NBA

Bam: un apodo por los Picapiedra y el sueño de jugar en los Hornets

El pívot, tres veces all star y dos veces oro olímpico, se crio en un tráiler en Carolina del Norte. Su pareja es A’ja Wilson, una de las mejores jugadoras de la historia.

A'ja Wilson felicita a Bam Adebayo tras su histórica actuación contra los Wizards.
Juanma Rubio
Redactor Jefe de la sección de Baloncesto
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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Edrice Femi Adebayo, Bam, cayó hasta el número 14 del draft en 2017 por, en gran parte, una paradoja: eligió Kentucky para su año universitario (2016-17) porque el entrenador, John Calipari, tenía una probada capacidad de convertir a sus mejores jugadores en altas elecciones en la NBA por la vía rápida. Pero al mismo tiempo, fue Calipari el que le limitó a poner bloqueos, terminar continuaciones y matarse a defender en un equipo que tenía a dos guards vertiginosos como De’Aaron Fox y Malik Monk. Un equipo que perdió en el Elite 8, a las puertas de la Final Four universitaria, contra North Carolina pero que metió en los puesto de lotería del draft (el top 14) a los tres: Fox (5), Monk (11) y el rocoso Adebayo (14).

Bam: un apodo por los Picapiedra y el sueño de jugar en los Hornets

83 puntos de Adebayo: la alegría de una noche histórica en imágenes

Noche histórica en el Kaseya Center de Miami. El pívot de Miami Heat, Bam Adebayo, anotó 83 puntos a los Washington Wizards.

Por su rol con los Wildcats, algunos se planteaban entonces si el pívot (ahora 28 años) podía ser un jugador de primera categoría, incluso siquiera viable, en un ataque NBA. Por eso lo descartaron los Knicks con el 8 (eligieron a Frank Ntilikina, que ya está fuera de la NBA… por no ser una opción viable en ataque) y, entre otros, los Hornets, el equipo que en el que quería jugar Adebayo y que prefirió a su compañero en Kentucky, un Malik Monk que empezó con más arena que cal una carrera NBA que después recondujo en el Oeste (Lakers, Kings).

Los Heat tenían al pívot como número 10 en su ranking, así que se frotaban las manos: Detroit no lo elegiría en el 12 (fue el tirador Luke Kennard) porque ya tenía a Andre Drummond (un proyecto fallido de interior-franquicia). Quedaba el 13, de los Nuggets, así que cuando estos traspasaron el pick a los Jazz, que se lanzaron a por Donovan Mitchell, en Miami sonrieron: ya tenían al jugador que les había impresionado en los entrenamientos previos, en los que incluso se había encarado con el mismísimo Pat Riley. Algunos habrían visto esos gestos como una señal de alarma, pero Juwan Howard, entonces asistente de Spoelstra, lo vio claro al instante: “Tiene madera de jugador de los Heat”.

En Miami, Spoelstra supo recuperar al jugador que en el instituto subía la bola, recibía triples marcajes y promediaba 32 puntos y 21 rebotes en su primer año. El que se elevó a la categoría de prospect 5 estrellas, quinto mejor jugador del país de cara al curso universitario de 2016, y segundo mejor ala-pívot. En South Florida valoraban al jugador, pero también a la persona: un chico modélico con los estudios y del que no había una mala referencia, con un marcado carácter pero la capacidad, tan joven, de canalizarlo en compromiso competitivo e implicación con su equipo. Incluso, lo dijo Spoelstra, deseaban darle a Adebayo la historia por la que llevaba años peleando, una en la que sacaba de la pobreza y los apuros a su madre, Marilyn Blount.

De padre nigeriano que abandonó su casa cuando él era un crío, a Edrice Femi Adebayo lo empezó a llamar Bam su madre por un personaje de Los Picapiedra (Bam-Bam, el bebé adoptado por Pablo y Betty Mármol). Ella lo crio en un tráiler, una de esas livianas casas móviles y caravanas que acaban formando extrañas barriadas en zonas depauperadas de Estados Unidos, en Carolina del Norte (por eso el deseo de jugar en Charlotte Hornets). Trabajaba como cajera y, pronto, su hijo percibió su hastío, su cansancio y su angustia, y prometió que la sacaría de todo aquello. Con su primer sueldo, se la llevó a cenar a un Cheesecake Factory, y le consiguió un apartamento en la misma torre del downtown de Miami en la vivía él, solo que 41 pisos más abajo (del 46 al 5: a su madre no le gustan las alturas).

La foto de ese tráiler en el que vivían era el fondo de pantalla en su móvil y le acompañó también en los Heat, donde puso la imagen en su taquilla y solía escribir la dirección en sus zapatillas: “No quería ser visto solo como otro niño pobre, mi ambición se forjó en ese tráiler. Si hubiera tenido una vida mejor, tal vez no estaría aquí, ese tráiler me hizo ser quién soy”.

Desde entonces, Adebayo se ha convertido en un jugador de primer rango en la NBA. A veces con trazas de súper estrella, a veces un poquito menos pero mucho en todo caso: tres veces all star (2020, 2023, 2024) y dos veces oro olímpico. En 2020 y, una foto para toda la vida, en 2024 con el legendario equipo que lideraron LeBron James, Kevin Durant y Stephen Curry. Juega con una extensión de tres años y más de 161 millones de dólares; cobra más de 37 este curso y se pondrá cerca de 50 en el próximo. Cuando cierre este contrato, con dinero garantizado hasta 2029, rondará ya los 300 millones solo en salarios con Miami Heat. Promedia en su carrera 16 puntos, casi 9 rebotes y 3,5 asistencias (esta temporada está en 19, 9,8 y 2,9) y no tiene anillo de campeón pero ha jugado dos veces las Finales con unos Heat improbables, que fueron una sorpresa sísmica en los playoffs de 2020 (perdieron con los Lakers en la lucha por el título) y 2023 (no pudieron con Denver Nuggets). Entonces, hace casi tres años, Jimmy Butler, el el macho alfa del equipo, dijo que si ganaban el anillo “sería por Bam Adebayo”. Y su entrenador, el excepcional Erik, el padre de ese equipo de milagros, se rindió a la capacidad de trabajo de de su pívot titular: “Todo lo que dijéramos de la responsabilidad que asume se quedaría corto”.

Adebayo ha acabado siendo un pívot ideal para esta era de baloncesto: no muy grande pero muy fuerte, rápido y móvil. Ideal para los estilos defensivos, casi siempre de cambios muy agresivos, de la NBA actual. “Es una bestia”, decía en aquel 2023 el tirador Duncan Robinson, hoy en los Pistons y uno de los que sacaba tajada de sus bloqueos y su capacidad de pase. Él se motiva con las críticas (“me encanta demostrar que la gente se equivoca conmigo”) y quitó así presión a tener que zurrarse con Jokic en las zonas de las Finales: “Esto es divertido. Mi madre y yo salíamos adelante con 12.000 dólares al año, eso sí que pesa en los hombros”.

Cuando su hijo ya era una estrella millonaria, su madre seguía, a veces, rompiendo a llorar en su apartamento, incapaz de procesar que todo lo que la rodeaba era realmente suyo: “Aún me preocupo de que mi hijo tenga lo necesario, de si lleva dinero encima cuando se va de viaje con el equipo… te acostumbras a vivir pendiente de eso, con esa angustia”. Los Heat, en el proceso previo al draft, percibieron esa conexión en un jugador extremadamente maduro para su edad, un físico prodigioso y una ética de trabajo óptima.

En las instalaciones de la franquicia, la sala de musculación se llama “Zo’s Zone” en recuerdo a Alonzo Mourning, que amontonó todos los récords de kilos y repeticiones posibles. Adebayo ya ha superado varios, aunque los preparadores físicos le dijeron que necesitaría unos cuantos años más para acercarse de verdad a las cifras del mítico pívot.

Adebayo aguantó la frustración cuando Spoelstra no contaba con él en sus primeras semanas como rookie. Siguió trabajando y contrató un chef, aunque no pensaba hacerlo hasta que llegara el primer gran contrato. A base de quinoa, verdura y consejos hasta cuando estaba de gira con el equipo (le enviaba fotos del menú de los restaurantes) bajó su índice de grasa corporal por debajo del 7%. Todo para protagonizar la historia con la que llevaba años soñando.

Adebayo ha celebrado sus 83 puntos, una cifra para la historia, en un momento de madurez de su carrera que ha coincidido con un tramo de perfil muy bajo para Miami Heat, una franquicia que lleva años buscando a su nueva gran estrella, la refundación de un proyecto que ahora parece agotado. Pero él sigue ahí, una roca que siempre hace su parte del trabajo… y que no es el mejor jugador de baloncesto de su casa. Su pareja, la también pívot A’ja Wilson, va camino de retirarse como la mejor de siempre. Al menos aspira a ello. Si Bam ha logrado la segunda mejor marca de anotación en la NBA, A’ja comparte la primera de la WNBA (53 puntos) con Liz Cambage. Y acaba de convertirse, con 29 años en la primera (jugador o jugadora, NBA y WNBA) en toda la historia del baloncesto profesional estadounidense que consigue ser en una misma temporada ser campeón, MVP, MVP de la Final, Máximo Anotador y Mejor Defensor.

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Tres veces campeona de la WNBA con Las Vegas Aces, reina olímpica también en 2020 y 2024, apila galardones (cuatro MVP, dos MVP de la Final, siete veces all star, tres Defensora del Año, dos Máxima Anotadora...) y comparte su vida con un Bam Adebayo cuyos 83 puntos vio en directo, en primera fila en el partido contra los Wizards. Y sin casi sentarse en el último cuarto, claro.

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