Historias de la radio
Valdano utilizó su verbo afilado para resumir la situación: "Parece de otro mundo. Señales que nos ayudan a pensar que somos pobres". No hubo tele pero sí una alternativa mágica para poder 'ver' el partido de España: la radio.


Sin TV. En el Día de la Fiesta Nacional, en esa fecha señalada en la que los españoles celebramos orgullosos la festividad de la Virgen del PIlar, la necedad de los que aún creen que la economía sigue como en los tiempos de la bonanza y el despilfarro nos llevó a no disfrutar por televisión de nuestra campeona de Europa y del Mundo. Como no era cuestión de darle más vueltas a lo que no tenía solución (tirar de cartera hubiese sido inmoral), replanteé mi situación para poder escribir la contracrónica con la que tanto disfruto en los partidos de La Roja. Me encontraba en el Monasterio de Piedra, disfrutando con la familia del paisaje y la tranquilidad del entorno (¡qué mejor sitio que Aragón para celebrar el 12 de octubre!). El problema es que Internet no encontraba vías de conexión entre el río Piedra y la espesa vegetación, por lo que no perdí el tiempo con las docenas de páginas web que me dijeron que ofrecían el partido. La cobertura del móvil, penosa también. El Twitter iba con dificultad... De pronto, me sentí Vicky el Vikingo: "¡Eureka, está la radio!".
Las voces. Con un pequeño aparatito de radio que llevo siempre en la mochila del portátil, me puse a buscar el dial de la SER en esta zona. Tras cinco minutos de mucho ruido y sonidos indescifrables capté la voz limpia y firme de Manu Carreño, la vacilona de Ponseti, la ágil mente narrativa de Carlos Martínez, la didáctica de Maldini, la grave y cavernosa de Ramos Marcos, la experimentada de José Ángel de la Casa, la talentosa de Valdano, la dulce de Laura Martínez y la intrépida y reporteril de Javier Herráez (gracias a su sagacidad pudimos tener ojos en el estadio de Minsk pese a la frase de la noche: "No money, no line").
¡Qué tiempos! Sí, el Carrusel de la SER era de nuevo el escenario imaginario del fútbol de verdad dibujado en mis sueños adolescentes. Ya me pasó de niño cuando el maestro Vicente Marco ocupaba mis tardes de domingo en la cocina de la casa de mis padres mientras rellenaba la planilla de la jornada de Liga, que publicaba el Diario Pueblo. Soñar el fútbol es una maravilla. Fue estupendo rescatar esa experiencia del disco duro de mi cerebro carrozón. Y empezó el partido...
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Primeros avisos. Carlos Martínez, que tuvo que verlo desde un hotel, nos dejó claro desde el minuto uno que los bielorrusos iban a ser como un helado de vainilla en la puerta de un colegio. "Tiro al palo de Cesc". "Qué gran pase de Xavi a Silva, que se encontró con el guardameta de Bielorrusia que parece por su aspecto un levantador de pesas". La radio me dejó claro que los exsoviéticos iban a caer sí o sí. Y más cuando llegó el gol de Jordi Alba, cantado con mucho entusiasmo por todos los chicos del Carrusel, hasta que Ramos Marcos y compañía denunciaron el evidente fuera de juego. Pensé: "Qué más da, si nadie lo está viendo...".
Final feliz. Más tarde llegaría el hat-trick de Pedro (¡el canario es de oro!). Pero la goleada era lo de menos. Lo más entrañable y entretenido fue imaginar de qué color sería el jersey de Casillas, cómo volaba el balón, cómo cortaban la pelota Ramos y Busquets o cómo diseñaban los pases Xabi Alonso, Xavi, Cazorla, Silva, Cesc e Iniesta. Lo mejor de la velada fue que mi pequeño Marcos me pidió un pinganillo para escuchar la transmisión a mi lado. Al pitar el belga Gumienny el final, me dijo: "Papá, no se ha visto pero ha sido muy divertido". Es la magia de la radio, mi campeón.



