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A un punto de la gloria

Fórmula 1 | GP de Japón

A un punto de la gloria

A un punto de la gloria

Alonso ganó tras una avería de motor de 'Schumi' Le bastaría con ser octavo en Brasil para repetir el título

Un ratón de cerámica japonés. Ése fue para Fernando Alonso el talismán que le llevó ayer a la victoria en Suzuka y está ya previsto que acabe en su maleta camino de Brasil. Allí, el 22 de octubre, el asturiano sólo necesitará un octavo puesto para volver a proclamarse campeón. Éste ha sido el resultado de una apasionante carrera ante 160.000 personas que comenzó con una remontada frenética del líder del Mundial y terminó con la avería de Michael Schumacher a 16 vueltas del final. El Ferrari se rompió después de sufrir la presión constante del asturiano. Fernando está a un punto de la corona. Un estudio de las 72 combinaciones posibles nos dice que el Kaiser sólo tiene un 1,37% de opciones de ser campeón. El sueño está más cerca.

Es un aura especial. El que tienen los grandes el día que van a brillar. Camino a la parrilla, la mirada de Fernando emanaba una decisión total. Serio, reconcentrado, con el viento de cara, repasaba una y otra vez la jugada de los primeros metros. Salir entre los dos Toyota y pasarlos antes de la primera curva. Después, lanzado a por Schumacher y a intentar adelantarle en la curva once. Parecía una locura, pero todo es posible cuando en pista disfrutamos del mejor piloto de la F-1 actual. Pero su plan no salió bien porque Trulli, que le conoce de Renault, se cruzó delante suyo. Se aplazó todo a la primera curva, allí adelantó a Jarno con una tremenda pasada por el interior y casi hace lo mismo con Ralf, con el que llegó a emparejarse.

El duelo con el hermanísimo debió aplazarse varias vueltas y eso lo aprovechó Schumi para marcharse con una distancia de seis segundos sobre el ovetense, cuarto. Fernando se pegó algún que otro susto, incluida una excursión en su pique con Júnior, pero terminó por pasarle con otro tremebundo adelantamiento por el interior en la primera curva. Michael ya había superado a Massa en plena recta de meta, en una señal encubierta e inequívoca de órdenes de equipo.

Pasó a Massa.

El primer vuelco del gran premio se produjo en la vuelta catorce: el brasileño tuvo que adelantar su parada por un pinchazo y esto facilitó que Alonso le pasara por estrategia. En las últimas vueltas de esa primera tanda, y ya sin el Toyota, Fernando comenzó a volar, marcó la vuelta rápida en carrera y recortó la distancia en casi dos segundos. Las Michelin funcionaban mucho mejor que en la calificación y las Bridgestone no eran tan brillantes. Pero Michael iba más largo de combustible, un par de vueltas, y compensó la diferencia. La carrera se quedó en un mano a mano entre genios y con el Kaiser empeñado en que la distancia no se rebajara de los cinco segundos. Ellos vivían en otra carrera, la sideral, mientras el resto navegaban en sus guerras particulares. La del hundimiento de los Toyota, la remontada meteórica de Raikkonen hasta la quinta plaza y los problemas de Pedro de la Rosa con un motor renqueante y bajo de vueltas para llegar más allá de la undécima posición. Pedro se lo merece y debería correr en Brasil.

Volvemos a la emoción del gran premio, esa batalla por el Mundial. Llegó la segunda parada y Denis Chevrier, jefe de motores en los circuitos, decidió echarle más madera al RS26 para que Fernando pudiera alcanzar a un Schumi en estado puro. El asturiano aprieta sin cesar, aunque controlando su propulsor. Tiene permiso para estirar hasta las 20.500 revoluciones pero cambia siempre antes, en torno a las 20.200, para no sufrir una avería. Michael para en boxes y sale como un toro con su motor a tope de vueltas. En ese momento se produce la explosión que marcó la carrera, el propulsor del alemán comenzó a soltar una aparatosa humareda y tuvo que retirarse a 16 vueltas del final. Alonso cerró el puño y le dijo a Rod Nelson por radio: "Vamos a por la victoria". El asturiano se dio cuenta de la rotura al ver el reguero de aceite que Michael dejó en plena trazada. Y bajó revoluciones al mínimo nada más verlo. Ésta es la primera vez que el alemán sufre una avería de motor en carrera desde el GP de Francia de 2000. Schumacher se bajó del coche cabizbajo y se fue inmediatamente a darle las gracias a sus mecánicos por el trabajo realizado. Un bonito detalle al que sólo le faltó que no estuvieran delante las cámaras de televisión. El heptacampeón, que este mismo año se encargó de cruzar deliberadamente su coche en medio de la pista de Mónaco, quiere retirarse con una imagen impoluta.

Golpe a Ferrari.

Todo estaba listo para el triunfo de Alonso, que cruzó los dedos. Fisichella se asentaba en la tercera plaza del podio y Renault le daba también un severo golpe en el Mundial de constructores a Ferrari. Nueve puntos les separan. Nada más entrar en meta, Fernando se dedicó a derrapar como un loco, a mandar las ráfagas a casa y celebró la victoria a lo grande. Un triunfo merecido después del abandono de la tuerca de Hungría, la sanción y rotura de motor en Monza y los repetidos errores de Renault en China.

Esta vez la escudería francesa funcionó como un reloj. Hasta un emocionado Fisichella subió al cajón y pudo dedicárselo entre lágrimas a Tonino, su amigo recientemente fallecido. Bajo el podio, Alonso imitó al Ave Fénix que resurge de sus cenizas al estilo de uno de los Power Rangers (otra broma infantil para sus amigos) y después se dedicó a bailar en señal de alegría. Ante los ojos emocionados de Raquel, el entusiasmo de la mitad de la prensa mundial y la euforia de cientos de miles de hogares españoles. En dos semanas, si la mala suerte no lo impide, Brasil debería coronar a la nueva leyenda de la F-1.

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