Ciclismo | Tour de Francia

Landis se coló en la fiesta

Fabulosa hazaña del americano. Monumental error del CSC, que permitió su fuga y perjudicó a Sastre. Pereiro sigue líder. Todavía estamos vivos

<b>UNA GESTA. </b>Floyd Landis celebra con rabia su victoria en Morzine después de una escapada que entrará en la historia.
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CSC (Computer Sciences Corporation) es una compañía estadounidense de alta tecnología informática que ha participado con la NASA en el lanzamiento de naves espaciales. El director de su flamante equipo ciclista, Biarne Riis, no sabe usar un reloj. Tampoco hace uso del sentido común. Ayer, de hecho, rozó los límites de la memez humana y puso en gravísimo riesgo la victoria en el Tour de su pupilo Carlos Sastre. Sí, por negarse a colaborar con el líder, Riis permitió que la heroica escapada de Floyd Landis tomara una ventaja que llegó hasta los nueve minutos. Cuando quiso reaccionar, era demasiado tarde. Landis es ahora el máximo favorito para ganar la carrera. Sastre recortó hasta los doce segundos su distancia con el líder, pero su director ha resucitado a un nuevo y temible enemigo.

Sin embargo, Riis no es el único responsable de que en nuestra luna de miel se nos haya metido un menonita en la cama. T-Mobile, el equipo de Klöden, se desentendió bochornosamente de la etapa aunque al hacerlo ponía en juego su lugar en el podio, ahora perdido definitivamente. Y tampoco debe librarse de culpas el Caisse d'Epargne, el equipo de Pereiro, que se reveló excesivamente débil. Con sus ciclistas al comando de la persecución, Landis acumuló su mayor diferencia. Jamás lo hubieran permitido los compañeros de Armstrong. Y no es disculpa el trabajo inesperado porque recuerdo que con este equipo Alejandro Valverde pretendía ganar el Tour.

Por cierto, sorprende muchísimo que Eusebio Unzué no encontrara una sola ayuda entre los equipos que circulaban en ese amplísimo grupo perseguidor. No colaboraron con él ni los que estaban implicados (además de los mencionados, el AG2r o el Rabobank) ni los que lo hubieran estado caso de recibir el estímulo adecuado (Saunier, Euskaltel...).

En cualquier caso, resulta descorazonador dejar este deporte en manos de los directores, de sus celos, de sus envidias y de sus pinganillos. Todos ellos están empeñados en hacer un ciclismo de autor que considera a los corredores como simples soldaditos de sus guerras paranoides. Muchos de los problemas del ciclismo actual tienen que ver con ese odioso paternalismo y con el sometimiento que, casi siempre, aceptan de buen grado los corredores. Aquí hay una revolución pendiente.

Impecables.

Esta vez, las víctimas han sido Óscar Pereiro y Carlos Sastre, a los que nada se puede reprochar. El líder sufrió el castigo psicológico que supuso la escapada de Landis, pero jamás abandonó la cabeza del grupo. Luego, en Joux Plane, en la montaña menos propicia para sus condiciones, se defendió con inteligencia, dosificando sus fuerzas y remontando posiciones. Llegó a tener virtualmente perdido el maillot, pero logró mantenerlo al final.

El trabajo de Sastre también fue digno de un campeón. Fue justo el esfuerzo necesario para ganar el Tour si su director no se hubiera inventado otro enemigo. Atacó con valentía en las primeras rampas de Joux Plane y a la ansiedad por escapar se le unió la ansiedad por recortar tiempo con Landis. Demasiadas urgencias. Voló, se retorció como se estruja a un trapo y estuvo a punto de estrellarse con las vallas en las curvas que conducían a Morzine. Pero su generosa entrega no tuvo ni el regalo del amarillo ni, me temo, el premio de la esperanza.

El recuento de nuestras heridas no debe hacernos olvidar que Landis se hizo ayer un hueco en la historia del ciclismo. Su gesta, después de perder ocho minutos el día anterior, fue una exhibición de orgullo y valentía. Phonak marcó un ritmo infernal en las faldas del primer puerto, tan infernal y suicida que cuando estalló el pelotón, también saltaron por los aires ellos mismos. Entonces, su jefe atacó con violencia, descolgando a Pereiro y llevándose a rueda al resto de favoritos, Klöden, Menchov, Evans y Sastre. Faltaban 130 kilómetros para la meta y ninguno quiso participar de aquella locura. Se transmite poca valentía por los pinganillos.

Landis se tragó todo el viento de cara de los Alpes, atrapó a un grupo que marchaba escapado y luego continuó con Sinkewitch pegado a su chepa. Ni un relevo, ni una ayuda. Una contrarreloj grandiosa, un ejercicio de fe. Una cabalgada propia de los más grandes campeonísimos de todos los tiempos. Cruzó la meta agitando el puño, tan malvado como deben ser los héroes.

Optimismo.

Hecho el balance, extraigamos las conclusiones. Víctimas y heridos, sí. Pero vivos. El Tour no está perdido. Landis es mejor contrarrelojista que los nuestros, pero la última crono del Tour no es una cuestión de teoría ni de antecedentes. Influyen más las fuerzas e intangibles como la confianza, el espíritu, el deseo. Además, Landis no es Armstrong, ni Ullrich, ni, por supuesto, Indurain. Ni siquiera es el Stephen Roche que devoró los 38 segundos de ventaja de Perico en el Tour 87. No es un tipo infalible.

Además, en el caso de Pereiro, mantener el maillot ha sido importantísimo, porque le permite llegar con un triunfo moral a la última batalla. Medio minuto es una ventaja considerable para un ciclista en plena expansión que no conoce sus límites. Después de lo que ocurrió ayer con Landis, ya nadie podrá echarle en cara que se ha beneficiado de los regalos ajenos.

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Por su parte, Sastre, antes de afrontar el mayor desafío de su carrera, debe superar el secreto complejo que seguro le ha dejado el horrible trabajo de su equipo. A su favor, la resistencia, el fondo, la regularidad, su extraordinaria adaptación al medio. Y eso es mucho.

Aún hay Tour. Lo tuvimos perdido, se posó en nuestra mano y ahora vuelve a estar en el aire. Nuestro amor de pareja se ha transformado en menage a trois. Esto es Francia, amigos.

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