D’Angelo Russell y un sendero que conduce directo al horror
El base está a un nivel pésimo en los Mavericks y deja muy lejos sus buenos momentos para convertirse en un producto tétrico y tóxico.


Hablar de D’Angelo Russell es hacerlo de un pasado que nunca fue presente y ya no tiene futuro. Inmerso en su 11ª temporada como profesional, el base se ha convertido en un producto tóxico absoluto, pero también en carne constante y permanente de traspaso, yendo de un lado a otro sin echar raíces en ningún sitio, siendo el chivo expiatorio casi siempre con razón y sobreviviendo como puede en una NBA en la que, sorprendentemente, sigue. Camino de los 30 años, tenía un talento incuestionable que nunca desarrolló. Y ahora se limita a ver la vida pasar mientras cuaja, muy de vez en cuando, una noche mágica que ya no justifica (si es que lo ha hecho alguna vez) las andanzas a las que somete a los equipos a los que pertenece. Cinco distintos en más de una década. Sin pena ni gloria, con más de un desastre y sin que se pueda sacar, casi nunca, nada positivo de él.
Los Mavericks ficharon a D’Angelo buscando suplir esos meses en los que Kyrie Irving iba a estar lesionado y el puesto de base quedaba huérfano. Así están, de todas formas, desde que traspasaron inexplicablemente a Luka Doncic el pasado 1 de febrero, en un movimiento que hizo tambalear los cimientos de la NBA. Russell llegaba, además, en una de las últimas acciones realizadas por Nico Harrison, hacedor de la salida del esloveno y despedido recientemente (bastante ha durado) por haber mandado a la franquicia texana literalmente a la ruina. Y el flamante fichaje se ha quedado perdido en el desierto mientras encadena una actuación lamentable tras otra, especialmente en el lanzamiento. Un desastre dentro del desastre que son los Mavericks, un equipo a la deriva.
Russell promedia 11,2 puntos (la cifra más baja de su carrera deportiva), 2,6 rebotes y 4,3 asistencias por noche, con apenas un 40% en tiros de campo y un tristísimo 28,7% en triples. Y alguna buena actuación ha tenido: 24 tantos y 6 pases a canasta contra los Raptors, 31 frente a los Pistons, 28 ante los Clippers (con 6 rechaces y 5 asistencias) o 23 con los Knicks de rivales. Pero su nivel ha sido casi siempre paupérrimo en los 21 partidos disputados, sólo 1 como titular: cada vez juega menos minutos por los problemas defensivos que plantea permanentemente su presencia (algo que no es nuevo), su anarquía le impide cuadrar en el esquema de Jason Kidd (si es que lo tiene) y su gestión de decisiones o selección de tiro está permanentemente cuestionada. El cuento de nunca acabar para un jugador con ínfulas de grandeza, que no progresa ni se preocupa por hacerlo.
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Elegido en el segundo puesto del draft de la NBA de 2015 por Los Angeles Lakers, Russell siempre ha ido dando tumbos de un lugar a otro. Con los angelinos estuvo en dos etapas distintas, igual que con los Nets. Y por el camino ha pasado por Minnesota o incluso Golden State. Pero siempre ha sido mayor su capacidad para causar problemas que para proponer soluciones, y cuando parecía que iba a despegar (21,1 puntos en los Nets en la 2018-19 y All Star), volvió a decaer. Una caída paulatina a los infiernos de un jugador que se encuentra en un equipo cuya plantilla parece construida con eso, baloncestistas que están casados con el desastre. La diferencia es que Anthony Davis o Klay Thompson en su día fueron algo, ganaron anillos y coleccionaron marcas y algún que otro récord. Mientras que D’Angelo Russell sigue siendo lo mismo de siempre: nada de nada.
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