El Barcelona y el salto del nivel Top-16 al nivel Final Four

Desde el punto de vista del Barcelona, el partido era una obligación psicológica. Después de dos derrotas tremendas ante el Real Madrid, la del Palacio en la ida por exagerada y la de la final de Copa por comprimida, el Barça no necesita tanto el primer puesto como el estímulo espiritual: si vuele a ver al Madrid en Europa será en la Final Four, después de haber perdido las dos últimas semifinales ante los blancos… y en el Palacio. Todo el armazón anímico que pueda ir reuniendo, si es que llega a esa penúltima frontera, será bienvenido.
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La penúltima frontera: los grandes de Europa se construyen para ganar la Euroliga, claro, pero sobre todo para aspirar con el máximo fundamento a ganarla y situarse ante esa puerta que supone la Final Four y que a veces lleva a la gloria pero tantas otras al vacío. El Barcelona es el mejor equipo del continente a la hora de ponerse en la pole position: 14 viajes a la Final Four en el formato moderno de competición… pero sólo seis finales y dos títulos. Es distinto tener un equipo de nivel Top-16 que uno que realmente aspire a ser campeón. Hay un último hervor, una reunión y encaje definitivo de piezas que le ha faltado sistemáticamente al Barcelona. Y parecía que este año tampoco era. Las lesiones de los exteriores le han tenido casi siempre cojo y la falta de talento defensivo en la rotación interior le ha generado una inseguridad que ha acabado en un millón de desmayos, casi siempre fuera del Palau. Ahora mismo el Barcelona no apunta ni al primer ni al segundo puesto de esa parrilla de grandes aspirantes pero tampoco lo hicieron los tres últimos campeones (dos versiones excelentes de Olympiacos y el milagroso Maccabi de Blatt). Si salva los cuartos, tal vez llegue al Palacio en el mejor momento de la temporada, con los exteriores a punto (Oleson ha vuelto, Abrines lo está haciendo y Hezonja salió del pozo tan de repente como se había metido en él) y un mayor equilibrio entre la zona y el tiro y entre el ataque y la defensa. Mientras Pleiss envía sus mejores sensaciones del curso y Doellman se acerca a su nivel de Valencia, Tomic se ha convertido en un jugador descomunal, una gigantesca navaja suiza que influye en los partidos de mil formas distintas. Sólo tal vez: en su nivel del tramo diciembre-marzo, el Barcelona tiene muy lejos sumar la tercera Euroliga.
El partido, el baño de autoestima, enseñó a un Barcelona que ganó sin Doellman y todavía con poco Abrines. Con un agujero en la dirección, por la debilidad de Huertas y la juventud de Satoransky, que a ratos tapa Navarro. Pero con un nivel muy alto en cuanto entran los triples (1/8 en el primer cuarto, 10/21 en los restantes), pelea el rebote y controla las pérdidas: en sus derrotas en el Palacio y la final de Copa, 26 asistencias y 29 pérdidas. Esta vez, 25 asistencias y 8 pérdidas. La cuenta es clara e implica control del ritmo, menos puntos fáciles para el rival y seguridad en las piernas… y las muñecas. Oleson y Hezonja cambiaron el 0/6 en triples del partido de Copa por un 9/12. Es tan fácil... y tan difícil: con intensidad defensiva, rebote, pocas pérdidas y acierto en el tiro, el Barcelona es capaz de ganar a cualquier equipo de Europa. Y a principios de abril, y con el factor cancha en cuartos asegurado, todavía está a tiempo de hacerlo. El Clásico del Palau le abocetó la hoja de ruta. Calcarla y mejorarla es su único camino posible.



