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Philadelphia 76ers

¿Qué hacemos con Paul George?

El alero naufraga en unos Sixers sin futuro que ya ven su contrato como un gran problema. Ni él ni Embiid han podido darse una última oportunidad.

¿Qué hacemos con Paul George?
MICHAEL REAVES | AFP
Juanma Rubio
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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La temporada de los Sixers es, ya no hay forma (al menos mínimamente realista) de verlo de otra manera, un desastre. Era un all-in de los que a veces dan resultado, se recuerdan para siempre y hacen que todo merezca la pena; y muchas otras, no. Y entonces lo que queda es tierra quemada, restos de naufragio. Pero, en el deporte estadounidense, la cuestión es intentarlo, darse la oportunidad, prepararlo todo no para ganar: solo para eso, intentarlo. Daryl Morey es experto en esas cábalas, uno de los genios de la revolución estadística de la NBA y un ejecutivo de elite que en 2025 tiene menos lustre que años atrás, sobre todo cuando ensambló aquellos Rockets que parecieron el único equipo capaz de ganar a la mejor versión, el pack completo, de los Warriors de Stephen Curry y Kevin Durant. El megaquinteto de la muerte y todo lo demás.

En Philadelphia, Morey pareció primero un hombre de emociones y no de maquinitas. Lo apostó todo a James Harden porque quedaban rescoldos del fuego de Houston. Y después, cuando cayó ese proyecto, se sentó a pensar. Ese proyecto, por cierto, que pudo ser y tampoco fue: en semifinales de los Playoffs de 2023, los Sixers ganaban 2-3 a los Celtics con un sexto partido en su pista, match point, en el que estaban por delante a seis minutos del final. Pero apareció Jayson Tatum y desaparecieron Harden y Joel Embiid. Y, como cuando entró aquel ya legendario tiro de Kawhi Leonard en las semifinales de 2019 contra los Raptors, el suelo desapareció bajo los pies de Embiid y su Proceso, de un equipo que no juega una final de Conferencia, siquiera, desde 2001. Desde Allen Iverson.

Desde que Embiid se estrenó en playoffs en 2018, los Sixers han perdido dos veces en primera ronda y cinco en semifinales. En estos siete años han jugado la final del Este Cavaliers, Heat, Raptors, Bucks, Celtics, Hawks y Pacers. Morey decidió hacer borrón y cuenta nueva en el verano de 2023, lidiar con la salida en formato sainete de Harden y preparar, con año puente (2023-24, siempre un riesgo) ese órdago de la temporada 2024-25, el todo o nada. En la temporada en la que Embiid va a cumplir 31 años, y para la que necesitó, solo para ganarse la oportunidad de tener una oportunidad, que varias cosas salieran bien. Y salieron: Tyrese Maxey aceptó quedar como agente libre y retrasar la firma de su contrato máximo para que Morey pudiera jugar con el espacio salarial y construir un roster que tendría que conseguir, eureka, que Embiid no se exprimiera en regular season y que las estrellas tuvieran acompañamiento, roles secundarios cubiertos, en playoffs. Después Maxey se llevó un contrato de cinco años y casi 204 millones de dólares, hasta 2029. Y Embiid firmó una extensión de tres temporadas y casi 193 millones, hasta 2029 (cuando se llevará, curso 28-28, casi 70 millones de dólares).

La última apuesta de Morey también rebotó un par de veces por las paredes de la fortuna hasta que cayó del lado de un ejecutivo que aseguró en verano que sus maquinitas, la revolución de las analytics, decían que nunca había hecho un equipo con tantas posibilidades de ser campeón: el espacio para otra gran estrella, un movimiento cada vez menos habitual en el mercado de agentes libres (es tiempo de súper extensiones), lo aprovechó un Paul George que primero tuvo que divorciarse de los Clippers, una opción remota meses antes, y después ver cómo su exequipo no quería facilitar, vía sign and trade, su fichaje por los Warriors. La opción final fueron los Sixers: cuatro años (hasta 2028, player option incluida) y más de 211 millones. Ese nuevo big-three, que por ahora ha sido cualquier cosa menos big-three, tiene garantizados en la temporada 2028-28 unos 160 millones de dólares. En ella Embiid cumplirá 34 años y George, 37.

El cuerpo de Embiid, sobre todo las rodillas, están diciendo basta ya a gritos. El pívot solo ha jugado 17 partidos hasta el parón del All Star, y en ellos los Sixers tienen balance negativo (8-9). El problema ya no es solo que está poco en pista. Es que cuando está, su equipo es mediocre y él, una triste sombra de lo que (debates de estilo al margen) fue. El camerunés, George y Maxey solo han jugado juntos trece partidos, y el balance es 7-6. Otra vez: mediocre. Y los Sixers están 20-34, fuera del play in del Este, incapaces de capturar a unos Bulls que dan tumbos sin dirección y cazados, por detrás, por unos Nets que deberían estar tankeando aunque nadie se lo ha explicado bien a Jordi Fernández y sus jugadores. Que lo que quieren es ganar partidos.

La apuesta más grande ha salido mal

Estos Sixers eran un equipo pensado para no tener futuro, pero es que ni siquiera han tenido presente en la temporada que definitivamente está enterrando el post Proceso y, tal vez, la jerarquía de Embiid como superestrella NBA. Hay veces que, sencillamente, el cuerpo dice basta. Pero, con Maxey entre las luces y las sombras y por ahora también lejos del montón de pasta de su nuevo contrato, muchas miradas se vuelven perplejas hacia Paul George. Otra estrella que nunca ha jugado siquiera unas Finales, que apuraba su (pen)última oportunidad y que, ahora se ve con claridad, fue despedido sin ninguna pena por los Clippers, vestuario incluido, después de cinco años de estrellarse de todas las formas posibles al lado de Kawhi Leonard.

En el último partido antes del All-Star Weekend, sin Maxey ni Embiid, George acabó con solo dos puntos y 7 tiros a canasta en más de 37 minutos. Tiene, los problemas físicos han sido un factor permanente en la segunda parte de su carrera, una lesión en un dedo que le molesta a la hora de tirar y botar, de jugar; Y comenzó la temporada con dos hiperextensiones de rodilla que acabaron en sustos. Importantes, pero sustos. Shams Charania (ESPN) avisó, visto el desaguisado de ese partido contra los Nets, de que George está siendo infiltrado para poder jugar, un tratamiento que rara vez se usa más allá de citas importantes de playoffs y que habla claro del nivel de desesperación en el que están unos Sixers que, además, nunca se hacen favores en su forma de comunicar y explicar la situación física de sus estrellas.

Unos Sixers que para muchos tendrían que tirar la temporada y pensar en el draft: su pick de primera ronda solo será suyo si acaba en el top 6 del draft. Si no, será de los Thunder porque Morey entregó esa ronda, cuando llegó a los Sixers, para que en OKC absorbieran el contrato de Al Horford, que parecía un deshecho de fábrica en Philadelphia y acabó siendo fundamental en el anillo de los odiados Celtics el verano pasado, en 2024. Cosas.

Es una solución deprimente y que parece fatalista, pero es difícil atisbar otra salida ahora mismo para un equipo que tiene un net rating negativo (-3,4) y un rating ofensivo peor (-8) con Embiid en pista. Lo inimaginable, hace no tanto. Y en el que George, que de por sí no ha parecido encajar con un Nick Curse que ha perdido totalmente el hilo del vestuario, ha jugado cinco partidos desde que se lastimó el dedeo y en ellos ha promediado solo 10 puntos. La cosa está tan mal que antes del cierre de mercado hubo rumores de traspaso, ya, de George para intentar el regreso de Jimmy Butler, uno de los muchos hijos pródigos del Proceso.

Camino de los 35 años, el contrato de Paul George parece un problema gigante para los Sixers del mañana, ya que el hoy está perdido. Definitivamente no ha funcionado como nueva estrella, aparentemente desubicado, desconectado y desmotivado, pero también víctima de ya tres lustros de carrera NBA con unas cuantas lesiones importantes, incluida aquella terrible fractura en una pierna cuando se preparaba para jugar el Mundial de 2014 con el Team USA. Ha sido nueve veces all-star, seis All-NBA, Jugador Más Mejorado (en 2013, ya ha llovido) y ha estado dos veces en los Quintetos Defensivos. Emergió (pick 10 del draft de 2010) como estrella two-way, ataque y defensa, y jugó a un nivel fascinante en Indiana Pacers, donde pudo ser campeón si no hubieran existido los Heat de LeBron James, antes de convertir su carrera en un gigantesco what if: las lesiones, los desastres en playoffs, el fichaje que no fue por los Cavs de LeBron (si no puedes vencer a tu enemigo…) el terrible fracaso de los Clippers en la burbuja, el triple de Lillard en su cara cuando estaba en los Thunder…

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George tiene un currículum excepcional y ha ganado mucho dinero: 10,5 millones de contrato rookie y extensiones, después, de 91x5 años, 137x4, 176x4, todas máximas, y un contrato como agente libre de casi 212 millones, el que está vigente ahora. Más de 300 millones solo en contratos con franquicias para un jugador total en su mejor versión… y un desastre de altibajos inexplicables y lesiones inoportunas en la peor, una que ha aparecido demasiadas veces en su carrera y que ha vuelto para cobrarse todos los cheques firmados en el pasado ahora, cuando se está convirtiendo en un problema para los Sixers, el equipo en el que tenía que formar con Embiid y Maxey un big-three que, al menos, retara a los Celtics en el Este. Una última oportunidad para un proyecto maldito al que finalmente no ha aparecido la oportunidad y solo ha quedado la maldición. Y a ver qué pasa ahora con George…

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