Así no merece la pena seguir
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Ya son cincuenta. En los últimos años Africa se ha convertido para los pilotos de motos en una ruleta rusa. Cada vez son más los que se sienten hechizados por el embrujo del desierto y la leyenda de una prueba tan mítica como salvaje, pero el precio a pagar es excesivo e intolerable. Admiro su coraje de unos tipos que pasan dos semanas tragando polvo, pasando calor de día y frío de noche, comiendo poco y durmiendo menos, pero cuando hablamos de vidas la competición queda como una frivolidad.
Es evidente que a nadie le obligan a participar, que todos asumen los riesgos, que la seguridad ha mejorado, que también muchos montañeros mueren cada año, pero ¿quién le explica eso a las familias de Symons, 'El Carni', Meoni o Caldecott? No compensa jugarse la vida a cambio de una aventura. O se hace una carrera sólo para coches o se aumentan las restricciones para las motos, pero así, desde luego, no merece la pena disputar una prueba por muy atractiva y cautivadora que sea, que lo es.