Phelps reacciona y guía a EE UU al oro en 4x100
Michael Phelps no tiene tiempo para lamentaciones y en menos de seis horas se recuperó de su fiasco en el 400 libre. El superclase de Maryland nadó la primera posta de la final del relevo 4x100 libre en el que EE UU recuperó la supremacía que había cedido tras los Mundiales de 1998, en Perth.


Era el relevo 4x100 libre. Y éste era el Mundial que se había presentado como el Michael Phelps Show. Y desde 1998, en el Mundial de Perth, ninguna selección estadounidense había firmado oro en una gran competición en este relevo que en otras épocas fue tan patrimonio de los estadounidenses como las piscinas mágicas de Indiana o Santa Clara.
Este fue el relevo que en los Juegos de Atenas dinamitaron los surafricanos de Arizona. Y éste era el Phelps arrastrado como un bellaco en las series de 400 libre. "Michael no tiene aún la sensibilidad para nadar con propiedad esa distancia, el 400. Se bloqueó cuando vio que los demás no se retrasaban. Y yo me quedé alelado", analizó Bob Bowman, entrenador y padre espiritual de Phelps.
Esas palabras, en labios de Bowman, añadían afrenta al ultraje recibido por Phelps en las series de 400. Esas palabras convertían la reivindicación en una misión tan posible como urgente: y fue por la vía del relevo 4x100 libre.
Hackett dominó la final del 400 libre en 3:42.91, la mejor marca del año, pero a segundos-luz de los grandes récords de Thorpe. El relevo cerró la primera jornada de finales. El relevo que desde 1998 era el sueño de los velocistas estadounidenses, el 4x100 libre...
Reconquista.
Phelps abrió la carrera. Tenso, sin fluir: casi como en el 400. Pasó quinto por 50 metros: 24.06, con Rusia (sin Popov), Holanda (sin Hoogenband) y Alemania por debajo de 24.00. Y sin Thorpe, Australia es más torpe, claro: 24.10, sexta.
Pero con los gigantes de Suráfrica fuera de su reino de la velocidad, dedicados a fastidiar a Crocker en la mariposa, Phelps no tenía más opciones: responder como un líder,como el jefe de la manada... o sufrir otra hemorragia de carisma. Abajo, a tres metros de profundidad, las sombras de la derrota hacían de la piscina de la Isla de Santa Elena un acuario de caimanes.
Y Phelps respondió con el suave run-run de un motor de alta precisión. Y espantó al espectro del fracaso: él no es un perdedor. Acabó los 100 metros en 49.17 (en Atenas, 48.74, en la segunda posta) y dejó primero al equipo estadounidense, ya a más de medio segundo de la Rusia de Kapralov.
Parapetado por las alas gigantes del portaaviones USS Phelps, el resto de la flotilla de barras y estrellas se lanzó vorazmente a por el oro, que firmó en 3:13.77, récord de los Campeonatos. Plata y bronce para Canadá y Australia. Y un recuerdo de gloria para Neil Walker, que estuvo en aquel 4x100 libre de Perth. Y un premio para Jason Lezak, que nunca, desde su primer relevo, en 1999, había ganado una medalla tan importante como ésta.
"No estoy feliz del todo: quería el récord del mundo", sentenció Phelps. Ya pensaba en el siguiente episodio: el 200 libre, la cita en la que sí puede abatir el orgullo larguirucho de Grant Hackett. En series se miraron a los ojos, como dos duelistas. Hackett tocó en 1:47.88, y Phelps, en 1:48.17. Dos paseos. Ambos manejan la distancia, este mismo 2005, en dos segundos menos. En Atenas, Phelps hizo 1:45.32... a rebufo de Thorpe y Hoogenband.
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Profundidad.
Erika Villaecija llegó a la final de 1.500: octavo tiempo. De ella se espera lo mejor en 800. Y se aguardan prodigios de esos tres metros de profundidad que tiene la fría piscina de Montreal. "No sé cuánto tiempo hace que no nado en una piscina con más de dos metros de profundidad. Puede que se mejoren muchas marcas", examina Brendan Hansen y confirma Uchiyama Everett, director técnico de EE UU. Con tres metros de calado, puede navegar un barquito. O una especie desconocida:¿Phelps, Schoeman...?