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BARCELONA

Nuevo viaje a Sevilla 33 años después de la tragedia del Pizjuán

Helmut Ducadam para un penalti durante la final de Copa de Europa de 1986 entre F.C. Barcelona y Steaua de Bucarest disputada en el Ramón Sánchez Pizjuán.

DIARIO AS

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La afición del Barça viajará a la capital andaluza, una ciudad que sigue despertando en los culés más veteranos los peores recuerdos posibles.

Para muchos barcelonistas acostumbrados al triunfo y al éxito en el que se ha instalado el Barcelona desde hace tres lustros, la debacle de Anfield el pasado siete de mayo con la derrota de 4-0 es una de las páginas más negras en la historia de su club. Nada más lejos de la realidad para los aficionados veteranos del club blaugrana que lucen la cicatriz de Sevilla 86 como si fuera la marca del regreso del infierno. Y sí tiene en común algo con lo que pasó en Liverpool: ambas se produjeron un 7 de mayo.

33 años después, el Barcelona regresa a Sevilla para jugar una final que inevitablemente ha despertado los recuerdos de una de las peores noches que puede vivir una institución. Una decepción colectiva inimaginable cuando el equipo blaugrana consiguió semanas antes la clasificación para la final del Pizjuán levantando en la noche mágica de Pichi Alonso en el Camp Nou el 3-0 que había recibido en Göteborg en la tanda de penaltis.

Era la primera final de la Copa de Europa que el Barça disputaba después de la debacle de Berna en el 61, cuando el equipo blaugrana cayó en un partido extrañísimo ante el Benfica en la llamada final de los postes cuadrados. Esos palos de las portería que rechazaban las pelotas y que a partir de entonces se cambiaron en todos los campos por los circulares para que el balón después de impactar en su superficie pudiera entrar en la portería en vez de ser rechazado en la inmensa mayoría de los casos.

El estadio del Sevilla, con capacidad para 70.000 espectadores en aquella época, era el escenario de una final que el Barcelona prácticamente iba a jugar en casa. 50.000 culés se desplazaran por todos los medios posibles hasta la capital andaluza. Cientos de autocares, trenes especiales y miles de autos particulares cruzaron los casi mil kilómetros que separan ambas ciudades confiados en que iban a recoger la Copa.

Los que fueron guardan todo tipo de anécdotas, desde los que recuerdan como en el tren de vuelta, porque lo más duro fue el regreso, fue apedreado a su paso por Valencia (nada de trenes de alta velocidad, el viaje duraba más de quince horas) o los chavales que se escaparon del instituto para subirse a un autocar y no avisaron a sus padres hasta que llamaron a casa desde una estación de servicio en Castellón. Otros que decidieron aplazar el regreso y se pasaron una semana haciendo turismo por Andalucía tratando de olvidar.

Es por eso, que para muchos barcelonistas veteranos, esta final a la que se desplazarán 21.400 culés, representa la oportunidad de exorcizar un drama que les dejó una herida que lleva sobre su piel 33 años abierta.

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