Retro para todos

High Score, se hace camino al andar

A pesar de algunos enfoques y omisiones, hay que celebrar que High Score ponga la historia del videojuego ante tantos ojos

Desempolva tu Atari: es hora de profundizar en las historias inesperadas detrás de tus videojuegos favoritos”. Esta frase publicitaria no pertenece al documental estrenado por Netflix High Score, sino a la pequeña serie documental de 2017 8 Bit Legacy: The Curious History of Video Games, pertenciente al canal de contenidos Great Big Story. En escasos seis episodios de poco más de seis minutos cada uno se tratan temas habituales como la anécdota del bigote y el nombre de Mario contada por el propio Miyamoto o la leyenda urbana de Polybius, pero también se pone el foco en cuestiones menos habituales y pintorescas como la búsqueda de Veronika Megler, la autora de la aventura conversacional sobre El Hobbit; del también desaparecido gran campeón de los primeros torneos de Street Figther II, Tomo Ohira, que venció a los grandes con tan solo trece años; o la vuelta al lugar original de rodaje de los actores del terrible Mad Dog McCree, videojuego grabado en imagen real en 1990. El capítulo del Hobbit podría encontrar similitudes con el que trata en High Score las primeras aventuras creadas por Roberta Williams en Sierra, el de Street Figther II con las múltiples referencias a las competiciones de videojuegos y el de Mad Dog McCree con el que habla extensamente de Nigth Trap. Y no es casualidad, en aquella modesta serie documental se encontraba France Costrel, la directora de High Score. Es pues de suponer que 8 Bit Legacy es la inspiración sobre la que se construye la serie de Netflix, más aun teniendo en cuenta que aquella modesta producción llegó a estar nominada a un EMI.

¿Y qué tal está siendo la recepción de High Score? En principio parece que la comunidad de jugadores se encuentra en una evidente dicotomía. Por un lado se critica lo superficial del tratamiento, las enormes ausencias y el exagerado foco sobre Estados Unidos, por otro, se celebran las historias particulares rescatadas para la ocasión como la creación de la primera máquina de cartuchos a cargo del afroamericano Jerry Lawson o poder ver a John Kirby contando poco antes de morir el juicio de Nintendo por los derechos de King Kong, así como la excelsa producción que deja en pañales los intentos anteriores de documentar la historia de este medio (con contadas excepciones como Cuando los videojuegos cambiaron el mundo, documental de Charlie Broker, antiguo crítico de videojuegos reconvertido en ácido cirujano de la sociedad actual con la respetada serie de televisión Black Mirror).

Particularmente, en principio me pareció que High Score era el resultado de picar la punta de un iceberg. Ya no solo te dejas todo lo que se esconde bajo la línea de flotación, sino que solo estás arañando lo que se encuentra en la superficie. Quien haya leído Console Wars no tendrá agradecimientos suficientes cuando vea a Tom Kalinske explicando en su propia casa la brillante estrategia que llevó a cabo desde Sega América contra Nintendo, aunque rápidamente le parecerá muy poco con todo lo que hay que rascar ahí. Pasará lo mismo si has tenido la oportunidad de sumergirte en Master of Doom: los ojos se te voltearán cuando veas en imágenes el resultado de aquella noche de duro trabajo en la que Carmack consiguió el fluido scroll lateral de Super Mario 3 en un PC. Siguiendo con los libros, High Score se parece más la visión del medio con USA como centro de Steven L. Kent en La gran historia de los videojuegos que el rico crisol que expone Tristan Donovan en su magnífico Replay. Con todo esto quiero decir que los tiempos han cambiado por aquí. Disponemos de mucha información que antes de internet y del boom de los libros de videojuegos (propiciado en España por cierta querida y heroica editorial) hacia harto complicado juntar las piezas de un puzle enorme. High Score está claro que queda lejos de una representación de referencia de la historia del medio. En otros como el cine ese apartado está más que cubierto por múltiples vías. Y no, no hace falta un excelso Story of Cinema de once horas, sería suficiente con contar con una estructurada y justa crónica.

Con todo, mi entusiasmo durante el visionado de los capítulos de High Score fue de menos a más. Empecé arqueando la ceja, con un primer episodio que ponía demasiado el foco en lo mercantil del medio. No lo arregló que la mitad de la mayoría de los capítulos se enfocaran a la competición cuando estas no eran ni de lejos lo más importante en esos primeros años. Supongo que ese contenido se debe a que se quieren crear lazos y simpatías con la potente industria esports y por tanto con sus decenas de millones de jóvenes seguidores. Desde el mundo de las series y el cine no se ha entendido todavía que en los videojuegos la percepción de ciertas cosas es distinta. Su propia historia, ya que estamos. En el cine es complicado que los más jóvenes se acerquen por ejemplo al cine en blanco y negro o mudo. Los códigos han cambiado, y el ritmo, y la forma de plasmar la narrativa en pantalla. Son barreras que en los videojuegos se diluyen.

En la actualidad conviven en el mercado gráficos ultrarealistas (Un God of War, por ejemplo) con videojuegos pixelados (Celeste, Dead Cells, Blasphemous… La lista es interminable y repleta de calidad), y ambos tienen éxito compartiendo espacio en el corazón de muchos jugadores. El usuario joven tiene asimilado el look retro, no se percibe una barrera como sí ocurre con el cine. Podríamos tener dudas con la aceptación de las mecánicas, pero hay un montón de buenos clásicos que un chaval podría jugar hoy sin problemas. De Pacman a Tetris pasando por Galaxian o Missile Command, algunos de ellos, con revisiones continuas que llegan hasta nuestros días. Un documental sobre los inicios de los videojuegos no solo es disfrutable por los que peinamos canas. Estoy convencido de que la gente más joven puede ver perfectamente High Score sin sentir extrañeza. Habremos ganado mucho cuando esta idea llegue por fin a los que asignan y dirigen los proyectos sobre videojuegos para la televisión y las salas de cine.

Como decía, mis sensaciones fueron siendo más y más positivas conforme avanzaba el visionado. Ha sido así porque he ido aceptando sus reglas poco a poco, pero también porque, objetivamente, se trata de un producto de calidad donde se llega a notar por momentos el mimo y el cariño puesto en él. Cada capítulo me ha brindado cosas interesantes y sorprendentes que he acompañado con una sonrisa. Pienso además que, gracias a sus anécdotas, a sus magníficas escenas de corte pixeladas, a su resultón montaje que juega a crear expectación, puede resultar una propuesta interesante y atractiva para la gente ajena al medio. Y debe serlo para que los videojuegos se expandan entre el público general como ya lo hacen en otros ámbitos, sin límites y libres. Si esto se consigue lo expuesto derivará en más temporadas, y quién sabe si en más riesgo y en la posibilidad de experimentar con otras formas de contar la historia de siempre. En definitiva, creo que la serie de Netflix puede convertirse en un gran paso si su éxito (en su estreno se ha colado en el Top 10) se ve acompañado en el tiempo de una caminata. Un bonito paseo de esos que te permiten pararte para observar el paisaje, que propician pensar y disfrutar viendo elementos conocidos con ojos nuevos, con un sentimiento de sosiego pero a la vez de asombro. Crucemos los dedos. La historia de los videojuegos se merece algo así, nosotros, jugadores y no jugadores, también.