Perspectiva de campeón
Boonen volvió a exhibirse al sprint. Hoy es la crono por equipos.

Volvió a ganar Tom Boonen y, como suele ocurrir cada vez que un ciclista repite triunfo, ya sabemos casi todo sobre su más secreta intimidad. Boonen tiene un burro español en el jardín de su casa que se llama Camille (debe ser dama) y que utiliza a modo de podadora. Por si se lo están preguntando (malvados) la novia de Tom se llama Lore y aseguró tras su victoria que se sentía "la mujer más feliz del mundo". A pesar del burro. Así es el amor. Viendo semejantes reacciones y los melindres que le dedica la rockera Sheryl Crow a Armstrong dan ganas de depilarse las piernas y embutirse en un maillot.
El éxito de Boonen fue tan imperial como hace dos días, aunque tuvo todavía más mérito porque no había repecho de por medio, sino un sprint largo, abierto y llano que se desplegaba sobre la Avenida de Grammont, la misma que recibe a los ciclistas en la clásica París-Tours. Sin embargo, no todos vieron el panorama tan despejado. El australiano McEwen hizo honor a su fama de velocista tipo cuádriga de Ben-Hur y embistió a su odiado compatriota O'Grady con el mismo entusiasmo con que un toro bravo ataca el caballo del picador. Los jueces, lógicamente, descalificaron al agresor. "Los sprinters son gente extraña", suele decir Tom Boonen.
La etapa fue casi un calco de la anterior, con escapada incluida y captura en el último momento, a sólo dos kilómetros de meta. Todo ello sin demasiada emoción, la verdad, pues el pelotón volvió a jugar con los aventureros para engullirlos cuando le vino en gana.
Esta vez los fugados fueron Dekker, Bertogliati y Portal, el primero de ellos un ilustre del pelotón internacional con mil victorias, las más destacadas las cuatro logradas en el Tour, la Clásica de San Sebastián y la París-Tours. Bertogliati, del Saunier Duval (y líder del Tour 2002), confirmó la habilidad del equipo para ser protagonista, pues Cañada ya se metió en la primera fuga de la carrera. Y todavía falta por entrar en escena Gárate, que luchará por el maillot de la montaña, ya era hora de que un español le otorgara la importancia que merece (Vicente Trueba, el primer ciclista que conquistó ese premio será homenajeado esta edición con motivo del centenario de su nacimiento).
Saunier, por cierto, ha burlado la regla de la organización que impide a los equipos vestir del mismo color que el líder dando un pequeño retoque al maillot, que por otro lado sigue igual de amarillo, o más. Recuerdo que la ONCE pasaba del rosa al negro y viceversa.
Pistas.
Poco más dio de sí la jornada de ayer, salvo que Armstrong no firmó en la salida y ya hay quien dice que le falla la memoria, que ya es algo. Zoetemelk aparte, el último ciclista que ganó un Tour con 33 años fue Fausto Coppi en 1952. Cada día conviene esparcir nuevos motivos de esperanza.
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Aunque siendo realistas lo que hoy nos espera no despierta precisamente optimismo. Hablo de la contrarreloj por equipos, la modalidad más irritante, injusta y absurda que existe en una gran carrera por etapas, pues el rendimiento del grupo eleva o hunde a ciclistas que están luchando por una clasificación que es individual y no colectiva. Bien, pues este tipo de prueba alcanza hoy un insuperable grado de estupidez. Como imagino que se admite lo injusto de penalizar al corredor con el equipo más modesto, se ha decidido que la diferencia entre una formación y la siguiente no sea mayor de diez segundos, de manera que el último clasificado no podrá perder más de 2:50. Sigo echando en falta, para compensar, la cronoescalada por escuadras.
En fin, que esta situación nos retrotrae a los españoles a los tiempos pre-Indurain, cuando la primera semana era un campo de minas del que se salía satisfecho si se escapaba con vida. Y vivos estamos. Todavía.