Yo digo | Manuel Franco

El maestro se convierte en aprendiz

Manuel Franco
Redacción de AS
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Con la bandera a cuadros en la mano, dentro de su Citroën Xsara, Carlos Sainz tenía en el rostro esa sonrisa de misterio que se les pone a aquellos que se encuentran en la encrucijada. Era una mueca amarga del que sabe que deja atrás una vida entera, un gesto de satisfacción por el deber cumplido y un rictus de esperanza y expectación, el del que sueña con un nuevo reto. Ahora ya, desde ese momento, Carlos sólo piensa en la ciudad del caos y la magia, del desafio y la leyenda: Dakar. Sainz deja un mundo donde era el mejor de los mejores, donde hasta el que está llamado a ser el más grande le pedía consejos. En los rallys Loeb ha aprendido de su amigo español, todos le admiran y hasta Gronholm, un finlandés bicampeón del mundo, le pidió ayer sus guantes firmados como si de un nervioso quinceañero se tratara. Pero es que el que se ha ido es una leyenda del deporte mundial.

Ahora el maestro, aquel que se conocía cada uno de los secretos de los rallys debe convertirse en el más disciplinado de los alumnos. Ahora tiene que aprender a pensar sólo en el modo de sortear las dunas, de pasar la temida y temible hierba de camello a la velocidad adecuada para no quedarse atrapado ni destrozar el coche, a saber tratar a los fantasmas del desierto, a utilizar los instrumentos de navegación, a fiarse de su copiloto como si fuese su hermano y a pilotar un coche diésel mucho más grande que su Xsara volador. Pero todo eso se le supone a este madrileño dueño del talento porque dispone de un don natural para ir deprisa a los mandos de un coche de carreras. Lo más duro para Sainz será conocer si el destino le ha guardado un sitio en África, vivir allí, educarse en el continente abandonado y mirar a los ojos de los niños sin romper a llorar.

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