Mourinho y Guardiola otra vez

Alfredo Relaño
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Nunca he tenido en mucho la Supercopa de Europa (ni la de España), pero tengo que decir que esta me gustó mucho. La categoría del partido en sí era la que era, sólo eso, una Supercopa, pero la presencia de Mourinho y Guardiola le daba un interés añadido. Está todo aquello tan próximo, que mucha gente lo veía casi como un Madrid-Barça disputado por poderes, entre equipos interpuestos.

Es llamativa la rivalidad de estos dos hombres, casi exagerada. Tantos años siguiendo al Madrid y al Barça, creo que nunca topé con un antagonismo igual. Será por eso de que Mourinho se hace el malo (no lo es tanto) y Guardiola se hace el bueno (tampoco lo es tanto) o porque todos sabemos que cada uno tiene algo que el otro desea. Mourinho, un palmarés como entrenador errante, duro, ganado en distintos soles, bajo distintas lluvias, en distintas lenguas. Frente a eso, Guardiola hasta ahora sólo ha podido mostrarse como flor de invernadero; éxitos magníficos en un club que es el suyo, con jugadores criados en una cantera que fue la suya, chicos que con doce años lo que querían era ser guardiolas, con los que tenía la autoridad ganada de antemano, chicos criados en una escuela, en una academia, que le llegaban con todo sabido, con todo practicado.

Muchas veces lo he discutido con amigos culés: los títulos de Mourinho tenían otro valor. Esa prueba aún no la había pasado Guardiola. Ahora la está empezando a pasar.

Pero Guardiola tiene algo que Mourinho no tiene: respetabilidad. Sabe estar, sabe portarse, sabe medirse, sabe agradar. Y cuando saca los pies del tiesto (como hizo en la sala de prensa del Bernabéu, el día del ‘puto amo’) eso tiene un efecto, porque es excepcional y produce una sacudida. Y la produjo, y positiva, en los suyos. Mourinho, cante tras cante, agota el recurso de la queja, se hace pesado, pierde crédito. Salvo para sus ‘ultraconvencidos’, que los tiene.

Tan fuerte es su rivalidad que marcó el partido, un partido estupendo, por cierto. Los dos en su estilo, con vaivenes de juego y resultado, un partido de esos que parecen un largo viaje, cruzando un gran territorio, viendo pasar paisajes muy distintos.

En el Chelsea era fácil reconocer un equipo de Mourinho, no hay que insistir en eso. Incluso en la actitud de Torres, espléndido de juego en la primera mitad, al que vimos un tono agresivo que no le es propio. Sobreexcitado, peleón… Le pegó un tantarantán de verdad peligroso a Javi Martínez, compañero en La Roja. Luego, cuando el navarro le pidió explicación en un corner, le volvió la espalda. ¿Y Ramires? ¡Qué patada loca, merecedora de rojísima, aunque se quedara en amarilla! Y Mourinho, cuando el jugador se marchaba a la caseta, chocó la palma con él, en gesto de aprobación, casi felicitación. Algo así como “has cumplido, chico, pero el mundo no está a nuestra altura”. Mourinho exige intensidad y ferocidad, y si además de eso hay calidad, mejor. Pero lo último es eso, lo último. La calidad después de la ferocidad, o además de ella. De ahí que estemos abocados a ver poco a Mata.

Sin embargo, en el Bayern no vimos aún a Guardiola. Eso que hay en la academia del Barça no se traslada. ¿O sí? No lo creo. Amigos entregadamente guardiolistas me habían llegado a asegurar que no iría a ningún gran club europeo, sino a algún modesto club, italiano por ejemplo, donde predicar su verdad y enaltecer un club arrancando desde abajo. Una idea romántica, que viene a explicar cómo se muestra Guardiola ante sus conocidos, como un héroe del bien, la virtud y la humildad. En lugar de eso, escogió el Bayern, el club que va donde vaya con la maza. Tiene todo el poder en Alemania y hasta en la UEFA. El club del poder, de Adidas, favorito de los grandes despachos europeos. Un club que acababa de ganarlo todo con un señor mayor y modesto. Ahí ha ido Guardiola.

Estoy expectante por lo que haga. Vi en el equipo desorden defensivo (muy mal los centrales) y cierto barullo. Todo se quedó en Ribéry (sensacional) y el apretón final, once contra diez, un apretón muy del Bayern de toda la vida. Me quedó la sensación de que todo está por hacer, pero a cambio noté cómo el gesto de Ribéry respaldaba a Guardiola (que ya ha sufrido rumores de algunos de los locales, descontentos) y además ganó. Eso le da paz.

Y supo ganar, claro. Del mismo modo que Mourinho no supo perder, tampoco esta vez. Su gesto con las manos (¡qué culo!) y su apelación una vez más a las expulsiones que sufre ante Guardiola (¿cómo no expulsar a Ramires? ¡Demasiado que sólo fuera amarilla!) pueden servir de alimento a ultras, pero a nadie más.

En fin, un buen episodio futbolero. Mourinho, salvado el bache de su último curso en el Madrid (una mancha en su hoja de servicios, se quiera o no) reemprende su carrera. Guardiola empieza la suya, no como poeta de la escasez, sino en el club más rico, poderoso y protegido que existe en toda la Tierra.

Dos tipos, dos caracteres. Esta época del fútbol guardará memoria de ambos.