Ciclismo | Tour 2005 - 18ª etapa

Pata negra

Marcos Serrano sucede a Pereiro y gana su primera etapa

<b>EMOCIONADO. </b>El gallego Marcos Serrano celebró con gran efusividad su primera victoria en el Tour de Francia, un triunfo que también supone el estreno de su equipo, el Liberty.
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No creo que sea casualidad que dos días después de la primera victoria de un gallego en el Tour llegue la segunda. Forma parte, entiendo, de su capacidad para encontrarse y reunirse aun en los lugares más remotos. A poco que un gallego busque (y les recuerdo que he visto muchos) siempre termina por encontrar a otro y así, sucesivamente, hasta formar, primero, un grupo de amigos y, luego, una Casa de Galicia. Quizá fue esa llamada de la tierra la que convocó ayer a Marcos Serrano o tal vez le empujaran las miradas que le señalaron tras el triunfo de Pereiro como el otro gallego del pelotón, o probablemente todo esto sea farfolla y lo que ocurrió fue un simple asunto estadístico: es altamente improbable que un buen ciclista que corre ocho veces el Tour no acabe ganando una etapa. Y Serrano es un buen ciclista, que puede presumir de haber finalizado las tres grandes vueltas entre los diez primeros. Y sin disputarlas. Mucho más que un gregario y poco menos que un líder. Un estupendo escalador sin apenas palmarés (hasta ayer), lo que sugiere excesiva obediencia y falta de rebeldía, todo envuelto, podría ser, en un carácter tendente a la melancolía que explicaría su contención ante el triunfo y el recuerdo que hizo, nada más vencer, de los malos momentos, los sufrimientos y las penurias en general.

Serrano se metió en la escapada del día y esperó a que llegara su oportunidad en la última subida, durísima. Y llegó, anunciada por las trompetas de un coro de ángeles (también valdrían gaiteros). En las rampas más duras del puerto, a dos kilómetros para la meta, sólo le acompañaban Axel Merckx y Vasseur, ninguno de ellos escalador, peces fuera de su pecera. Por eso, y aunque tampoco andaba sobrado de fuerzas, le bastaron dos ataques de especialista para rematar a su adversarios y presentarse en la meta completamente incrédulo, mirando hacia atrás de forma constante, emocionado, al borde del llanto. Cuando levantó los brazos se quitó un peso de encima.

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Por detrás, en el pelotón de favoritos, Basso volvió a lanzar uno de esos ataques sin remite que siempre hacen daño a los mismos. Armstrong, Evans y Ullrich, este a duras penas, aguantaron al italiano, mientras Mancebo y Rasmussen cedieron en meta 35 segundos, lo que apenas altera la general pero acerca a Ullrich al tercer escalón del podio.

En la cima Jalabert. Pero ayer vivimos algo más que la victoria de un español. La etapa fue aprovechada para conmemorar que hace diez años, en una jornada con el mismo final (ni siquiera idéntico trayecto), Jalabert le dio un susto a Indurain. Por tal motivo, y porque el entonces corredor de la ONCE llegó a ser maillot amarillo virtual y ganó la etapa, la organización del Tour decidió nombrar a la ascensión que conduce a meta como "cima Laurent Jalabert", ignoro que tal le habrá sentado al ex ciclista que le dediquen un puerto de segunda categoría, algo que, por otro lado, se ajusta a las que fueron sus características de escalador. Es de suponer que todos esos antecedentes, unidos a la victoria de un ex ONCE, deberían servir para que nos emocionáramos más, pero nos emocionamos menos. Jalabert fue un ciclista excepcional, sin duda, el mejor francés desde Fignon, pero resulta una exageración cósmica que el Tour, y a su rueda el Liberty, conviertan lo que fue una buena etapa en un monumento, que en todo caso sería un monumento a la impotencia, pues Indurain retuvo el maillot amarillo. Si Jalabert tiene cima propia, corredores como Trueba, Gaul, Bahamontes, Van Impe o, incluso, Virenque, deberían tener un Everest para ellos solos. Y además, cima lo que se dice cima, sólo hay una: cima Coppi. He dicho.

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