Fórmula 1 | GP de Francia

En el orden justo

El GP de Francia vuelve a poner a cada uno en su sitio. El favorito, el enemigo y el destronado con nombres y apellidos. Lástima que la carrera fuese tan aburrida, porque el resultado es de los que invitan a mantener muy vivo el sueño del título mundial para Fernando Alonso.

GP de Francia
Raúl Romojaro
Redacción de AS
Actualizado a

Un bonito podio.Empecemos por el final, por un cajón del GP de Francia que bien puede sintetizar lo que es hoy la Fórmula 1: el rey, en lo más alto, Fernando Alonso; un escalón por debajo, como enemigo más terrible, el imperturbable Kimi; y por último, el tercero, aunque ya no tanto en discordia, el mito que se resiste a dejar de serlo, el más grande que nunca se rinde pese a que ya sabe mejor que nadie que éste no será el año de su octavo título, Michael Schumacher. Cada uno en su lugar, como tiene que ser... Ya estamos cansados del escándalo de Indianápolis, de una farsa que tiene poco que ver con el deporte, volvemos a disfrutar de toda la grandeza de la F-1 en estado puro, sin trampa ni cartón.

Alta tensión.Y en ese podio de Magny-Cours la tensión se podía cortar con un cuchillo. El finlandés a lo suyo, como casi siempre, pero entre Fernando y el 'Kaiser' ni siquiera una miradilla de reojo. Está claro que la ruptura entre el pasado y el futuro es total y sin apenas escalas en el presente, pero nunca es fácil jubilar a un campeón. Decía mi viejo amigo y colega Gonzalo Serrano en Telecinco que no le gustaba la actitud del alemán al ignorar al español y no le falta razón: reconocer los méritos del ganador es un síntoma de nobleza. Sin embargo, tampoco debemos olvidar que el líder del campeonato ejerce como tal y no le duelen prendas cuando toca atizar a 'Schumi', así que es comprensible que la diplomacia y las buenas maneras hayan pasado a un segundo plano.

El tedio de la dictadura.Y es que lo mejor de la competición de ayer, al margen del resultado, fue precisamente eso, la felicidad de nuestro ídolo elevando esa manita al cielo. Porque lo demás resultó un peñazo, es lo que tiene mandar con disciplina ferrea como lo hizo ayer Alonso. Nadie le inquietó, nadie le molestó, nadie le hizo preocuparse; en la primera curva, tras la recta de salida, casi ya ni se le veía en la tele, arrancó como un misil rumbo a un triunfo que normaliza la situación. Raikkonen hizo un carrerón, es cierto, pero saliendo el trece es difícil inquietar a un piloto en el estado de forma del ovetense. Pronto quedó claro que el triunfo tenía dueño y que la única amenaza no llevaba el nombre de un rival sino de un temor: desconcentración (raro en nuestro protagonista) o avería (tampoco nada habitual esta temporada en su Renault).

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Kamikaze Sato.Menos mal que volvió Takuma Sato. Casi le habíamos perdido la pista al japonés ante el flojísimo rendimiento de los BAR-Honda y ayer regresó a escena en su línea: intentando adelantamientos imposibles, como a Barrichello y Trulli, que al menos nos sacaron del sopor de una competición con pocos (siendo generosos) alicientes. Tampoco estuvieron mal esos instantes en los que parecía que Alonso iba a doblar a Schumacher (lo hubiera hecho de no haber entrado a repostar). Siempre es un gustazo asistir a algo así aunque el valor real de la gesta sea nulo.

Todos contentos.Fiesta grande, por tanto, en Francia. Sonó La Marsellesa en casa de Renault, con unas gradas teñidas de azul y amarillo, en presencia del gran jefe de la marca (el presidente Carlos Ghosn) y con un Flavio Briatore que parecía más feliz de nunca. Y no era para menos. El de ayer era uno de esos días para dar el do de pecho, para demostrar que las inversiones, los disgustos e incluso las críticas tienen sentido cuando se busca la gloria del triunfo. Sólo falló no ver al lado del español a su compañero Giancarlo Fisichella, al que la suerte le parece esquiva y que se está viendo completamente eclipsado por ese fenómeno que huele a campeón. Pero el botín no estuvo nada mal y volvemos a afrontar con ánimos renovados un mes de julio decisivo.

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