Fórmula 1 | GP de Hungría

La victoria de Judas

Hamilton antepuso sus intereses particulares a los de su escudería, liderando una vergonzosa cruzada contra Alonso. Logró el objetivo del triunfo, pero su prestigio y su imagen pueden pagar un caro tributo. Ya sabemos de lo que es capaz este niño bueno...

Hamilton cruzando la meta de Hungría
Raúl Romojaro
Redacción de AS
Actualizado a

La peor traición. "Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía". Lo he leído en Internet, no se vayan ustedes a pensar que soy capaz de saberme de memoria tan acertada cita, firmada por Jean Jacque Rousseau. Pero se la tomo prestada al filósofo francés porque me parece perfecta para definir la traición que Lewis Hamilton, con su carita de niño bueno, consumó contra su equipo en la tarde del sábado. El líder del Mundial quería defender sus privilegios aún a costa de dejar a los pies de los caballos a McLaren y a su compañero. Mordió la mano que le da de comer para no reconocer que el responsable del caos en la calificación era únicamente él. Y para evitar que Alonso le demostrará ayer quién era el mejor piloto en Hungaroring. Y lo peor del caso es que se salió con la suya...

Decisión vergonzosa. Porque si lo de Hamilton se llama deslealtad, lo de los comisarios de la FIA es una golfería en grado supino. Una decisión vergonzosa que deja en entredicho la credibilidad y el prestigio de la entidad, puesto que justifica lo injustificable... y con el descaro de hacerlo además sin argumentos. Alonso dijo que era como cuando a un equipo de fútbol le pitan un penalti injusto: no estoy de acuerdo. El árbitro puede errar por la premura de la inmediatez; los personajes que decidieron la sanción a McLaren y Alonso estuvieron ocho horas para discernir lo que había ocurrido. Al final la liaron gorda con nocturnidad y alevosía. Lo dicho: toda una ofensa a la dignidad.

La primera crisis. Pero no vamos a mejorar nada lamentándonos de tanta desfachatez. La primera lectura positiva de todo lo ocurrido es que el feliz matrimonio del que hasta ahora habían disfrutado Hamilton y su jefe Dennis se enfrenta a su primera gran crisis. Aparecen los celos, la desconfianza, las dudas... El piloto ha dejado a su equipo sin unos valiosos puntos para el certamen de constructores (aunque espero que la FIA enmiende este despropósito) y, por si fuera poco, ha cuestionado a su mecenas privada y públicamente. No voy a hablar, desde luego, de divorcio de la pareja, pero sí que creo que puede haber un antes y un después de este 5 de agosto.

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Pudo ser peor. Sigamos buscando el lado amable del asunto. Pese a todo, Fernando salvó los trastos con un cuarto que pudo ser casi un podio. Remontó donde es imposible hacerlo, y cedió sólo cinco puntos ante su compañero (por llamarle de algún modo). Es decir, el liderato sigue estando tan cerca como para no renunciar a nada. Con seis carreras aún por delante quien cante victoria es que no sabe de qué va este asunto.

Buena actitud. Una última y breve reflexión sobre la actitud del asturiano en toda esta crisis. En su propia casa le robaron la pole, la victoria e incluso el liderato y él se mostró impasible ante semejante escándalo. Su fama de descarado y prepotente le asedia desde muchos de los que deberían ser sus primeros seguidores (¡qué mala es la envidia!), así que confío en que su forma de gestionar tan lamentable asunto sirva para que algunos tengan otro punto de vista de nuestro campeón.

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