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Pasando frío en Qatar a 41 grados

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La curiosidad y una invitación oficial me llevaron a Qatar, a presenciar la final de la Copa del Emir. El partido tenía un algo de especial, porque se trataba del estreno del primero de los campos del mundial qatarí ya terminado. Ocupa el espacio de un campo antiguo, pero no puede hablarse de remodelación, sino de campo nuevo en todo su concepto. Una maravilla, por cierto. Esa circunstancia hizo que acudiera al partido el propio Infantino.

Y también había algo entrañable para mí en el partido: enfrentaba al equipo de Xavi, el Al Assad, con el de Sergio García, el Al Rayyan. Con los dos pudimos conversar un largo rato Alejandro Elortegui, que me acompañó en el viaje, y yo. Sergio García, que ha jugado de maravilla aquí, se despedía con este partido. Regresa a España, al Espanyol. Se le ha visto aquí, y se ha visto él mismo, en condiciones sobradamente competitivas como para batirse de nuevo en una Liga del más alto nivel. En cuanto a Xavi, seguirá aquí. Está feliz, tiene junto a sí a toda la familia y hace más cosas que jugar, como bien contó hace dos días en una entrevista con Aritz Gabilondo. Es un personaje muy considerado en el país, como pude comprobar. Y sigue al día el desarrollo de las cosas en España. Las conoce al dedillo, según pude comprobar.

Uno de los reclamos del partido era comprobar ese milagro anunciado de la refrigeración integral del campo. Para estas fechas ya hace mucho calor aquí. Por la mañana, como a las once, nos llevaron a ver un centro de mezcla, generación y tratamiento de distintas modalidades de césped. La visita tuvo interés, porque entre otras cosas habla del ahínco con el que está gente pelea cada detalle por hacer un gran mundial, pero la hicimos a 45 grados. Sólo una vez recuerdo haber pasado tanto calor, en Écija, donde fui a ver una de las últimas corridas de Manolo Vázquez.

El partido se jugaba a las siete. A esa hora estábamos a 41 grados. Al final, a 38. Pero dentro del campo la temperatura era de 19. Estupenda para jugar, pero demasiado fría para presenciarlo. Felizmente llevamos una chaqueta, prevenidos como estábamos por Sergio García, que había entrenado la víspera.

El prodigio se logra haciendo circular bajo el estadio una enorme masa de agua muy fría (agua de desaladora, enfriada en una descomunal instalación a un kilómetro de distancia), que a su vez refresca un aire comprimido que sale proyectado hacia un par de centenares de toberas, alineadas en zonas altas, medias y bajas del campo, que lo expelen hacia el interior. La sensación, en nuestros asientos del palco, era la de recibir una continua brisa fresca, algo así como ver un partido junto al Cantábrico, ponga El Molinón o El Sardinero, ya a primeros de octubre.

Un prodigio de la tecnología, en fin. En el descanso, el presidente del comité organizador de Qatar 2022, un hombre joven que habla español con acento de Chamberí (hijo de diplomático pasó algunos años de su adolescencia en Madrid), estaba eufórico. En un corro con Ramón Calderón, que nos lo presentó, presumía lo suyo. "Nadie pensaba que esto iba en serio, y ya lo veis...". Y tanto que lo vimos.

El partido fue grato. La inauguración, sencilla y bonita, sin ese aire pretencioso y excesivo que solemos gastar últimamente por aquí. Ganaron por 2-1 los de Xavi, con un gran pase suyo, ya en el 89', a un tal Hamroun, extremo bullicioso. Me alegré por Xavi tanto como lo sentí por Sergio. Fue un gusto ver de nuevo jugar a Xavi, que mantiene ese control del balón, los compañeros y el juego. Le colocan más arriba, liberado de compromisos defensivos, y el juego se activa cuando el balón le llega. Sergio a su vez es la megaestrella de su equipo, el delantero brillante, pero a este partido llegó con dolor de abductores y se le notó. "Jugaré porque es la final y mi último día, pero en otras condiciones no jugaría", nos dijo por la mañana.

El nivel no es bueno, ni táctica ni técnicamente. Calderón comentaba atinadamente al final: "Jugar bien el fútbol es muy difícil. Por eso ganan tanto los pocos que juegan de verdad bien".

Salimos, hay que decirlo, con alivio. No porque nos hubiera aburrido el partido, que no, sino porque los 37 grados de la calle se agradecían. Fuimos andando al hotel, que estaba muy cerca, y aún estuvimos un cuarto de hora fuera, "tomando el calorcito", antes de someternos al aire acondicionado del interior, más moderado, hay que decirlo, que el del estadio. Sólo entramos una vez repuestos.

Cenamos con Iván Bravo, un español que dirige la Academia Aspire, organización estatal creada para elevar el nivel del deporte qatarí. Entre otras misiones, la principal es conseguir un equipo competitivo para su mundial. Esa misma noche volaba a Barcelona, donde la Cultural, que apadrina Aspire y tiene dos promesas qatarís, jugaba el partido de ida con el Barça B del play off de ascenso a Segunda. En Bélgica ya tienen un equipo, el Euden, en Primera. Se trata de ir abriendo espacios para que sus futbolistas más prometedores se vayan haciendo. Todo con tiempo por delante y buena programación.

Mientras, la legislación laboral. Que estaba permitiendo a las grandes constructoras del mundo abusar de mano de obra inmigrante y barata (nepalís sobre todo) se va suavizando. Un beneficio más del fútbol, cuya universalidad mueve flujos de pensamiento y estímulo, no sólo bandas de feroces ultras, como algunos pretenden creer.

Regresé a España convencido, de nuevo, de que esta gente va en serio, de que quiere hacer las cosas bien. De que habrá un buen mundial. Y como será a finales del otoño, no hará falta darle tanta leña al aire acondicionado porque en eso, caray, se pasaron. La euforia del estreno.