McIlroy y Diamond: el triunfo de la amistad
Rory McIlroy y Harry Diamond conforman un binomio poco habitual de jugador y caddie en el golf, el de dos tipos que eran amigos mucho antes que socios.


Rory y Harry, Harry y Rory. Lo normal entre un jugador y un caddie en el golf profesional es que con los años desarrollen una amistad personal donde al principio solo había una relación profesional. En el caso de McIlroy y Diamond, ha sido al revés. El binomio que este domingo conquistaba el Masters de Augusta por segunda edición consecutiva, lo que solo hicieron antes Nicklaus, Faldo y Tiger, viene de lejos. Casi tan lejos como sus propias vidas.
Rory y Harry son íntimos de toda la vida. Harry es para Rory, hijo único, el hermano que nunca tuvo. El que está siempre ahí, en las buenas y en las malas. Un escudo, un confidente, un apoyo. Crecieron juntos en Holywood, Irlanda del Norte, cuando el conflicto que partió la isla durante décadas aún seguía latente. Quizá por aquello la amistad en esa parte del mundo se toma casi como un pacto de sangre. Ambos jugaban en el club de golf local. En contra de lo que se ha dicho de Diamond en los años de sequía, entiende de golf. Vaya que sí lo hace. Llegó a representar a Irlanda internacionalmente de chaval, ha ganado torneos amateur y ha jugado el Irish Open de profesionales.
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— The Masters (@TheMasters) April 13, 2026
Su carrera sin embargo no terminó de despegar, y la de su querido Rory sí lo hizo. Los primeros años llevó en la bolsa a JP Fitzgerald, con el que ganó sus cuatro primeros grandes: el US Open de 2011, el PGA Championship de 2012 y 2014 y el British Open ese último año. En 2017 partieron peras y McIlroy le pidió a Diamond que le hicera de ‘consigliere’. No se han vuelto a separar salvo por un pequeño paréntesis en 2022, cuando otro amigo, Niall O’Connor, le llevó la bolsa durante su victoria en el Canadian Open de ese año, y uno en 2019, mientras Harry esperaba su primer hijo. “Adoro tenerle en la bolsa. Soy una persona diferente desde que está conmigo. Nunca le voy a echar mierda encima incluso si las cosas van mal. No se lo merece”, dijo al principio de su periplo juntos de quien también es, para más inri, su padrino de bodas.
Un tipo discreto
A esa imagen que llegó a retratar a Diamond como un ignorante ha contribuido en buena medida su perfil discreto. Los caddies por normal general lo son. Y cuando no lo son suelen acabar despedidos. El protagonismo es para el jugador, que ya decidirá él hasta qué punto quiere compartirlo. Los hay como Scottie Scheffler, que en su segunda chaqueta verde animó a su ayudante, Ted Scott, a liderar el camino a través del pasillo que forma el público para jalear al campeón entre el green del 18 y la casa club de Augusta. Y luego los hay como Matt Kuchar, que ni pagan lo que deben (a propósito de esto último, las tarifas suelen moverse en un 10% de las ganancias del jugador en caso de victoria).
Diamond ha manejado casi como ninguno de sus compañeros el segundo plano, pero eso no siempre le ha hecho bien a ojos de los medios. El propio Rory lo explicaba así hace unos días, en su rueda de prensa previa al Masters: “Como no le gustan los focos, nunca tiene la oportunidad de defenderse. Por eso trato de ser el que lo haga por él, porque no le gusta que nadie sepa lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Es una de las cosas que valoro mucho. Es un amigo muy leal y además hace todo esto con el único propósito de que salgamos ahí y ganemos grandes y otros torneos importantes. Es lo único que le importa”.

Buen ejemplo de esto son los años, de 2014 a 2025, en los que la misión de completar el Grand Slam quedó estancada. Cuando ya no quedaban respuestas en torno a McIlroy, Diamond se convirtió en la diana. Las críticas fueron especialmente sangrantes tras una serie de decisiones cuestionables en la recta final de Pinehurst durante el US Open de 2024, en la que Rory se dejó un triunfo que acabó en manos de DeChambeau. “¿Dónde estaban los críticos cuando gane en Dubái? O cuando lo hice en Quail Hollow, o en las dos FedEx Cup que he ganado con Harry, o las dos Ryder Cups... Nunca les escucho decir que Harry ha hecho un gran trabajo cuando gano, pero siempre están ahí para criticarle cuando no lo hago“, salió al paso entonces McIlroy. Otras veces su cercanía se ha utilizado como arma arrojadiza, como esos lamentables cánticos del público estadounidense durante la última Ryder en los que se fantaseaba con una relación homosexual entre ambos.
El ruido de fondo cesó hace un año con la primera chaqueta verde. Los detractores de la dupla simplemente se quedaron sin argumentos. “Poder compartir esto con él después de todos los sinsabores que hemos travesado y toda la basura que ha tenido que aguantar de gente que no tiene ni idea de cómo funciona este juego... Este triunfo es tan mío como suyo. Es una parte importantísima de lo que hago y no puedo imaginar alguien mejor con quien compartir esto que con él”, dijo Rory en el discurso de validación definitivo. Parafraseando esa expresión que tanto les gusta a los de la Generación Z, encuentren alguien que les mire como Rory mira a Harry, o como Harry mira a Rory. Y quédense con él.
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