Disfrutemos del show
Ferrari va a dar mucha guerra, pero en McLaren están dispuestos a aceptar el reto. Eso significa que la segunda mitad del Mundial va a resultar apasionante y que los pronósticos están más abiertos que nunca y en ellos entra, por supuesto, Alonso.

Se aguó la fiesta. No llovió en el circuito de Silverstone, pero a los británicos se les aguó la fiesta de Lewis Hamilton. No es que me alegre, pero la verdad es que resulta poco aconsejable vender la piel del oso antes de cazarlo. Y es a lo que se están habituando los ingleses en lo que algunos califican, ya no como 'Hamiltonmanía', sino como 'Hamiltonhisteria'. Y la punta de lanza de ese fenómeno es el propio padre del piloto, que empieza a resultar aburrido con su omnipresencia ante las cámaras, con un protagonismo gratuito poco habitual en la F-1 y que chirría por su estridencia. Por sus saltos y sus gritos, dio la impresión de que papá Hamilton creía que ya habían (sí, en primera persona del plural, porque parece que él también corre) ganado el gran premio tras la pole del sábado, así que seguro que lo de ayer les dará que pensar.
Entorno hostil. Y viene esto a cuento porque el distanciamiento entre los dos pilotos de McLaren parece cada día más evidente y no me extraña. Alonso tiene que trabajar en un ambiente poco favorable y la frialdad entre el asturiano y su compañero queda patente cada vez que se ven las caras en el podio o en el pesaje. Si eso ocurre con luz y taquígrafos, ante todas las cámaras, es fácil adivinar que en la privacidad del box la situación debe ser incluso más tensa, aunque desde las altas instancias de la escudería británica intenten adornarla con tintes de normalidad o cordialidad. Lo peor del caso es que ese contexto no me parece el más adecuado para plantar cara ante un enemigo tan temible como es Ferrari, así que ojalá que la tensión interna no sirva para perder de vista el objetivo real: ganar los títulos mundiales de pilotos y constructores.
Paso a paso. Y en esas anda Fernando. La carrera de Inglaterra ha sido una evidencia más de que los tópicos a veces son tan ciertos como recurrentes: el Mundial es largo, la lucha va a ser cerrada y no hay que descartar a un contrincante por tan sólo un tropiezo. Incluso en grandes premios que no han estado teñidos de rojo he pensado que el gran enemigo era Ferrari, y lo mantengo. Ayer pudo haberse consumado un doblete de Maranello sin el incidente de Massa en la parrilla, un serio aviso para que McLaren ponga orden en casa y se centre en sus prioridades.
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Bajo presión. Entre las muchas cualidades de Hamilton nos queda por descubrir una: su comportamiento bajo presión. Hasta ahora le ha ido todo bien, pero en Silverstone ofreció el primer atisbo de nerviosismo. La suerte está de su lado, al menos por ahora, y eso le dio el margen de unas milésimas para evitar arrancar con la manguera del repostaje atascada. Una precipitación que demuestra que, por supuesto, es humano y su fallo llegará tarde o temprano. Y allí estará Alonso para recortar mucho más que esos dos puntos de ayer.
Emoción asegurada. Lo mejor de todo es que vamos a disfrutar de una temporada apasionante. Si el título mundial se queda en España, pues estupendo; de lo contrario, habremos asistido a un gran espectáculo deportivo y el mundo no se acabará. Lo digo para que evitemos la tentación de pensar que si el ovetense no alcanza su meta será una tragedia irremediable, que es la sensación que percibo de algunos. Quedarán más oportunidades en los años venideros, y sabemos que Fernando las aprovechará. Aunque para pensar en eso todavía queda mucho
