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El mundo de Roncero

El Madrid es mi razón de ser y la de millones de aficionados en todo el mundo. Cargamos una mochila maravillosa con 12 Copas de Europa y 33 Ligas. La vida sigue siendo blanca y bella...

Autor: Tomás Roncero

EL MUNDO DE RONCERO

Aquél Clásico-manita de 1995…

Aquél Clásico-manita de 1995…

Roncero recuerda la manita del Real Madrid al Barcelona en 1995 como respuesta al 5-0 que el Dream Team de Cruyff le había endosada la temporada anterior.

Recuerdo el Clásico de la manita, el del 5-0 al Barça de Johan Cruyff. Temporada 1994-95. Justo un año después del 5-0 humillante sufrido en el Camp Nou, con Benito Floro en el banquillo merengue. El Dream Team de Cruyff era un equipo que llegaba con la vitola casi de invencible, aunque la estrepitosa goleada sufrida meses antes en la final de la Champions en Atenas ante el Milán (4-0) le restó mucho crédito. Pero los culés llegaban con el crédito de cuatro Ligas seguidas ganadas en su mochila, aunque los madridistas no olvidamos que tres fueron de aquella manera… Las dos famosas de Tenerife, con los arbitrajes de García de Loza y Gracia Redondo que destrozaron al Madrid, y la del famoso y tristemente recordado penalti de Djukic parado por González, portero del Valencia. El caso es que el famoso Dream Team llegó a un Bernabéu a reventar que había recuperado la ilusión de la mano de Jorge Valdano (“algún día devolveré al Madrid lo que le he quitado”, profetizó tras la primera Liga de Tenerife), de un crío de 18 años, Raúl, de los goles de Bam Bam Zamorano, de la velocidad y desparpajo de Amavisca… ¡y Luis Enrique!, de los paradones de Buyo y del liderazgo de Hierro y Sanchís atrás. El Barça tenía su columna acorazada, con Koeman, Guardiola, Bakero, Amor y Stoichkov al frente.

El partido fue increíble, de intensidad, de calidad y de goles. Los blancos volaban, los azulgrana sufrían… Recuerdo las discusiones en el campo entre Koeman y Guardiola, que no podían con la avalancha que se cernía sobre ellos. El primer tiempo se cerró con un hat-trick de Zamorano imperial al padre de Sergio Busquets. El tercero fue tras un robo de balón de Laudrup a Bakero. Los pajaritos disparando contra las escopetas. Éxtasis en el estadio. Y más tras la tarjeta roja merecida a Stoichkov por pisotear a Quique Flores. Para un madridista fue el partido perfecto, soñado, ideal. Ganar al Barça con esa rotundidad y esa consistencia cerraba todas las heridas de los años precedentes. Por eso me han dolido especialmente estas dos victorias del Barça consecutivas en el Bernabéu. Para un madridista de cuna es muy difícil asumir esta cruda realidad. Estómago perforado. No hay medicamento que arregle esto. Quizás sí, conseguir la 14 en el Wanda. Recétemela, doctor.

 

 

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