021. En el aire quedaba esa sensación única de que la Real es mucho más que un club de fútbol. Cada txuri-urdin se fue a casa sabiendo que este trofeo ya no duerme en una vitrina, sino en el alma de cada guipuzcoano que nunca dejó de creer.
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