Feliciano abre el cielo
Ferrer naufragó con Nalbandián y él lo arregló contra Del Potro


Todos hemos esperado algo así de Feliciano López. Siempre. Porque tipos como Feliciano López-Díaz Guerra son diferentes. Sugieren cosas. Por su clase innata tan atractiva, porque saben cómo hablar a las chicas y cómo elegir las ropas: pueden ir paseando con un teléfono celular en un Porsche por Miami Beach y formar parte natural de 'ese' paisaje.
Pero, ante todo, en tenis, todos esperábamos algo así de Feliciano López. El mismo Ion Tiriac, que tantas veces le ha visto campeón en Wimbledon, y tantas veces ha rezongado: "Estaré equivocado, demonio". Navratilova también le juzga con dureza: siempre hemos creído que ese Big Lefty Serve, el gran servicio zurdo que McEnroe define como "imposible de restar", ese revés cortado y ese físico que le haría uno más en Miami Beach valen, todo junto para que un éxito como éste fuese un plato habitual, no un regalo.
Sin ojos de caramelo, y con mirada de ganador, Feliciano López-Díaz Guerra aserró esos colmillos del demonio argentino que antes había afilado David Nalbandián, príncipe de las tinieblas y del resto de revés. Nalbandián había devastado a Ferrer para imponer el 1-0, pero, lo que hizo Feliciano ante Del Potro va más allá del simple triunfo o el 1-1. Es reinvención, demostración de carácter: aquel chico guapo que paseaba por Miami junto a Roger Federer, en la Orange Bowl de 1997, se nos ha hecho hombre.
Wimbledon.
Federer y Feliciano nacieron en el mismo 1981. Roger apenas le lleva un mes a Feli. Y vuelve la pregunta: ¿por qué aquellos coleguitas de Miami no se han visto más de una vez en la final de Wimbledon?
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Perder el primer set en un partido al mejor de cinco no es tan grave. Técnicamente, Feliciano ganó a Del Potro por saber extender el asunto con seguridad en el servicio y por el show de revés cortado, bajo, que fue hundiendo como en cemento mojado los pies infectados del joven gigante de Tandil: 60 partidos en tres meses y 24 aces ayer. Pero, cuando Feliciano sacó adelante la muerte súbita del tercer set, desde 2-4 abajo y más allá de las dos horas y media de juego, Del Potro era ya un galeón desmantelado: sin mástiles, sin pies, cañoneado por el saque y los reveses cortados. Con 4-3 en esa muerte súbita del tercero, Del Potro, asediado, se obcecó en un Ojo de Halcón crucial que valió el 4-4. Desde ahí, López sacó y voló con alas de fuego. Cuarta manga, 3-2 y 0-15 para Feliciano y Del Potro medio se rompió el muslo en busca de una recuperación imposible. Sólo ganaría un juego más. Feliciano le apuntilló, tras tres horas y 19 minutos. Del Potro se retiró sin pies, sin moral, con lágrimas en los ojos y el muslo contracturado, pena, penita, pena.
Y, tras mellarle los colmillos al demonio, el Feliciano que tanto hemos esperado, el mundo y Tiriac, se retiraba hecho un brazo de mar. Sin ojos de caramelo, pero con su clase innata: y, al fin, como un ganador. "Uno de esos partidos que pueden cambiar tu carrera", asumió el señor López-Díaz Guerra. Usted mismo, maestro.