NCAA | Final Four

Michigan: el imperio de Aday Mara

Los Wolverines han demostrado una adaptación perfecta a los nuevos tiempos: cuatro de sus cinco jugadores principales llegaron a través del transfer portal.

Aday Mara celebra una jugada con su universidad, Michigan, durante el partido del Elite Eight contra Tennessee.
Juanma Rubio
Redactor Jefe de la sección de Baloncesto
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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Ha llegado la hora de la verdad, uno de los momentos cumbre del calendario anual en el deporte estadounidense: Michigan, Arizona, UConn e Illinois juegan por el título nacional universitario en el Lucas Oil Stadium de Indianápolis, un hogar de los Colts (NFL) que albergará a 70.000 espectadores en su reconversión a pabellón de baloncesto. Fuera, en una ciudad donde este deporte (sobre todo a nivel de instituto pero también universitario), es más que un deporte, habrá en total más de 100.000 aficionados en una cita que es garantía, año tras año, de un apabullante seguimiento mediático. El Lucas Oil costó 720 millones, 40 invertidos solo en su techo retráctil, y ha recibido después varias actualizaciones, la última de más de siete millones para mejorar el WIFI y la conectividad. Ha sido, desde su estreno en 2008, ya tres veces sede de la Final Four (2010, 2015, 2021). Esta será la cuarta. De su adaptabilidad da fe que también ha albergado, por ejemplo, los trials de natación de cara a los Juegos de París 2024. Entonces, el estadio de football se convirtió en piscina olímpica.

Para el aficionado español, la atención estará obviamente centrada en Aday Mara, que peleará con los Wolverines por el segundo título en la historia de Michigan, el primero en 1989 con Glen Rice como estrella. Entonces, el alero anotó 184 puntos en el torneo para un equipo dirigido por un entrenador interino, Steve Fischer. Aquella Michigan ganó 30 partidos (30-7) y no era favorita pero entró en calor en el momento justo. La historia dice, al menos a nivel de narrativa, que a los Wolverines en la Final Four se les da bien la semifinal (7-1 hasta ahora) pero mal la final (1-6).

Dos de esas derrotas por el título las protagonizó uno de los equipos universitarios más carismáticos de siempre, el de los Fab Five en 1992 y 1993: Chris Webber, Jalen Rose, Juwan Howard, Jimmy King y Ray Jackson. Después de una derrota sin paliativos contra Duke en su primera final, tuvieron el título en la mano en la segunda, contra North Carolina. Fue el partido del infame tiempo muerto que pidió Webber cuando su equipo ya no tenía más. La penalización, en los instantes finales, selló la suerte del campeonato. Webber dejó la universidad y fue número 1 del draft de 1993, justo después de esa Final Four.

La mejor oportunidad de Michigan desde entonces se escapó en 2013, con la derrota contra Louisville en la final de Atlanta de un equipo que tenía a Trey Burke (Jugador Universitario del Año), Tim Hardaway Jr, Glenn Robinson III y Nik Stauskas. Con dos victorias más, estos Wolverines podrían ser los mejores de siempre: llevan 35 (35-3), el tope para la universidad del Midwest, y han ganado todos los partidos del torneo nacional, hasta ahora, por más de diez puntos. Y dominaron la fase regular de una Big Ten muy poderosa aunque, un lunar, dejaron escapar el título de Conferencia en la final del torneo, contra Purdue.

Perfecta adaptación a los tiempos

Esta es la Michigan del transfer portal y los derechos NIL, un programa universitario que se ha adaptado a la perfección a los nuevos tiempos, unos en los que el sistema de College funciona ya definitivamente, a efectos prácticos, como una competición profesional más, con sus guerras de salarios y su captación de fichajes entre universidades. La gran palanca de este nuevo universo han sido los NIL: Name, Image, Likeness. Una lucha por los derechos de imagen y explotación a nivel de marcas y patrocinios que los jugadores ganaron en 2021, en los tribunales y contra una NCAA que hasta entonces, y con dosis evidentes de hipocresía, tenía la condición amateur de sus deportistas como un valor sacrosanto mientras la propia organización, las universidades y los que trabajan en ellas (entrenadores, directivos…) amasaban beneficios y sueldos en muchos casos superiores a los de las ligas profesionales. Ese caso NCAA vs Alston, que llegó a la Corte Suprema, reubicó el estatus de los estudiantes/deportistas: más allá de las becas y la manutención, lo único que oficialmente recibían de sus universidades, iban a poder llevarse un buen bocado de lo que generaba su imagen (en algunos casos, millones: el deporte universitario tiene un descomunal poder social en EE UU), unas cantidades que hasta ahora iban también íntegras al cesto (sin fondo) de las universidades.

Esto, en la práctica, ha establecido un sistema de salarios, un cobrar por jugar que antes no podía formularse como tal, por mucho que el dinero no emane directamente de unas universidades que, además, también van a empezar a tener que pagar, de su bolsillo, a sus jugadores y deportistas. A los de elite, como mínimo. El año pasado, y tras perder otra trascendental batalla judicial porque finalmente no ha podido seguir poniendo puertas al mar, la NCAA (otro precedente revolucionario) acordó con sus cinco principales Conferencias pagar 2.700 millones de dólares como compensación a deportistas que no se habían llevado ni un dólar por su esfuerzo (y lo que este generaba) en los diez años anteriores.

Fue un acuerdo obligado, el intento de impedir una avalancha de demandas de deportistas y Estados a partir de las reglas antimonopolio que existen a nivel federal. Además, se empezaron a abocetar acuerdos por los que las universidades tendrían hasta 20 millones de dólares para repartir entre esos estudiantes/deportistas que tanto generan para sus alma mater. En un puñado de años, la llegada de los NIL y este tipo de acuerdos han transformado totalmente un sistema anquilosado e injusto. Ahora, además, los deportistas saltan a través del transfer portal, ya por miles, a una especie de agencia libre en la que cambian de universidad, si hace falta año tras año, en busca de las mejores ofertas, condiciones y oportunidades para explotar los NIL. Las universidades pierden poder a medida que pierden control y reorganizan su filosofía para adaptarse a una ola que ya es tsunami y cuyo efecto también se siente de forma drástica en Europa.

La final universitaria del año pasado, que Florida ganó por los pelos a Houston, dejó claro en qué punto están las cosas. Duke, para muchos la gran favorita con el cantadísimo número 1 del pasado draft (el fenómeno Cooper Flagg) se quedó sin título porque pecó de inexperiencia, con un equipo muy joven, en su semifinal contra los mucho más curtidos Cougars de Houston. Solo unos días antes, el histórico (para lo bueno y, sobre todo, para lo malo) Rick Pitino, que llevó a St Johns a segunda ronda en el cuadro del Oeste que ganó Florida, a la postre el campeón, había asegurado que, tal y como están operando ahora jugadores y universidades, se han acabado los tiempos de llevarse el título con un equipo basado en freshmen, jugadores de primer año.

Por mucho talento y mucha proyección NBA que tengan. Los derechos NIL han producido un verdadero mercado de agentes libres al maridar con esta versión libre del transfer portal. Este, creado en 2018 con restricciones y controles, empezó en 2021 a permitir que los deportistas cambiaran una vez de universidad sin ninguna penalización. Y en 2023, tras otro movimiento en los juzgados, se abrió la mano a la libertad integral a la hora de cambiar, todas las veces que haga falta. En esa final de 2025 no había ni un freshman en los quintetos titulares, y cuatro de los cinco jugadores que puso en pista para el salto inicial el campeón, Florida, habían llegado a los Gators a través del transfer portal.

Mientras la NCAA trata de poner alguna barrera a esta nueva realidad, introducir alguna legislación extra para sumar regulación sin apilar, como le ha pasado en los últimos años, derrotas en los tribunales, equipos como Michigan se adaptan a los tiempos. Y triunfan: ninguno de los cinco jugadores con más minutos en esta temporada estaba en el equipo el pasado curso. Yaxel Lendeborg, la gran estrella (más de 15 puntos, 7 rebotes y 3 asistencias por partido), jugó en UAB después de haber pasado antes por Arizona Western. El guard Elliot Cadeau pasó dos años en North Carolina, el rocoso ala-pívot Morez Johnson Jr jugó en Illinois y Aday Mara había estado dos años en UCLA chocando contra el estilo (y la tozudez) de un entrenador tan idiosincrático (por así decirlo) como Mick Cronin. El quinto, Trey McKenney es un freshman captado de los institutos de Michigan con rango de talento cuatro estrellas, como un Winters Grady cuyo rol ha sido mucho menor esta temporada.

Así que cuatro de los cinco saltaron a los Wolverines a través del portal transfer. Eso requiere visión, planificación y, también, asumir riesgos: Cadeau ha mejorado drásticamente como tirador y como gestor, con muchas menos perdidas que como tar heel en North Carolina; Mara ha demostrado que puede ser titular, y muy importante, con muchos minutos y protagonismo, algo que algunos dudaban por sus particulares condiciones físicas (obviamente una bendición sumadas a su visión de juego y su toque como finalizador y pasador), y por Lendeborg tocó esperar porque tenía ofertas de otros gigantes universitarios y la puerta abierta a un draft de la NBA en el que tenía todas las papeletas para ser elección de primera ronda.

El entrenador, Dusty May, tenía claro el puzle que quería formar y cómo lo tenía que montar. Pero, además de todo eso, hace falta también músculo financiero, claro. Según On3, el portal de referencia en los movimientos económicos vinculados a la NCAA y los derechos NIL, Michigan invirtió para esta temporada más de 10 millones de dólares en la confección de la plantilla que jugará por el título en Indianápolis, a poco más de cuatro horas en coche de la sede de la universidad, en Ann Arbor. Es una cantidad muy alta, aunque no llega a las cimas a las que apuntó una rumorología que hablaba de que solo Lendeborg se iba a llevar casi esos 10 millones por esta temporada. Los datos no son del todo claros, pero parece que el alero cobrará más de tres millones y un tope de cinco, menos en todo caso de los nueve que, aproximadamente, se dice que le ofreció Kentucky. Ahora, con 23 años, ha dado otro paso de gigante en su trayectoria y apunta a elección de lotería (top 14) en el draft. Así que hizo bien en sumarse a la visión de May en Michigan.

Al final, cuestión de poner millones

De los equipos que llegaron al último Sweet 16, los octavos de final del torneo nacional, y siempre según datos de On3, seis superaron esos 10 millones inversión en plantilla: Michigan, Arkansas, Duke, Houston, St Johns y Texas. Kentucky se quedó fuera en segunda ronda con una inversión superior a los 20, un desastre. Equipos como Duke, Houston o Arkansas se centraron en la captación de los mejores jugadores de instituto que saltaron a College. Michigan es el caso más claro de construcción vía transfer portal. Todos usan, en una u otra arquitectura de despachos, el dinero que extraen de los NIL. Michigan han creado un entramado, llamado Champions Circle, que ayuda a producir y gestionar esa entrada de dinero: recauda, organiza y distribuye los acuerdos con exjugadores y otros donantes, la gestión de las oportunidades promocionales para los jugadores (vía NIL) y la vinculación a través de membresías de aficionados y alumnos actuales.

En el lado contrario están universidades que han firmado una gran temporada con inversiones menores, por ejemplo Nebraska (4,5 millones) o Iowa State, la que derrotó a Kentucky (6,5). Los expertos creen que para el próximo curso las principales universidades ya se moverán en torno o por encima de los 15 millones en salarios, cifras (además, en bruto) muy por encima de la inmensa mayoría de equipos ACB y que darían para rango medio-alto en la actual Euroliga, donde los sueldos (netos) de los mejores jugadores (los más caros ahora son Vasilije Micic, Kendrick Nunn y Nigel Hayes-Davis) solo igualan, en algunos casos (con el rango ya en los cinco millones), los de los universitarios más solicitados, los que más están exprimiendo las ventajas de los NIL y el mercado que agita el transfer portal. En el baloncesto español y con las cantidades en bruto y no en neto, solo Real Madrid y Barcelona superarían esos 10 millones totales en plantilla.

Aday Mara, que ha explotado definitivamente a las órdenes de un May que cobra 5,1 millones al año (con contrato por cinco temporadas garantizadas) ronda o supera el millón de dólares según las estimaciones de su valor NIL. Las marcas valoran la particularidad de su físico, su excepcionalidad con respecto a otros jugadores, el valor de lo único y un perfil, por su procedencia, atractivo en los dos lados del Atlántico. Eso dicen unos expertos que también valoran que la mayoría de sus oportunidades promocionales han estado directamente vinculadas al lado del juego, del baloncesto y las marcas deportivas.

En la Final Four también estarán los Huskies de Uconn, el único equipo presente en las semifinales del torneo masculino y del femenino, en el que son la universidad más poderosa: 12 títulos, seis de ellos en temporadas sin una sola derrota. Es el equipo, aunque este año no ha podido pasar de semifinales, en el que se convirtieron en estrellas Maya Moore, Breanna Stewart, Diana Taurasi, Sue Bird, Napheesa Collier, Rebecca Lobo, Tina Charles, Paige Bueckers… Y, ahora, Sarah Strong y Azzi Fudd. Connecticut recibe el premio a su apuesta: es la única universidad con un equipo de football en el máximo nivel universitario (FBS) que invierte más en baloncesto: 34 millones, entre los dos equipos, por los 20,5 del fútbol americano. A cambio, el equipo de baloncesto masculino produjo unos ingresos de casi 12 millones de dólares y el femenino de 8,5, unos datos mucho más equilibrados que en otras universidades con programas de elite en el femenino: en South Carolina, otro gigante en los últimos años y el equipo que ha derrotado a las Huskies en semifinales, la horquilla va de 15,4 a casi 7.

En esa categoría femenina, UConn lidera el ranking de ingresos; en masculina, están por delante Illinois (35,3), Arizona (casi 30), Michigan (21,2)… En el baloncesto universitario masculino, doce entrenadores cobran al menos cinco millones al año. En el femenino, el tope lo marca Dawn Staley (South Carolina) en 4,25 por los 3,54 de un Geno Auriemma que ha ganado los doce títulos con UConn (tiene 72 años), universidad a la que entrena desde 1985 y de la que podría haber sacado otros 725.000 dólares extra si la Final Four hubiera acabado con otro título (llegar ya le aseguró 250.000 de bonus).

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En el equipo masculino de los Huskies, el entrenador es el mediático Dan Hurley, hijo del legendario técnico de instituto Bob Hurley, que cobra más de 8 millones al año después de firmar en 2024 una renovación de 50 por seis temporadas. Acababa de ganar dos títulos seguidos (2023, 2024) y usó además para negociar la oferta en firme que tenía, por más dinero, de unos Lakers que acabaron contratando a JJ Redick. El mejor pagado, en todo caso, es Bill Self (63 años), que firmó un contrato vitalicio con Kansas (donde entrena desde 2003) por el que se lleva unos 9 millones al año con una estructura particular: su última extensión agrupa cinco temporadas, dentro de ese acuerdo para toda la vida, y si el 31 de marzo de 2028 sigue en su cargo se llevará un bonus de cinco millones.

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