España salva vidas en mitad del desierto

Llevaba una camiseta naranja anudada a la espalda y jugaba con un carro hecho por él, con cuatro palos como chasis y otras tantas ruedas simulando neumáticos. Sonríe, siempre sonríe Sidi cuando me coge de la mano y me lleva a ver Chinguetti, al que las dunas y el desierto del Sahara amenazan desde hace siglos. Sidi tiene diez años y pide un regalo con insistencia, como si en ello le fuera la vida.
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Esta vez se me olvidó coger nocilla, mermelada y otros dulces para ofrecer a los niños. No tengo nada y el corazón se enfada conmigo. El niño sigue detrás de mí, descalzo, sonriendo y con esos enormes ojos negros que se encienden en su rostro negro como una hoguera en las tinieblas. No puedo resistirlo y le doy diez euros. Después, comemos con el alcalde de la ciudad al lado de la casa de unos voluntarios españoles y nos dice que están intentando que la gente no se vaya de Chinguetti a Canarias, que no partan hacia una travesía en la que su vida puede quedarse flotando en el mar como un trozo de madera, como si no valiera nada.
Explica que aquí cien euros son más que dos mil en España. Mohamed Amara habla español perfectamente después de años de estudio en Las Palmas y agradece la ayuda de los españoles, de la Fundación Chinguetti, del Dakar Solidario y, sobre todo, de Cooperación Española, la agencia internacional de nuestro país que ha traído el agua a este lugar, la séptima ciudad santa del Islam. Estoy en mitad del desierto y me acuerdo más que nunca de los míos. Les contaré cómo es. Dejo un pedazo de recuerdo en Chinguetti. Antes de irme, un grupo de niños sigue a la comitiva reclamando regalos y diciendo adiós. Uno de ellos me mira y se palpa el bolsillo con una gran sonrisa. Se llama Sidi, nació en el desierto y ayer llevaba una camiseta naranja anudada a su espalda.
