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Warriors: ¿y si batir el 72-10 es más importante que el anillo?

Hay una visión tecnocrática y resultadista del deporte, porque seguramente la hay también de la vida, que convierte los objetivos primarios en objetivos únicos. Como si el fin tuviera que justificar los medios también en un universo en el que muchísimas hazañas no dependen del qué sino del cómo, del camino mucho más que de la meta. A medida que los Warriors se han ido abalanzando de forma ya casi inevitable sobre el 72-10 de los Bulls 1995-96, surgieron por un lado los veteranos que aseguraban en manada que estos Warriors jamás (jamás, jamás, jamás) ganarían a aquellos Bulls. En realidad, suele pasar con todos los grandes equipos y aquellos que los sufrieron. Y surgieron los que empezaron a calibrar la búsqueda de las 73 victorias como una insensatez que podría pagarse cara en playoffs. Y yo creo que, aunque pueda sonar a pecado, esas 73 victorias son como mínimo tan importantes como un anillo. Y desde luego más difíciles de tener a tiro en próximos años. Porque el anillo es sin duda el gran objetivo pero, ¿durantes cuántas temporadas serán los Warriors el gran favorito, o uno de ellos, mientras mantengan su actual núcleo?

Ganar 73 partidos no puede ser el objetivo en el comienzo de la temporada, ni en Navidad. Pero si llegas al All Star en 48-4 y desde ahí sigues ganando, tienes que ir a por ello a dentalladas. La invasión estadística que rodea al deporte actual salpica casi cada jornada de pequeños récords y cifras que sirven para poco más que rellenar crónicas y alargar debates. No es poco. Pero esto es otra cosa. Esto es tocar verdadera grandeza, llevar al baloncesto a otra generación, cambiar el patrón oro. El 72-10 es todavía la medida del equipo perfecto, algo que hasta hace seis meses, recuerdo, nos parecía sencillamente imposible de alcanzar. Rondarlo, pasarle un buen puñado de páginas al calendario con opciones, ya se consideraba una hazaña. Superarlo sería (será) un hito gigantesco, un tomo propio en la historia del deporte, una nueva medida de perfección en Regular Season. A veces cuesta acordarse de quién ganó este o aquel título pero todo el mundo sabe qué equipo ganó 72 partidos. Todo el mundo: es el patrón oro. Si estaba a tiro, había que ir a por ello sin más cuidado que no extraviarse de la planificación más o menos establecida. Sin esfuerzos de riesgo mal calculado pero también sin tacañería.

Porque a veces da la sensación de que (no todos) los que opinan de la forma contraria no ven partidos todas las noches o son los mismos que también, y paradójicamente, fruncen el ceño por la longitud y volumen de la Temporada Regular. Los Warriors han convertido cada partido en un suceso. Llevan anotados 975 triples y van a ser el primer equipo en romper la barrera de los 1.000, una revolución en sí misma. Stephen Curry ha sido el primero en pasar de 300 y amenaza los 400 (361 ahora). Él y Klay Thompson llevan 619, más que el 88% de los equipos (completos) de la historia. Draymond Green es el primer jugador que supera en una temporada los 1.000 puntos, 500 rebotes, 500 asistencias, 100 robos y 100 tapones. Quien esté viendo jugar a estos Warriors, está viendo todo eso. Está viendo una mezcla de historia y estética de la que hablaremos siempre. Pase lo que pase en junio. Porque además, y aunque haya formulaciones casi supersticiosas al respecto, batir el 72-10 no reduce las opciones de ser campeón: las aumenta. Steve Kerr ha hecho bien en no poner puertas al mar, en dejar que su equipo se alimente (y aterrorice de paso a casi todos los rivales) de una dinámica de felicidad y autoconfianza absolutas. Eso también vale en playoffs. Y recuerdo que la inexperiencia retrasó la entrada en la última Final de los Warriors (muy evidente en el caso de Klay Thompson, por ejemplo). Eso en teoría no se repetiría ahora, ya con un anillo y varios récords en el zurrón. Entre ellos, el récord de récords. Que está en camino.

Porque además los Warriors, y esté asunto también es definitivo en el debate, no han descansado menos de lo habitual para poder decir, y eso pueden decirlo ya, que han ganado más partidos en una Regular Season que cualquier equipo con Bill Russell, Kareem Abdul-Jabbar, Larry Bird, Magic Johnson, Tim Duncan o Kobe Bryant. La estructura de la rotación y la media de minutos encajan con lo previsto y los supuestos descansos que podrían estar tomándose en esta recta final seguramente no mejoren (es cuestión de piernas pero también de espíritu) la energía que ahora mismo desprende el trance en el que vive un equipo que, por otra parte y sin que durante meses le diéramos mucha importancia, ha tenido que sortear a unos Spurs descomunales para asegurarse una ventaja de campo en playoffs que todavía no ha cerrado (casi: cinco de ventaja con ocho por jugar). Los Spurs, representantes de la postura contraria, manejan cuestiones de edad y cuentakilómetros muy particulares. Y con la misma política ganaron en 2014 con un baloncesto superlativo y cayeron en primera ronda en 2015. No hay fórmulas infalibles, solo grandes entrenadores que hacen lo que consideran mejor para sus equipos. Popovich, en concreto, ya entre los tres (máximo cuatro) mejores de la historia. Eso es tan cierto como que no produce especial felicidad que nos deje hace una semana sin un Thunder-Spurs o que ya se sugiera que nos va a aguar también los dos Warriors-Spurs que tenemos por delante. Es su fórmula, pero no es intrínsecamente mejor que la de un Kerr que, en cambio, sí tendrá trabajo si su equipo revienta finalmente el 72-10 y vuelve a proclamarse campeón. Entonces llegaría un verano colgado de una pregunta mucha veces maldita en deporte: ¿y ahora qué?

Creo, en fin, que cuando te ganas a pulso una cita semejante con la historia tienes que ir a por ella y que, pensando en los partidos y la gestión, los Warriors no han hecho nada especial más allá de ser un equipo casi perfecto casi cada noche. Eso, solo eso, además de una obvia ascendencia psicológica sobre casi todos los rivales, llevarán consigo en playoffs, donde por cierto también proliferan todos los años los debates sobre el óxido que acumulan los jugadores que descansan demasiado o los equipos que se dejan llevar en las jornadas previas. Si se trata de medir a posteriori, habrá que esperar a que cada uno pueda esgrimir su 'si es que ya decía yo'. Mientras, estos Warriors están haciendo alguien que nadie había hecho jamás, que nadie olvidará jamás y de un modo que no se había visto jamás. Otro baloncesto, entre el salto generacional y la mutación, y un trayecto que está cerca de terminar en un nuevo patrón oro, un nuevo símbolo de perfección. Y después, siempre es así, los playoffs. ¿Una vez allí pueden perder? Por supuesto, pero no por haber ganado cuatro, cinco o seis partidos más o menos en Regular Season. Y una vez allí, eso que vaya por delante, suerte a los tengan que intentar ganarles cuatro partidos de siete en un puñado de días. Mucha suerte.